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JUAN PABLO II
"REGINA
CAELI"
Domingo de Pentecostés, 3 de junio de 2001
1. Al final de esta solemne celebración,
deseo encomendar a la intercesión materna de María a la Iglesia entera, que
en Pentecostés siente con renovada conciencia su vocación misionera. En sus
manos ponemos, además, las expectativas de paz y justicia del mundo. En
particular, queremos encomendar a la intercesión de la Virgen la vida de
numerosos jóvenes víctimas de la violencia absurda que, por desgracia, reina
en diversos países, como testimonian las noticias que han llegado de Tierra
Santa en los días pasados. Entre ellos, recuerdo de modo especial a los niños
implicados en los conflictos armados. En casi cincuenta países muchos
menores viven en medio de conflictos o sufren sus consecuencias. Son víctimas
de reclutamiento forzado y de todo tipo de abusos; no pueden ir a la escuela,
están separados de sus padres y son víctimas de violencias físicas y psicológicas.
Invito a la comunidad internacional a redoblar sus esfuerzos para proteger y
rehabilitar a quienes viven en esas condiciones tan dramáticas. Ojalá que
los niños, que son el futuro y la esperanza de la humanidad, puedan crecer
finalmente lejos del flagelo de la guerra y de toda forma de violencia. María,
Madre de la vida, proteja a la infancia en peligro y sostenga a quienes se
esfuerzan por ayudarla.
2. Dentro de poco los venerados restos mortales del beato Juan XXIII, que
hemos tenido junto a nosotros durante la santa misa, serán trasladados
devotamente a la basílica vaticana, donde permanecerán expuestos a la
veneración de los fieles. Pienso con admiración en el breve pero intenso
pontificado de este inolvidable predecesor mío. En este momento quisiera
recordar sobre todo su ferviente devoción a la Virgen. Evocaba a
menudo las buenas tradiciones de su infancia, cuando el más anciano de la
familia presidía el rezo del rosario en el hogar. Solía decir que desde
entonces María santísima lo había llevado de la mano y lo había acompañado
por el camino del sacerdocio, que fue el ideal de toda su vida.
Durante la última audiencia general en la basílica de San Pedro, el 15 de
mayo de 1963, exhortó a todos a multiplicar las manifestaciones de afecto a
María, a la que -subrayó- está consagrada toda la ciudad
eterna.
Acojamos su testamento espiritual. Como él, ahondemos nuestro vínculo con la
Madre de Cristo y Tabernáculo del Espíritu Santo, y, con nuevo fervor,
invoquémosla con confianza: Regina caeli...
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