Domingo 31 de diciembre de 2000,
fiesta de la Sagrada Familia
Amadísimos
hermanos y hermanas:
1. En el clima de alegría, propio de la Navidad, celebramos hoy la fiesta
de la Sagrada Familia. Este año cae el 31 de diciembre, último día del
año. ¿No es providencial que el año 2000, el que cierra un milenio,
concluya bajo el signo de la familia?
Desde el belén nuestra mirada se dirige idealmente a la humilde morada de
Nazaret. Jesús, que se hizo nuestro hermano, quiso vivir la experiencia de la
familia. Así se insertó en la primera y fundamental célula de la sociedad,
dando de este modo un reconocimiento de validez perenne a la más común entre
las instituciones humanas.
Para nosotros, creyentes, la familia, reflejo de la comunión trinitaria,
tiene como modelo a la de Nazaret, en cuyo seno se desarrolló la historia
humana del Redentor y de sus padres. Pensemos en las dificultades que María y
José debieron afrontar con ocasión del nacimiento de Jesús; y, luego,
durante su exilio en Egipto, para huir de la persecución de Herodes. Nazaret
ha llegado a ser también el símbolo de la "normalidad" de la vida
diaria, característica de la existencia de toda familia.
2. Al contemplar hoy esa casa santa, el pensamiento va a las numerosas
familias que, en nuestro tiempo, se hallan en situaciones difíciles.
Algunas están marcadas por una pobreza extrema; otras se ven obligadas a
buscar en países extranjeros lo que, por desgracia, les falta en su patria; y
otras, incluso, encuentran en su seno serios problemas a causa de la rápida
transformación cultural y social que a veces las trastorna. Y ¿qué decir de
los numerosos atentados contra la institución misma de la familia?
Todo esto muestra cuán urgente es redescubrir el valor de la familia y
ayudarle, con todos los medios posibles, a ser, como Dios la quiso, ambiente
vital donde cada niño que viene al mundo sea acogido desde su concepción
con ternura y gratitud; lugar donde se respire un clima sereno que
favorezca en todos sus miembros un armonioso desarrollo humano y espiritual.
La Sagrada Familia, que hoy veneramos, obtenga este don a cada hogar y le
ayude a ser una pequeña "iglesia doméstica", escuela de virtudes
humanas y religiosas.
3. Hoy, 31 de diciembre, concluye otro año de nuestra vida y de la
historia. Un año sin duda singular, porque ha sido el año
del gran jubileo, durante el cual hemos captado en muchos hombres y mujeres señales
de buena voluntad, así como un auténtico deseo de reconciliación con
Dios y con los hermanos.
Mientras se cierra este año, invoquemos el perdón del Señor por las faltas
que han marcado nuestra existencia personal y comunitaria. Sólo de este
modo la acción de gracias por los múltiples beneficios recibidos podrá ser
auténtica y sincera. Y, en verdad, son muchos los motivos por los que sentimos
el deber de dar gracias al Señor, al concluir este año 2000. Lo hacemos,
por medio de María, con la plegaria del Ángelus.