JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 18 de junio de 2000 solemnidad de la Santísima Trinidad
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Hemos llegado al corazón del gran jubileo del año 2000. Durante
estos días viviremos, con la liturgia, algunos momentos culminantes, que
muestran el sentido profundo del acontecimiento jubilar. En efecto, en el arco
de una semana se celebran dos solemnidades -la Santísima Trinidad y Corpus
Christi-, que manifiestan plenamente el carácter de este Año santo, que es
al mismo tiempo trinitario y eucarístico.
El jubileo, preparado con un trienio de reflexión sobre Cristo, sobre el Espíritu
y sobre el Padre, tiene como objetivo dar gracias y alabar a la Trinidad divina,
de la que todo procede y a la que todo se dirige, en el mundo y en la historia
(cf. Tertio millennio adveniente, 55).
Pero el "camino", la "puerta" de acceso al misterio del amor
de Dios es uno solo: Jesús, que nació, murió y resucitó para dar la
vida a todo hombre. Antes de morir en la cruz, como víctima de expiación por
nuestros pecados, dejó a la Iglesia el memorial de su sacrificio redentor:
el sacramento de la Eucaristía. Por esta razón, el año 2000 no puede
menos de ser un año "intensamente eucarístico" (ib.), y también
por eso en Roma tiene lugar el Congreso eucarístico internacional, que comenzará
precisamente esta tarde.
2. "En el sacramento de la Eucaristía el Salvador, que se encarnó en
el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad
como fuente de vida divina" (ib.). Este es el sentido del tema
escogido para el Congreso eucarístico del año 2000: "Jesucristo, único
Salvador del mundo, pan para la vida nueva".
Esta tarde inauguraré solemnemente el Congreso con la celebración de las Vísperas,
en la plaza de San Pedro. Durante la semana habrá muchos momentos de oración,
de arte y de fiesta. Entre las numerosas citas, recuerdo en particular el
simposio sobre "La Eucaristía y el rostro de Cristo" y el jubileo de
los catequistas italianos.
El jueves próximo celebraremos la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor:
la tradicional procesión eucarística se desarrollará desde la basílica de
San Juan de Letrán hasta la de Santa María la Mayor. El domingo, por la tarde,
en la plaza de San Pedro se tendrá la gran celebración conclusiva, llamada Statio
orbis, para significar que la humanidad se detiene ante el mayor de los
prodigios: Dios que, bajo las especies del pan y del vino, se hace
alimento para que coma el mundo entero.
3. Donde no llegan los sentidos y la razón, es la fe la que
sostiene al hombre en su confrontación con el misterio. María santísima es la
criatura que, más que ninguna otra, es maestra de fe. Ante el abismo del amor
de Dios, nos enseña el abandono confiado; ante el Hijo crucificado y
resucitado, nos invita a comulgar con él.
Así pues, que María nos guíe, para que vivamos con plenitud y fructuosamente
estos días de gracia.
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