JAUN PABLO II
REGINA CAELI
Domingo
7 de mayo de 2000
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Esta tarde, en el Coliseo, tendrá lugar un acontecimiento importante
del gran jubileo: la conmemoración ecuménica de los testigos de
la fe del siglo XX.
A lo largo del siglo que acaba de terminar ha habido sombras oscuras;
pero, en medio de ellas, resaltan espléndidas luces. Numerosos son los
hombres y mujeres, cristianos de diferentes confesiones, razas y edades, que
han testimoniado su fe afrontando duras persecuciones, en la cárcel y en
medio de todo tipo de privaciones, y muchos de ellos también derramaron su
sangre por permanecer fieles a Cristo, a la Iglesia y al Evangelio.
La misma luz de la Pascua resplandece en ellos. En efecto, los discípulos
reciben de la resurrección de Cristo la fuerza de seguir al Maestro en la
hora de la prueba. Por eso, esta conmemoración ha sido insertada en el tiempo
litúrgico pascual, cuyo tercer domingo celebramos hoy. Además, el lugar
elegido habla por sí mismo: el Coliseo nos remonta a los orígenes
del cristianismo, cuando numerosos cristianos de la primera hora dieron su
"hermoso testimonio", convirtiéndose en semillas de nuevos
creyentes.
2. Hacer memoria de los heroicos testigos de la fe del siglo XX significa
preparar el futuro, asegurando sólidas bases a la esperanza. Las nuevas
generaciones deben saber cuánto ha costado la fe que han recibido como
herencia, para recoger con gratitud la antorcha del Evangelio e iluminar con
ella el nuevo siglo y el nuevo milenio.
Es importante, asimismo, subrayar que la celebración de esta tarde tendrá carácter
ecuménico: se proclamarán los testimonios de algunos cristianos
de diferentes Confesiones y Comunidades eclesiales. Su valentía en
aceptar la cruz de Cristo habla con voz más alta que los motivos de división:
el ecumenismo de los mártires es quizá el más convincente (cf. Tertio
millennio adveniente, 37). El amor hasta el sacrificio purifica a las
Iglesias de cuanto puede frenar y hacer más lento el camino hacia la
unidad plena.
3. Entre las luces de los heroicos discípulos de Cristo brilla con
singular esplendor la de María, Virgen fiel, mártir al pie de la
cruz. Del fiat de Nazaret al del Calvario, toda su existencia fue
modelada por el Espíritu Santo según la del Hijo, para dar testimonio de
Dios Padre y de su amor misericordioso.
En la primera comunidad de Jerusalén, María representaba la memoria viva de
Jesús, de su encarnación, pasión, muerte y resurrección. Todo creyente y
toda comunidad cristiana, en la hora de la prueba, encuentra en la santísima
Virgen apoyo y consuelo. A ella, Madre de la esperanza, encomendemos esta
jornada, para que la memoria de los testigos de la fe ayude a todos los
cristianos a caminar con más decisión hacia la unidad plena querida por
Cristo.
|