JUAN PABLO II
REGINA CAELI
Lunes de Pascua, 24 de abril de 2000
1. La alegría pascual embarga aún nuestro
corazón este lunes de la octava de Pascua, llamado "lunes del ángel".
Después del tiempo cuaresmal, que la Iglesia ha vivido con especial intensidad
en este Año jubilar, y después de las fuertes emociones del Triduo sacro, nos
recogemos también hoy en meditación ante la tumba vacía, atraídos por el
radiante misterio de la resurrección del Señor.
La vida ha vencido a la muerte. Se necesita fe para abrirse a este nuevo y
maravilloso horizonte. Dejémonos penetrar por los pensamientos y las emociones
que vibran en la secuencia pascual: "Sí, estamos seguros: en
verdad, Cristo ha resucitado". Esta verdad marcó la vida de los Apóstoles
que, después de la resurrección, sintieron reavivarse en su corazón el deseo
de seguir a su Maestro y, tras recibir el Espíritu Santo, fueron enseguida a
anunciar a todos cuanto habían visto y experimentado personalmente.
2. Amadísimos hermanos y hermanas, una vez más ha resonado para nosotros
el consolador anuncio de la resurrección: "Cristo, mi esperanza, ha
resucitado". Si Cristo ha resucitado, podemos contemplar con mirada y corazón
nuevos cada acontecimiento de nuestra existencia. Este es el mensaje pascual que
quisiera transmitir a los hombres del mundo entero.
También esta es mi felicitación pascual, que os renuevo a todos con afecto en
este día, en el que la liturgia nos recuerda las palabras del ángel a las tres
mujeres que lloraban junto a la tumba vacía. Como narra el evangelio, fueron al
amanecer al sepulcro y allí "un joven (...) vestido con una túnica
blanca", les dio la noticia que ha cambiado el curso de
la historia: "No tengáis miedo. Buscáis a Jesús de
Nazaret, el crucificado; ha resucitado, no
está aquí" (cf. Mc 16, 6).
3. Ha resucitado. Este es el centro de nuestra fe. María fue testigo
silenciosa de todos estos acontecimientos. Pidámosle que nos ayude también
a nosotros a acoger plenamente este anuncio pascual.
"Regina caeli, laetare, alleluia: Reina del cielo, alégrate,
aleluya". Con esta oración, que sustituye al Ángelus, nos
dirigiremos a ella durante todo el tiempo pascual. La alegría de la Virgen
encierra en sí todo lo que es motivo de gozo para la Iglesia: todos los
bienes de la gracia y de la naturaleza. Por tanto, invoquémosla con fe y devoción:
Regina caeli laetare, alleluia!
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