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Deseo reanudar la magnífica
costumbre de mis predecesores y recitar con vosotros,
queridos hermanos y hermanas, el
Angelus Domini.
Acaba de terminar la solemne
Misa de inauguración de mi ministerio de Sucesor de Pedro.
Para vivir intensamente este momento histórico, hemos tenido
que hacer en común la profesión de fe que recitamos todos
los días en el Credo de los Apóstoles: "Creo en la Santa
Iglesia católica", y en el Credo Niceno-Constantinopolitano:
"Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica".
Todos juntos hemos tomado
conciencia de esta maravillosa verdad sobre la Iglesia, que
el Concilio Vaticano II ha explicado en dos documentos: la
Constitución Dogmática Lumen gentium y la
Constitución Pastoral Gaudium et spes sobre la
Iglesia en el mundo contemporáneo.
Ahora debemos profundizar
todavía más. Debemos colocarnos en aquel momento de la
historia del mundo: cuando el Verbo se hizo carne. Cuando el
Hijo de Dios se hizo hombre. La historia de la salvación
llega a su culmen, y al mismo tiempo comienza en su forma
definitiva, cuando la Virgen de Nazaret acepta el anuncio
del Ángel y pronuncia las Palabras: "Fiat mihi secundum
verbum tuum: Hágase en mí según tu palabra" (Lc
1, 38).
Se puede decir que en aquel
momento fue concebida la Iglesia. Volvemos así al comienzo
del misterio. Y en él abrazamos una vez más todo el
contenido de la solemnidad de hoy. En él abrazamos todo el
pasado de la cristiandad y de la Iglesia, la cual aquí, en
Roma, ha encontrado su centro. En él tratamos de abrazar
todo el futuro del pontificado, del Pueblo de Dios y de toda
la familia humana, porque la familia tiene su comienzo en la
voluntad del Padre, pero siempre es concebida con el corazón
de la Madre. Con esta fe y esta esperanza, recemos. |