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CARTA APOSTÓLICA
CAPÍTULO V DIES DIERUM El domingo fiesta primordial, reveladora del sentido del tiempo
Cristo Alfa y Omega del tiempo
74. « En el cristianismo el tiempo tiene una importancia
fundamental. Dentro de su dimensión se crea el mundo, en su
interior se desarrolla la historia de la salvación, que tiene su
culmen en la "plenitud de los tiempos" de la Encarnación
y su término en el retorno glorioso del Hijo de Dios al final de
los tiempos. En Jesucristo, Verbo encarnado, el tiempo llega a ser una
dimensión de Dios, que en sí mismo es eterno ». (118)
Los años de la existencia terrena de Cristo, a la luz de Nuevo
Testamento, son realmente el centro del tiempo. Este centro tiene
su culmen en la resurrección. En efecto, si es verdad que él
es Dios hecho hombre desde el primer instante de su concepción en
el seno de la Santísima Virgen, es también verdad que sólo
con la resurrección su humanidad es totalmente transfigurada y
glorificada, revelando de ese modo plenamente su identidad y gloria
divina. En el discurso tenido en la sinagoga de Antioquía de
Pisidia (cf. Hch 13,33), Pablo aplica precisamente a la resurrección
de Cristo la afirmación del Salmo 2: « Tú eres mi hijo,
yo te he engendrado » [7]. Precisamente por esto, en la celebración
de la Vigilia pascual, la Iglesia presenta a Cristo Resucitado como «
Principio y Fin, Alfa y Omega ». Estas palabras, pronunciadas por el
celebrante en la preparación del cirio pascual, sobre el cual se
marca la cifra del año en curso, ponen de relieve el hecho de que «
Cristo es el Señor del tiempo, su principio y su cumplimiento; cada
año, cada día y cada momento son abarcados por su Encarnación
y Resurrección, para de este modo encontrarse de nuevo en la "plenitud
de los tiempos" ». (119)
75. Al ser el domingo la Pascua semanal, en la que se recuerda y se hace
presente el día en el cual Cristo resucitó de entre los
muertos, es también el día que revela el sentido del tiempo.
No hay equivalencia con los ciclos cósmicos, según los
cuales la religión natural y la cultura humana tienden a marcar el
tiempo, induciendo tal vez al mito del eterno retorno. ¡El domingo
cristiano es otra cosa! Brotando de la Resurrección, atraviesa los
tiempos del hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha
recta que los penetra orientándolos hacia la segunda venida de
Cristo. El domingo prefigura el día final, el de la Parusía,
anticipada ya de alguna manera en el acontecimiento de la Resurrección.
En efecto, todo lo que ha de suceder hasta el fin del mundo no será
sino una expansión y explicitación de lo que sucedió
el día en que el cuerpo martirizado del Crucificado resucitó
por la fuerza del Espíritu y se convirtió a su vez en la
fuente del mismo Espíritu para la humanidad. Por esto, el cristiano
sabe que no debe esperar otro tiempo de salvación, ya que el mundo,
cualquiera que sea su duración cronológica, vive ya en el
último tiempo. No sólo la Iglesia, sino el cosmos
mismo y la historia están continuamente regidos y guiados por
Cristo glorificado. Esta energía vital es la que impulsa la creación,
que « gime hasta el presente y sufre dolores de parto » (Rm
8,22), hacia la meta de su pleno rescate. De este proceso, el hombre no
puede tener más que una oscura intuición; los cristianos
tienen la clave y certeza de ello, y la santificación del domingo
es un testimonio significativo que ellos están llamados a ofrecer,
para que los tiempos del hombre estén siempre sostenidos por la
esperanza.
El domingo en el año litúrgico
76. Si el día del Señor, con su ritmo semanal, está
enraizado en la tradición más antigua de la Iglesia y es de
vital importancia para el cristiano, no ha tardado en implantarse otro
ritmo: el ciclo anual. En efecto, es propio de la psicología
humana celebrar los aniversarios, asociando al paso de las fechas y de las
estaciones el recuerdo de los acontecimientos pasados. Cuando se trata de
acontecimientos decisivos para la vida de un pueblo, es normal que su
celebración suscite un clima de fiesta que rompe la monotonía
de los días.
Pues bien, los principales acontecimientos de salvación en que se
fundamenta la vida de la Iglesia estuvieron, por designio de Dios,
vinculados estrechamente a la Pascua y a Pentecostés, fiestas
anuales de los judíos, y prefigurados proféticamente en
dichas fiestas. Desde el siglo II, la celebración por parte de los
cristianos de la Pascua anual, junto con la de la Pascua semanal, ha
permitido dar mayor espacio a la meditación del misterio de Cristo
muerto y resucitado. Precedida por un ayuno que la prepara, celebrada en
el curso de una larga vigilia, prolongada en los cincuenta días que
llevan a Pentecostés, la fiesta de Pascua, « solemnidad de las
solemnidades », se ha convertido en el día por excelencia de
la iniciación de los catecúmenos. En efecto, si por medio
del bautismo ellos mueren al pecado y resucitan a la vida nueva es porque
Jesús « fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado
para nuestra justificación » (Rm 4,25; cf. 6,3-11).
Vinculada íntimamente con el misterio pascual, adquiere un relieve
especial la solemnidad de Pentecostés, en la que se celebran la
venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, reunidos con
María, y el comienzo de la misión hacia todos los pueblos.
(120)
77. Esta lógica conmemorativa ha guiado la estructuración
de todo el año litúrgico. Como recuerda el Concilio Vaticano
II, la Iglesia ha querido distribuir en el curso del año «
todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y el Nacimiento
hasta la Ascensión, el día de Pentecostés y la
expectativa de la feliz esperanza y venida del Señor. Al conmemorar
así los misterios de la redención, abre la riqueza de las
virtudes y de los méritos de su Señor, de modo que se los
hace presentes en cierto modo, durante todo tiempo, a los fieles para que
los alcancen y se llenen de la gracia de la salvación ». (121)
Celebración solemnísima, después de Pascua y de
Pentecostés, es sin duda la Navidad del Señor, en la cual
los cristianos meditan el misterio de la Encarnación y contemplan
al Verbo de Dios que se digna asumir nuestra humanidad para hacernos partícipes
de su divinidad.
78. Asimismo, « en la celebración de este ciclo anual de los
misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la
bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo
indisoluble a la obra salvadora de su Hijo ». (122) Del mismo modo,
introduciendo en el ciclo anual, con ocasión de sus aniversarios,
las memoras de los mártires y de otros santos, « proclama la
Iglesia el misterio pascual cumplido en ellos, que padecieron con Cristo y
han sido glorificados con él ». (123) El recuerdo de los
santos, celebrado con el auténtico espíritu de la liturgia,
no disminuye el papel central de Cristo, sino que al contrario lo exalta,
mostrando el poder de su redención. Al respecto, dice san Paulino
de Nola: « Todo pasa, la gloria de los santos dura en Cristo, que lo
renueva todo, mientras él permanece el mismo ». (124) Esta
relación intrínseca de la gloria de los santos con la de
Cristo está inscrita en el estatuto mismo del año litúrgico
y encuentra precisamente en el carácter fundamental y dominante del
domingo como día del Señor, su expresión más
elocuente. Siguiendo los tiempos del año litúrgico,
observando el domingo que lo marca totalmente, el compromiso eclesial y
espiritual del cristiano está profundamente incardinado en Cristo,
en el cual encuentra su razón de ser y del que obtiene alimento y
estímulo.
79. El domingo se presenta así como el modelo natural para
comprender y celebrar aquellas solemnidades del año litúrgico,
cuyo valor para la existencia cristiana es tan grande que la Iglesia ha
determinado subrayar su importancia obligando a los fieles a participar en
la Misa y a observar el descanso, aunque caigan en días variables
de la semana. (125) El número de estas fechas ha cambiado en las
diversas épocas, teniendo en cuenta las condiciones sociales y económicas,
así como su arraigo en la tradición, además del apoyo
de la legislación civil. (126)
El ordenamiento canónico-litúrgico actual prevé la
posibilidad de que cada Conferencia Episcopal, teniendo en cuenta las
circunstancias propias de uno u otro País, reduzca la lista de los
días de precepto. La eventual decisión en este sentido
necesita ser confirmada por una especial aprobación de la Sede
Apostólica, (127) y en este caso, la celebración de un
misterio del Señor, como la Epifanía, la Ascensión o
la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, debe
trasladarse al domingo, según las normas litúrgicas, para
que los fieles no se vean privados de la meditación del misterio.
(128) Los Pastores procurarán animar a los fieles a participar
también en la Misa con ocasión de las fiestas de cierta
importancia que caen durante la semana. (129)
80. Una consideración pastoral específica se ha de tener
ante las frecuentes situaciones en las que tradiciones populares y
culturales típicas de un ambiente corren el riesgo de invadir la
celebración de los domingos y de otras fiestas litúrgicas,
mezclando con el espíritu de la auténtica fe cristiana
elementos que son ajenos o que podrían desfigurarla. En estos casos
conviene clarificarlo, con la catequesis y oportunas intervenciones
pastorales, rechazando todo lo que es inconciliable con el Evangelio de
Cristo. Sin embargo es necesario recordar que a menudo estas tradiciones y
esto es válido análogamente para las nuevas propuestas
culturales de la sociedad civil tienen valores que se adecuan sin
dificultad a las exigencias de la fe. Es deber de los Pastores actuar con
discernimiento para salvar los valores presentes en la cultura de un
determinado contexto social y sobre todo en la religiosidad popular, de
modo que la celebración litúrgica, principalmente la de los
domingos y fiestas, no sea perjudicada, sino que más bien sea
potenciada. (130) |
Cap. 4 Cap. 5 Conclusión Notas |
| Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va |