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CARTA APOSTÓLICA
CAPÍTULO II DIES CHRISTI El día del Señor resucitado y el don del Espíritu
La Pascua semanal
19. « Celebramos el domingo por la venerable resurrección de
Nuestro Señor Jesucristo, no sólo en Pascua, sino cada
semana »: así escribía, a principios del siglo V, el
Papa Inocencio I, (15) testimoniando una práctica ya consolidada que
se había ido desarrollando desde los primeros años después
de la resurrección del Señor. San Basilio habla del «
santo domingo, honrado por la resurrección del Señor,
primicia de todos los demás días ». (16) San Agustín
llama al domingo « sacramento de la Pascua ». (17)
Esta profunda relación del domingo con la resurrección del
Señor es puesta de relieve con fuerza por todas las Iglesias, tanto
en Occidente como en Oriente. En la tradición de las Iglesias
orientales, en particular, cada domingo es la anastásimos heméra,
el día de la resurrección, (18) y precisamente por ello es el
centro de todo el culto.
A la luz de esta tradición ininterrumpida y universal, se ve
claramente que, aunque el día del Señor tiene sus raíces
como se ha dicho en la obra misma de la creación y, más
directamente, en el misterio del « descanso » bíblico de
Dios, sin embargo, se debe hacer referencia específica a la
resurrección de Cristo para comprender plenamente su significado.
Es lo que sucede con el domingo cristiano, que cada semana propone a la
consideración y a la vida de los fieles el acontecimiento pascual,
del que brota la salvación del mundo.
20. Según el concorde testimonio evangélico, la resurrección
de Jesucristo de entre los muertos tuvo lugar « el primer día
después del sábado » (Mc 16,2.9; Lc
24,1; Jn 20,1). Aquel mismo día el Resucitado se manifestó
a los dos discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35) y
se apareció a los once Apóstoles reunidos (cf. Lc
24,36; Jn 20,19). Ocho días después como
testimonia el Evangelio de Juan (cf. 20,26) los discípulos
estaban nuevamente reunidos cuando Jesús se les apareció y
se hizo reconocer por Tomás, mostrándole las señales
de la pasión. Era domingo el día de Pentecostés,
primer día de la octava semana después de la pascua judía
(cf. Hch 2,1), cuando con la efusión del Espíritu
Santo se cumplió la promesa hecha por Jesús a los Apóstoles
después de la resurrección (cf. Lc 24,49; Hch
1,4-5). Fue el día del primer anuncio y de los primeros bautismos:
Pedro proclamó a la multitud reunida que Cristo había
resucitado y « los que acogieron su palabra fueron bautizados »
(Hch 2,41). Fue la epifanía de la Iglesia, manifestada como
pueblo en el que se congregan en unidad, más allá de toda
diversidad, los hijos de Dios dispersos.
El primer día de la semana
21. Sobre esta base y desde los tiempos apostólicos, « el
primer día después del sábado », primero de la
semana, comenzó a marcar el ritmo mismo de la vida de los discípulos
de Cristo (cf. 1 Co 16,2). « Primer día después
del sábado » era también cuando los fieles de Tróada
se encontraban reunidos « para la fracción del pan »,
Pablo les dirigió un discurso de despedida y realizó un
milagro para reanimar al joven Eutico (cf. Hch 20,7-12). El libro
del Apocalipsis testimonia la costumbre de llamar a este primer día
de la semana el « día del Señor » (1,10). De
hecho, ésta será una de las características que
distinguirá a los cristianos respecto al mundo circundante. Lo
advertía, desde principios del siglo II, el gobernador de Bitinia,
Plinio el Joven, constatando la costumbre de los cristianos « de
reunirse un día fijo antes de salir el sol y de cantar juntos un
himno a Cristo como a un dios ». (19) En efecto, cuando los cristianos
decían « día del Señor », lo hacían
dando a este término el pleno significado que deriva del mensaje
pascual: « Cristo Jesús es Señor » (Fl
2,11; cf. Hch 2,36; 1 Co 12,3). De este modo se reconocía
a Cristo el mismo título con el que los Setenta traducían,
en la revelación del Antiguo Testamento, el nombre propio de Dios,
JHWH, que no era lícito pronunciar.
22. En los primeros tiempos de la Iglesia el ritmo semanal de los días
no era conocido generalmente en las regiones donde se difundía el
Evangelio, y los días festivos de los calendarios griego y romano
no coincidían con el domingo cristiano. Esto comportaba para los
cristianos una notable dificultad para observar el día del Señor
con su carácter fijo semanal. Así se explica por qué
los cristianos se veían obligados a reunirse antes del
amanecer. (20) Sin embargo, se imponía la fidelidad al ritmo
semanal, basada en el Nuevo Testamento y vinculada a la revelación
del Antiguo Testamento. Lo subrayan los Apologístas y los Padres de
la Iglesia en sus escritos y predicaciones. El misterio pascual era
ilustrado con aquellos textos de la Escritura que, según el
testimonio de san Lucas (cf. 24,27.44-47), Cristo resucitado debía
haber explicado a los discípulos. A la luz de esos textos, la
celebración del día de la resurrección asumía
un valor doctrinal y simbólico capaz de expresar toda la novedad
del misterio cristiano.
Diferencia progresiva del sábado
23. La catequesis de los primeros siglos insiste en esta novedad,
tratando de distinguir el domingo del sábado judío. El sábado
los judíos debían reunirse en la sinagoga y practicar el
descanso prescrito por la Ley. Los Apóstoles, y en particular san
Pablo, continuaron frecuentando en un primer momento la sinagoga para
anunciar a Jesucristo, comentando « las escrituras de los profetas
que se leen cada sábado » (Hch 13,27). En algunas
comunidades se podía ver como la observancia del sábado
coexistía con la celebración dominical. Sin embargo, bien
pronto se empezó a distinguir los dos días de forma cada vez
más clara, sobre todo para reaccionar ante la insistencia de los
cristianos que, proviniendo del judaísmo, tendían a
conservar la obligación de la antigua Ley. San Ignacio de Antioquía
escribe: « Si los que se habían criado en el antiguo orden de
cosas vinieron a una nueva esperanza, no guardando ya el sábado,
sino viviendo según el día del Señor, día en
el que surgió nuestra vida por medio de él y de su muerte
[...], misterio por el cual recibimos la fe y en el cual perseveramos para
ser hallados como discípulos de Cristo, nuestro único
Maestro, ¿cómo podremos vivir sin él, a quien los
profetas, discípulos suyos en el Espíritu, esperaban como a
su maestro? ». (21) A su vez, san Agustín observa: « Por
esto el Señor imprimió también su sello a su día,
que es el tercero después de la pasión. Este, sin embargo,
en el ciclo semanal es el octavo después del séptimo, es
decir, después del sábado hebraico y el primer día de
la semana ». (22) La diferencia del domingo respecto al sábado
judío se fue consolidando cada vez más en la conciencia
eclesial, aunque en ciertos períodos de la historia, por el énfasis
dado a la obligación del descanso festivo, se dará una
cierta tendencia de « sabatización » del día del
Señor. No han faltado sectores de la cristiandad en los que el sábado
y el domingo se han observado como « dos días hermanos ». (23)
El día de la nueva creación
24. La comparación del domingo cristiano con la concepción
sabática, propia del Antiguo Testamento, suscitó también
investigaciones teológicas de gran interés. En particular,
se puso de relieve la singular conexión entre la resurrección
y la creación. En efecto, la reflexión cristiana relacionó
espontáneamente la resurrección ocurrida « el primer día
de la semana » con el primer día de aquella semana cósmica
(cf. Gn 1,1-2,4), con la que el libro del Génesis narra el
hecho de la creación: el día de la creación de la luz
(cf. 1,3-5). Esta relación invita a comprender la resurrección
como inicio de una nueva creación, cuya primicia es Cristo
glorioso, siendo él, « primogénito de toda la creación
» (Col 1,15), también el « primogénito de
entre los muertos » (Col 1,18).
25. El domingo es pues el día en el cual, más que en ningún
otro, el cristiano está llamado a recordar la salvación que,
ofrecida en el bautismo, le hace hombre nuevo en Cristo. « Sepultados
con él en el bautismo, con él también habéis
resucitado por la fe en la acción de Dios, que resucitó de
entre los muertos » (Col 2,12; cf. Rm 6,4-6). La
liturgia señala esta dimensión bautismal del domingo, sea
exhortando a celebrar los bautismos, además de en la Vigilia
pascual, también en este día semanal « en que la
Iglesia conmemora la resurrección del Señor »,24 sea
sugiriendo, como oportuno rito penitencial al inicio de la Misa, la
aspersión con el agua bendita, que recuerda el bautismo con el que
nace toda existencia cristiana. (25)
El octavo día, figura de la eternidad
26. Por otra parte, el hecho de que el sábado fuera el séptimo
día de la semana llevó a considerar el día del Señor
a la luz de un simbolismo complementario, muy querido por los Padres: el
domingo, además de primer día, es también el « día
octavo », situado, respecto a la sucesión septenaria de los días,
en una posición única y trascendente, evocadora no sólo
del inicio del tiempo, sino también de su final en el « siglo
futuro ». San Basilio explica que el domingo significa el día
verdaderamente único que seguirá al tiempo actual, el día
sin término que no conocerá ni tarde ni mañana, el
siglo imperecedero que no podrá envejecer; el domingo es el
preanuncio incesante de la vida sin fin que reanima la esperanza de los
cristianos y los alienta en su camino. (26) En la perspectiva del último
día, que realiza plenamente el simbolismo anticipador del sábado,
san Agustín concluye las Confesiones hablando del eschaton
como « paz del descanso, paz del sábado, paz sin ocaso ». (27)
La celebración del domingo, día « primero » y a la
vez « octavo », proyecta al cristiano hacia la meta de la vida
eterna. (28)
El día de Cristo-luz
27. En esta perspectiva cristocéntrica se comprende otro valor
simbólico que la reflexión creyente y la práctica
pastoral dieron al día del Señor. En efecto, una aguda
intuición pastoral sugirió a la Iglesia cristianizar, para
el domingo, el contenido del « día del sol », expresión
con la que los romanos denominaban este día y que aún hoy
aparece en algunas lenguas contemporáneas, (29) apartando a los
fieles de la seducción de los cultos que divinizaban el sol y
orientando la celebración de este día hacia Cristo,
verdadero « sol » de la humanidad. San Justino, escribiendo a
los paganos, utiliza la terminología corriente para señalar
que los cristianos hacían su reunión « en el día
llamado del sol », (30) pero la referencia a esta expresión
tiene ya para los creyentes un sentido nuevo, perfectamente evangélico. (31)
En efecto, Cristo es la luz del mundo (cf. Jn 9,5; cf. también
1,4-5.9), y el día conmemorativo de su resurrección es el
reflejo perenne, en la sucesión semanal del tiempo, de esta epifanía
de su gloria. El tema del domingo como día iluminado por el triunfo
de Cristo resucitado encuentra un eco en la Liturgia de las Horas (32) y
tiene un particular énfasis en la vigilia nocturna que en las
liturgias orientales prepara e introduce el domingo. Al reunirse en este día
la Iglesia hace suyo, de generación en generación, el
asombro de Zacarías cuando dirige su mirada hacia Cristo anunciándolo
como el « sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en
tinieblas y en sombras de muerte » (Lc 1,78-79), y vibra en
sintonía con la alegría experimentada por Simeón al
tomar en brazos al Niño divino venido como « luz para alumbrar
a las naciones » (Lc 2,32).
El día del don del Espíritu
28. Día de la luz, el domingo podría llamarse también,
con referencia al Espíritu Santo, día del « fuego ».
En efecto, la luz de Cristo está íntimamente vinculada al «
fuego » del Espíritu y ambas imágenes indican el
sentido del domingo cristiano. (33) Apareciéndose a los Apóstoles
la tarde de Pascua, Jesús sopló sobre ellos y les dijo: «
Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados,
les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan
retenidos » (Jn 20,22-23). La efusión del Espíritu
fue el gran don del Resucitado a sus discípulos el domingo de
Pascua. Era también domingo cuando, cincuenta días después
de la resurrección, el Espíritu, como « viento
impetuoso » y « fuego » (Hch 2,2-3), descendió
con fuerza sobre los Apóstoles reunidos con María. Pentecostés
no es sólo el acontecimiento originario, sino el misterio que anima
permanentemente a la Iglesia. (34) Si este acontecimiento tiene su tiempo
litúrgico fuerte en la celebración anual con la que se
concluye el « gran domingo », (35) éste, precisamente por
su íntima conexión con el misterio pascual, permanece también
inscrito en el sentido profundo de cada domingo. La « Pascua de la
semana » se convierte así como en el « Pentecostés
de la semana », donde los cristianos reviven la experiencia gozosa
del encuentro de los Apóstoles con el Resucitado, dejándose
vivificar por el soplo de su Espíritu.
El día de la fe
29. Por todas estas dimensiones que lo caracterizan, el domingo es por
excelencia el día de la fe. En él el Espíritu
Santo, « memoria » viva de la Iglesia (cf. Jn 14, 26),
hace de la primera manifestación del Resucitado un acontecimiento
que se renueva en el « hoy » de cada discípulo de Cristo.
Ante él, en la asamblea dominical, los creyentes se sienten
interpelados como el apóstol Tomás: « Acerca aquí
tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no
seas incrédulo sino creyente » (Jn 20, 27). Sí,
el domingo es el día de la fe. Lo subraya el hecho de que la
liturgia eucarística dominical, así como la de las
solemnidades litúrgicas, prevé la profesión de fe. El
« Credo », recitado o cantado, pone de relieve el carácter
bautismal y pascual del domingo, haciendo del mismo el día en el
que, por un título especial, el bautizado renueva su adhesión
a Cristo y a su Evangelio con la vivificada conciencia de las promesas
bautismales. Acogiendo la Palabra y recibiendo el Cuerpo del Señor,
contempla a Jesús resucitado, presente en los « santos signos »,
y confiesa con el apóstol Tomás « Señor mío
y Dios mío » (Jn 20,28).
¡ Un día irrenunciable !
30. Se comprende así por qué, incluso en el contexto de
las dificultades de nuestro tiempo, la identidad de este día debe
ser salvaguardada y sobre todo vivida profundamente. Un autor oriental de
principios del siglo III refiere que ya entonces en cada región los
fieles santificaban regularmente el domingo. (36) La práctica espontánea
pasó a ser después norma establecida jurídicamente:
el día del Señor ha marcado la historia bimilenaria de la
Iglesia. ¿Cómo se podría pensar que no continúe
caracterizando su futuro? Los problemas que en nuestro tiempo pueden hacer
más difícil la práctica del precepto dominical
encuentran una Iglesia sensible y maternalmente atenta a las condiciones
de cada uno de sus hijos. En particular, se siente llamada a una nueva
labor catequética y pastoral, para que ninguno, en las condiciones
normales de vida, se vea privado del flujo abundante de gracia que lleva
consigo la celebración del día del Señor. En este
mismo sentido, ante una hipótesis de reforma del calendario
eclesial en relación con variaciones de los sistemas del calendario
civil, el Concilio Ecuménico Vaticano II declara que la Iglesia «
no se opone a los diferentes sistemas [...], siempre que garanticen y
conserven la semana de siete días con el domingo ». (37) A las
puertas del tercer Milenio, la celebración del domingo cristiano,
por los significados que evoca y las dimensiones que implica en relación
con los fundamentos mismos de la fe, continúa siendo un elemento
característico de la identidad cristiana. |
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| Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va |