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CARTA APOSTÓLICA
OPEROSAM DIEM
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
AL CARDENAL ARZOBISPO Y AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
DE LA ARCHIDIÓCESIS DE MILÁN
EN EL XVI CENTENARIO DE LA MUERTE
DE SAN AMBROSIO,
OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

 

 

VI. «En cada uno esté el alma de María» [112]

31. En la perspectiva de la preparación para el jubileo, he sugerido que en el año 1997 se contemple también el misterio de la maternidad divina de María, ya que «la afirmación de la centralidad de Cristo no puede separarse del reconocimiento del papel desempeñado por su santísima Madre» [113]. Ambrosio fue un refinado teólogo y cantor inagotable de María.

Ofreció un retrato atento, afectuoso y detallado, describiendo sus virtudes morales, su vida interior, su dedicación continua al trabajo y a la oración. A pesar de la sobriedad del estilo, se trasparenta su cálida devoción a la Virgen, Madre de Cristo, imagen de la Iglesia y modelo de vida para los cristianos. Contemplándola en el júbilo del Magnificat, el santo Obispo de Milán exclama: «Que en cada uno esté el alma de María para glorificar al Señor; en cada uno esté el espíritu de María para exultar en Dios» [114].

32. María, como enseña Ambrosio, está completamente implicada en la historia de la salvación, como Madre y Virgen. Si Cristo es el perfume eterno del Padre, «con él fue rociada María y, permaneciendo virgen, concibió; siendo virgen, engendró el buen olor: el Hijo de Dios» [115]. Unida a Cristo, cuando el Hijo, ofreciéndose por amor, «colgado del tronco (...) difundía el perfume de la redención del mundo» [116], también María compartía esa efusión de amor: «Ante la cruz estaba en pie la Madre, y mientras los hombres huían, ella permanecía intrépida (...). Contemplaba con ojos de piedad las heridas de su Hijo, pues sabía que por él llegaría a todos la redención (...). El Hijo pendía de la cruz y la Madre se ofrecía a los perseguidores (...). Sabiendo que su Hijo moría por el bien de todos, ella estaba pronta, en el caso de que también con su muerte hubiera podido añadir algo al bien de todos. Pero la pasión de Cristo no tuvo necesidad de su ayuda» [117]. La actitud de María es la de una mujer fuerte y generosa, consciente del papel que se le encomendó en la historia de la salvación, dispuesta a cumplir su misión hasta la ofrenda de su vida. Pero el Obispo de Milán, que tanto la celebra y la ama, en ningún momento olvida que está totalmente subordinada y en función de Cristo, único Salvador.

33. Amadísimo y venerado hermano, a María santísima, a cuyo bendito nacimiento está dedicada esa catedral, me complace encomendar el éxito del Año santo ambrosiano, que la ilustre Iglesia de Milán se prepara a celebrar. Espero que sea para los fieles un intenso período de progreso interior en la fe, en la esperanza y en la caridad, siguiendo las huellas de su santo Obispo y patrono, contribuyendo así a hacer que la vida de cada uno dé abundantes frutos de testimonio cristiano. A ese fin se orientan también los favores espirituales especiales que enriquecen su celebración y que los fieles podrán conseguir con determinadas condiciones, abriendo su corazón a la gracia del Señor.

Quisiera concluir esta carta con las mismas palabras que el Santo escribió a la Iglesia de Vercelli: «Convertíos todos al Señor Jesús. Esté en vosotros la alegría de esta vida con una conciencia sin remordimientos, la aceptación de la muerte con la esperanza de la inmortalidad, la certeza de la resurrección con la gracia de Cristo, la verdad con la sencillez, la fe con la confianza, el desinterés con la santidad, la actividad con la sobriedad, la vida entre los demás con la modestia, la cultura sin vanidad, la sobriedad de una doctrina fiel sin el aturdimiento de la herejía» [118].

Con estos deseos le imparto complacido a usted, venerado hermano, a los obispos sus colaboradores, a los sacerdotes y a los diáconos, a las personas consagradas, así como a todos los fieles laicos de esa arquidiócesis, que toma el nombre de su patrón, una bendición apostólica especial, propiciadora de toda anhelada gracia celestial.

Vaticano, 1 de diciembre de 1996.

IOANNES PAULUS PP. II

 

 

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Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va