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CARTA APOSTÓLICA
OPEROSAM DIEM
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
AL CARDENAL ARZOBISPO Y AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
DE LA ARCHIDIÓCESIS DE MILÁN
EN EL XVI CENTENARIO DE LA MUERTE
DE SAN AMBROSIO,
OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

 

 

V. Al servicio de la unidad

29. El exigente camino espiritual trazado por Ambrosio lleva al creyente a una comunión con Cristo cada vez mayor. Por lo demás, esa comunión no puede menos de expresarse también en una comunión de alma y de corazón (cf. Hch 4, 32) con los hermanos en la fe. El Obispo de Milán lo sabe y lo atestigua en sus escritos. Se trata de un aspecto de su enseñanza muy estimulante para cuantos están comprometidos en el campo del ecumenismo. ¿Cómo olvidar que Ambrosio, venerado tanto en Occidente como en Oriente, es uno de los grandes Padres de la Iglesia aún indivisa? Ciertamente, también en su tiempo, como hemos visto, había contrastes incluso grandes y dolorosos, debidos a errores doctrinales y a otros muchos factores. Pero, al mismo tiempo, era fuerte la necesidad de volver a la comunión de fe y de vida eclesial. El testimonio de Ambrosio, considerado en esta perspectiva, puede dar una contribución notable a la causa de la unidad. Por lo demás, también en esto su conmemoración coincide con uno de los objetivos principales del camino hacia el jubileo del año 2000 [108].

En efecto, el valor ecuménico de su personalidad presenta varios aspectos dignos de consideración. Basta pensar, por lo que respecta a la dimensión más estrictamente doctrinal, en las nítidas formulaciones cristológicas del Pastor de Milán, traducidas y apreciadas también en el ámbito griego y en los concilios de los siglos V y VII, y que explican la estima de que Ambrosio goza aún hoy entre nuestros hermanos de Oriente. Incluso su grandiosa figura de obispo de la ciudad imperial, en actitud leal pero nunca servil ante los poderosos, explica la atención que la historiografía bizantina le ha prestado y que, junto con la estima por sus enseñanzas, ha favorecido la permanencia de su culto en las Iglesias del Oriente cristiano, hasta nuestros días.

No olvidemos tampoco que en el ámbito de la Reforma protestante se ha seguido mirando con admiración los escritos del Obispo de Milán, reconociendo en él un maestro dotado de la gracia de la enseñanza y de gran cultura.

30. Pero hay más: Ambrosio dejó una clara enseñanza sobre las relaciones que la Iglesia debe mantener en el diálogo con los no cristianos. Es esclarecedora al respecto la exhortación que dirige a sus fieles recomendándoles que «no rehuyan el trato de los que se han separado de nuestra fe y de la comunión con nosotros, porque también los paganos, una vez convertidos, pueden llegar a ser defensores de la fe» [109].

Un interesante tratado de los diversos aspectos del problema se encuentra en la Expositio evangelii secundum Lucam, donde se presenta una clara síntesis de los métodos de evangelización de su tiempo en relación con los paganos, los judíos y los catecúmenos [110].

A estos criterios se atenía el Obispo de Milán en su catequesis, que ejercía sobre los oyentes una singular fuerza de atracción. Muchos la experimentaron. La lejana Fritigil, reina de los Marcomanos, atraída por su fama, le escribió que quería ser instruida por él en la religión católica, y recibió como respuesta una «espléndida carta en forma de catecismo» [111].

Aunque nuestros tiempos sean diferentes, su ejemplo puede aún suscitar interés y atraer a personalidades preocupadas por el futuro de la humanidad, incluso fuera de las Iglesias y denominaciones cristianas, por el prestigio de cultura sagrada y profana, de amor al hombre, de firmeza contra las injusticias y las opresiones, de coherencia granítica en la doctrina y en la praxis que, aún en vida, le granjearon un reconocimiento general.

 

 

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Cap. 4      Cap. 5      Conclusión      Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va