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CARTA APOSTÓLICA
OPEROSAM DIEM
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
AL CARDENAL ARZOBISPO Y AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
DE LA ARCHIDIÓCESIS DE MILÁN
EN EL XVI CENTENARIO DE LA MUERTE
DE SAN AMBROSIO,
OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

 

 

IV. «La sobria embriaguez del Espíritu» [78]

23. Por encima de su rica aportación doctrinal, Ambrosio fue sobre todo pastor y guía espiritual. Sus orientaciones de vida nos ayudan también a caminar con más soltura hacia el objetivo que he señalado como prioritario en la celebración del primer año de preparación para el tercer milenio: el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos. Al respecto escribí: «Es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración cada vez más intensa y de solidaria acogida del prójimo» [79].

En función de este exigente ideal de perfección, al que todos estamos llamados, deseo detenerme ahora específicamente a reflexionar sobre la enseñanza espiritual del Obispo de Milán.

24. Para ilustrar el camino espiritual propuesto a la Iglesia y a cada cristiano, san Ambrosio recurre a las ricas imágenes que nos brinda el Cantar de los cantares: en el amor de los dos esposos ve representado tanto el matrimonio de Cristo con la Iglesia como la unión del alma con Dios. Dos escritos dedicó, en particular, a este tema: la amplia Expositio psalmi CXVIII y el breve tratado De Isaac vel anima. En el primero, comentando en íntima relación el Salmo 118, con su prolongada meditación sobre la Ley de Dios, y amplios pasajes del Cantar de los cantares, el Obispo enseña que la mística de la unión esponsal con Dios debe ser preparada por la disciplina de una vida virtuosa y que, al mismo tiempo, el compromiso moral del cristiano no es algo cerrado en sí mismo, sino que tiene como finalidad el encuentro místico con Dios.

Por esto, recorriendo en el De Isaac las etapas del crecimiento espiritual, Ambrosio pone de relieve la necesidad de un largo y arduo camino de ascesis y purificación, recomendado, por lo demás, incesantemente en todos sus escritos. Asimismo, señala que el progresar de etapa en etapa se orienta a ese encuentro con el Esposo divino, en el que el alma experimenta la plenitud del conocimiento y de la unión en el amor. Es entonces cuando la esposa del Cantar, llevando al amado a su casa (cf. Ct 8, 2), «acoge en su casa al Verbo para que él le enseñe» [80]; y, subiendo apoyada en él (cf. Ct 8, 5), experimenta una intimidad total con el Verbo divino: «Ella —comenta el santo Obispo— o se recostaba en Cristo o se apoyaba en él o ciertamente, dado que estamos hablando de bodas, había sido entregada ya a la diestra de Cristo y era llevada por el esposo al tálamo» [81].

25. Quien se ha unido a Cristo, como la esposa al esposo, es consciente de la presencia de Dios en su alma [82], toma de él la fuerza para buscarlo y entrar en comunión con él [83]. Nunca está solo, porque vive con él [84]. En efecto, Cristo tiene sed de nosotros [85] que, hechos para él y para Dios Trinidad, estamos llamados a llegar a ser uno con él, mediante su inhabitación en nosotros [86]: «Que entre en tu alma Cristo; que ponga su morada en tus pensamientos Jesús, para cerrar todo espacio al pecado en la tienda sagrada de la virtud» [87].

Así se va desarrollando una relación cada vez más profunda con Cristo: partiendo de la ascesis, condición imprescindible para llegar a la intimidad con él [88], es preciso desear a Cristo [89], imitarlo [90], meditar en su persona y sus ejemplos [91], orar continuamente a él [92]92, buscarlo siempre [93], hablar de él [94], obedecerle en todo [95], ofrecerle nuestros sufrimientos y nuestras pruebas [96], encontrando en él consuelo y apoyo [97].

Pero incluso buscándolo, no podremos nada por nosotros mismos, porque únicamente Cristo es el mediador, el guía, el camino. «Cristo es todo para nosotros» y por tanto: «si quieres curar una herida, él es médico; si ardes de fiebre, es manantial; si estás agobiado por la iniquidad, es justicia; si tienes necesidad de ayuda, es fuerza; si temes la muerte, es vida; si deseas el cielo, es camino; si huyes de las tinieblas es luz; si buscas alimento, es comida» [98]. Nuestra vida debe desembocar en el encuentro con Cristo: «Iremos a donde el Señor Jesús ha preparado las moradas para sus pobres servidores, a fin de estar también nosotros donde se encuentra él: esto es lo que él ha querido» [99]. Por eso, con san Ambrosio, podemos invocar: «Te seguimos, Señor Jesús, pero llámanos para que te sigamos; sin ti nadie podrá subir, pues tú eres el camino, la verdad, la vida, la posibilidad, la fe y el premio. Acoge a los tuyos, pues eres el camino; confírmalos, pues eres la verdad; vivifícalos, pues eres la vida» [100].

26. San Ambrosio subraya con claridad que ese camino se propone a cada fiel y a la comunidad eclesial en su conjunto. La meta, aunque sea tan elevada, no está reservada sólo a unos cuantos elegidos; todos los discípulos de Jesús la pueden alcanzar escuchando la palabra de Dios, participando con fruto en los sacramentos y cumpliendo los mandamientos. Estos son los ejes de la vida espiritual, mediante los cuales se entabla la íntima comunión con Dios, que colma de gracia la vida del creyente.

Por eso, las homilías del Obispo rebosan de conclusiones morales, presentadas a los oyentes con pasión, incisividad e intensa fuerza persuasiva. Se dedica personalmente a la predicación a los que se preparan para los sacramentos de la iniciación cristiana. Les explica el valor del bautismo, mostrándoles el vínculo profundo que tiene con la muerte y resurrección de Cristo y, a la vez, recordándoles el compromiso moral que de él deriva: «Como Cristo murió, así también tú gustas la muerte; como Cristo murió al pecado y vive para Dios, así también tú, mediante el sacramento del bautismo, debes estar muerto a los anteriores halagos de los pecados y resucitado mediante la gracia de Cristo. Es una muerte, pero no en la realidad de una muerte física, sino en un símbolo. Cuando te sumerges en la fuente, asumes la semejanza de su muerte y de su sepultura, recibes el sacramento de su cruz, porque Cristo fue colgado en cruz y su cuerpo fue traspasado por los clavos. Tú estás crucificado con él, estás unido a los clavos de nuestro Señor Jesucristo, para que el diablo no te pueda arrancar de él. Que, cuando la debilidad de la naturaleza humana quiera alejarte de él, te mantenga el clavo de Cristo» [101].

27. La profundización de la doctrina de san Ambrosio sobre el bautismo se inserta muy bien en el «esfuerzo de actualización sacramental» que, en el camino hacia el jubileo, deberá distinguir también el año 1997, insistiendo precisamente en el «descubrimiento del bautismo como fundamento de la existencia cristiana» [102]. Pero no menos fecunda resultará la riquísima doctrina sobre la Eucaristía: es cuerpo de Cristo, hecho realmente presente por la palabra eficaz del sacramento, la misma Palabra divina que con poder creó las cosas al inicio del mundo. «Después de la consagración te digo que ya está el cuerpo de Cristo. Él habló, y se hizo; él ordenó, y fue creado» [103]. La Eucaristía es sustento diario del cristiano, que cada día se une así al sacrificio de la salvación: «Recibe diariamente lo que cada día te hace falta. Vive de tal manera que seas digno de recibirlo a diario (...). Escuchas repetir que cada vez que se ofrece el sacrificio, se anuncia la muerte del Señor, la resurrección del Señor, la ascensión del Señor y el perdón de los pecados, y a pesar de ello ¿no recibes cada día este pan de vida?» [104].

28. En el himno Splendor paternae gloriae Ambrosio invita a cantar: «Cristo sea nuestro alimento; nuestra bebida sea la fe; alegres bebamos la sobria embriaguez del Espíritu» [105]. En el De sacramentis, casi comentando las palabras de ese himno, el Obispo invita a gustar el pan eucarístico, en el que «no hay amargura, sino toda dulzura», y el vino, que produce una alegría que «no se puede contaminar con la mancha de ningún pecado». En efecto, cada vez que bebemos el cáliz de Cristo, recibimos el perdón de los pecados y nos embriagamos del Espíritu: «Quien se embriaga con vino, vacila y duda al caminar; quien se embriaga del Espíritu, está arraigado en Cristo. Por eso, se trata de una magnífica borrachera, dado que produce la sobriedad de la mente» [106]. Al parecer con la expresión «sobria embriaguez del Espíritu», Ambrosio quiere sintetizar su concepción de la vida espiritual. Así nos ayuda a comprender que esa embriaguez es gozo y plenitud de comunión con Cristo; nos enseña, además, que no se manifiesta con una exaltación exagerada y entusiasta, sino que más bien exige una sobriedad activa; y, sobre todo, recuerda que es un don del Espíritu de Dios. Los que acuden diligentemente a beber de las sagradas Escrituras, reciben esta embriaguez que «consolida los pasos de una mente sobria» y que «riega el terreno de la vida eterna que nos ha sido dado» [107].

La vida espiritual que el Pastor de Milán enseña a sus fieles es, a la vez, exigente y atractiva, concreta e inmersa en el misterio. También para la Iglesia de hoy deseo que resuene esa invitación fuerte y comprometedora.

 

 

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Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va