Documento entero

 

CARTA APOSTÓLICA
OPEROSAM DIEM
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
AL CARDENAL ARZOBISPO Y AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
DE LA ARCHIDIÓCESIS DE MILÁN
EN EL XVI CENTENARIO DE LA MUERTE
DE SAN AMBROSIO,
OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

 

 

III. «Cristo es todo para nosotros»[38]

17. El Año santo ambrosiano coincide con el período que, en el itinerario de preparación para el jubileo, «se dedicará a la reflexión sobre Cristo, Verbo del Padre, hecho hombre por obra del Espíritu Santo. Es necesario destacar el carácter claramente cristológico del jubileo, que celebrará la encarnación y la venida al mundo del Hijo de Dios, misterio de salvación para todo el género humano» [39].

En la línea del concilio de Nicea, cuyo enérgico defensor fue, san Ambrosio ha sido reconocido maestro de la doctrina cristológica y trinitaria. La enseñanza del Obispo de Milán tiene en Cristo su centro unificador; de él recibe su esplendor teológico y su fuerza de atracción para la vida espiritual. Por eso, recorrer sus puntos más destacados cobra un significado particular también para la preparación al milenio que viene.

18. En muchos de sus escritos, a partir de la trilogía De fide, De Spiritu Sancto y De incarnationis dominicae sacramento, Ambrosio expone su doctrina sobre la Trinidad, acerca de la cual propone lúcidas consideraciones, que servirán de modelo en el desarrollo ulterior de la teología trinitaria en Occidente, pero sin olvidar que el misterio de Dios supera siempre nuestra comprensión y nuestras afirmaciones [40]. «Hemos aprendido que existe una distinción entre "el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo" (Mt 28, 19), no una confusión; una distinción, no una separación; una distinción, no una pluralidad; (...) por divino y admirable misterio, el Padre subsiste siempre, siempre subsiste el Hijo y también el Espíritu Santo subsiste siempre (...). Conocemos su distinción, pero ignoramos sus secretos; no investigamos las causas; veneramos los misterios» [41].

Con respecto al Hijo, Ambrosio recuerda que «está siempre con el Padre, siempre en el Padre» [42]; es engendrado por el Padre, fuente del ser: «Estos signos caracterizan al Hijo de Dios, de modo que de ellos deduces que el Padre es eterno, y también que el Hijo no es diferente de él, del Padre procede el Hijo; de Dios procede el Verbo; reflejo de su gloria, huella de su sustancia, espejo de la majestad de Dios, imagen de su bondad; sabiduría que proviene de aquel que es sabio; fuerza que proviene de aquel que es fuerte; verdad que proviene de aquel que es la verdad; vida que proviene de aquel que vive» [43].

Cristo viene al mundo para revelar al Padre: «Es el eterno esplendor del alma, que el Padre envió a la tierra precisamente para darnos la posibilidad de contemplar, a la luz de su rostro, las realidades eternas y celestiales, que antes no podíamos ver a causa de la niebla que nos envolvía» [44].

19. San Ambrosio tiene una visión unitaria del plan divino de la salvación: anunciado por Dios en la antigua alianza, se realizó en la nueva con la venida de Cristo, que reveló al mundo el rostro del Padre y la luz de la Trinidad. Más aún Cristo Redentor está ya significado veladamente en la obra misma de la creación, en el descanso que Dios se concede después de haber creado al hombre. «En ese momento —observa san Ambrosio— Dios descansó, pues ya tenía un ser a quien perdonar los pecados. O quizá ya entonces se anunció el misterio de la futura pasión del Señor, con el que se reveló que Cristo descansaría en el hombre, él que se predestinaba a sí mismo un cuerpo humano para la redención del hombre» [45]. El descanso de Dios anticipaba el de Cristo en la cruz, con su muerte redentora, y la pasión del Señor venía así a situarse desde el inicio en un proyecto de misericordia universal, como el sentido y el fin de la creación misma.

20. Del misterio de la Encarnación y de la Redención habla Ambrosio con el ardor de una persona que ha sido literalmente conquistada por Cristo y lo ve todo a su luz. La reflexión que hace brota de la contemplación afectuosa y que, a menudo, se manifiesta en oraciones, auténticas elevaciones del alma en medio de tratados profundos: el Salvador vino al mundo «por mí», «por nosotros», son expresiones que se repiten con frecuencia en sus obras [46].

Anunciado, de alguna manera, en todos los libros del Antiguo Testamento [47], el Verbo desciende del seno del Padre y cumple su misión en etapas sucesivas, que el Obispo, inspirándose en el Cantar de los cantares, compara con los saltos de un ciervo, impulsado por el amor a la humanidad y a la Iglesia [48]. Con la Encarnación, el Verbo toma «el aspecto de siervo, es decir, la plenitud de la perfección humana» [49]; y asume en sí, en su carne, toda la humanidad, confiriéndole un privilegio que no tienen ni siquiera los ángeles [50].

Si en la Encarnación Cristo se unió a nosotros con vínculos de amor [51], en su pasión, sufrida por la redención del mundo, ese amor brilló en medio de los contrastes más profundos de humillación —exaltación del Crucificado [52]; su ultraje borró los ultrajes de todos [53]; las lágrimas que derramó en la cruz nos lavaron [54]. La Redención de Cristo es universal [55]: «En el Redentor de todos no entraba sólo un hombre, sino todo el mundo» [56]; «él se humilló, para que tú fueras exaltado» [57].

21. De aquí brotan en las obras de san Ambrosio todas las definiciones y apelativos del Redentor, que nos lo describen en su grandeza y benevolencia. Cristo se hizo todo a todos [58]; él es la plenitud y la amplitud [59]; es el fin de la Ley [60]; el fundamento de todas las cosas y la cabeza de la Iglesia [61], la fuente de la vida [62]; «su muerte es vida, su sepultura es vida, su resurrección es vida de todos» [63]. Él es «la expiación universal, el rescate universal» [64], el rey y mediador [65], el sol de justicia [66], luz [67], fuego [68], camino [69], alegría [70], el único en quien podemos gloriarnos a pesar de nuestros pecados [71]; se hizo pobre por nosotros [72], humilde para enseñarnos la humildad [73], compañero nuestro [74]; es bueno, más aún, es la bondad misma [75]: «Que este "bien" venga a nuestra alma, a lo más íntimo de nuestra mente (...). Él es nuestro tesoro; él es nuestro camino; él es nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestro pastor y el buen pastor; él es nuestra vida. Contempla cuántos bienes se hallan encerrados en este único bien» [76].

22. Al presentar la figura de Cristo, el obispo Ambrosio anticipa las estupendas temáticas que afrontarían en los siglos sucesivos los grandes Concilios cristológicos; y con magistral síntesis nos habla del único Cristo Señor, en sus dos naturalezas: divina y humana. He aquí un ejemplo entre muchos, tomado del segundo libro del De fide: «Mantenemos la distinción entre la naturaleza divina y la carne. En ambas habla el único Hijo de Dios, pues en el mismo se encuentran ambas naturalezas; aunque sea él quien habla, no habla siempre del mismo modo. Contempla en él unas veces la gloria de Dios; otras, las pasiones del hombre. En cuanto Dios, dice las cosas que son de Dios, pues es el Verbo; en cuanto hombre, dice las cosas que son del hombre, pues habla en mi sustancia» [77]. Por ser tan completo y preciso, este pasaje fue citado en las actas de los concilios de Éfeso (431) y Calcedonia (451) así como en el Sínodo lateranense del año 649. Pero numerosos textos del Obispo de Milán fueron citados y meditados en aquellos tiempos, desde el De incarnationis dominicae sacramento, traducido al griego ya pocas décadas después de la muerte de Ambrosio, hasta los largos extractos de la Expositio evangelii secundum Lucam, leídos y traducidos durante el tercer concilio de Constantinopla, en el año 681.

Así, la palabra de Ambrosio, apasionado por Cristo Señor, entraba a sostener y vivificar las grandes definiciones cristológicas de la Iglesia antigua.

 

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

Introducción      Cap. 1      Cap. 2      Cap. 3      

Cap. 4      Cap. 5      Conclusión      Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va