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CARTA APOSTÓLICA
OPEROSAM DIEM
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
AL CARDENAL ARZOBISPO Y AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
DE LA ARCHIDIÓCESIS DE MILÁN
EN EL XVI CENTENARIO DE LA MUERTE
DE SAN AMBROSIO,
OBISPO Y DOCTOR DE LA IGLESIA

 

 

II. «La mirada fija en la palabra de Dios» [30]

14. Junto con Jerónimo, Agustín y Gregorio Magno, el santo obispo de Milán es uno de los cuatro doctores a los que la Iglesia latina rinde particular veneración. Por ello, deseo prestar atención especial a este aspecto de su personalidad, considerándolo en la perspectiva del próximo jubileo.

Una primera indicación nos la brinda el papel que desempeñó en la vida de Ambrosio la palabra de Dios. «Para conocer la verdadera identidad de Cristo —escribí en la carta apostólica Tertio millennio adveniente—, es necesario que los cristianos (...) vuelvan con renovado interés a la sagrada Escritura» [31]. Ambrosio puede ser nuestro maestro y nuestro guía, pues fue un magnífico exégeta de la Biblia, que tomaba constantemente como objeto de su catequesis. Todas sus obras son una explicación de los Libros inspirados.

El santo obispo dedicó una entera Expositio al evangelio según san Lucas y en muchos de sus escritos, sobre todo en algunas cartas, suele comentar el epistolario paulino, presentando nuevamente con viva participación el pensamiento del Apóstol. Pero es sobre todo en los libros del Antiguo Testamento donde se detiene con especial predilección. En ellos encuentra una larga y ardiente preparación para la venida de Cristo, como una «sombra» que, de modo aún imperfecto pero ya sabiamente trazado, anticipa el anuncio de la revelación plena del Evangelio.

Leyendo en profundidad las páginas bíblicas tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, en la línea de la concorde tradición patrística, Ambrosio invita a captar, por encima del sentido literal, un sentido moral, que ilumina la conducta, y un sentido alegórico-místico, que permite descubrir en las imágenes y en los episodios narrados el misterio de Cristo y de la Iglesia. Así, en particular, muchos personajes del Antiguo Testamento se presentan como «tipos» y anticipaciones de la figura de Cristo. Leer las Escrituras es leer a Cristo. Por eso, Ambrosio recomienda encarecidamente la lectura integral de la Escritura: «Bebe, por tanto, ambos cálices, el del Antiguo y el del Nuevo Testamento, porque en ambos bebes a Cristo. Bebes a Cristo, que es la vid; bebes a Cristo, que es la piedra de donde brotó el agua; bebes a Cristo, que es el manantial de la vida; bebes a Cristo, que es el río cuya corriente fecunda la ciudad de Dios; bebes a Cristo, que es la paz» [32].

15. Ambrosio sabe que el conocimiento de las Escrituras no es fácil. En el Antiguo Testamento hay páginas oscuras, que sólo reciben plena luz en el Nuevo. Cristo es su clave, su revelador: «Es grande la oscuridad de las Escrituras proféticas. Pero si llamaras con la mano de tu espíritu a la puerta de las Escrituras, y si examinaras con escrupulosidad lo que hay allí oculto, poco a poco comenzarías a captar el sentido de las palabras, y quien te abriría no sería otro hombre, sino el Verbo de Dios (...), porque sólo el Señor Jesús en su Evangelio desgarró el velo de los enigmas proféticos y de los misterios de la Ley; sólo él nos ha dado la llave del saber y nos ha brindado la posibilidad de abrir» [33].

La Escritura es un «mar, que encierra en sí sentidos profundos y abismos de enigmas proféticos: en este mar han desembocado muchísimos ríos» [34]. Por su carácter de palabra viva y a la vez compleja, la Escritura no se puede leer con superficialidad. Abre sus tesoros a quien se acerca a ella con espíritu realmente sediento de luz, siguiendo el ejemplo de aquel cuya oración recoge el Salmo 118: «Se consumen mis ojos siguiendo tu Palabra» (v. 82). Como la joven esposa —comenta Ambrosio con una imagen muy viva— corre al puerto para escrutar cualquier nave que pueda traerle a su esposo, así el salmista «abandonaba todas las preocupaciones de este tiempo y, como vigía siempre alerta, tenía fija la mirada de los ojos interiores en la palabra de Dios» [35]. El mismo obispo personificaba a ese creyente que tenía tan gran anhelo, e impulsaba a sus fieles a hacer lo mismo.

También les pedía que «rumiaran» la Palabra, porque es alimento sustancioso, al que se debe volver muchas veces con paciencia y constancia, en una meditación continua: sólo así podrá comunicarnos las inagotables sustancias nutritivas que encierra. «Proporcionemos a nuestra mente este alimento para que, triturado y masticado mediante una larga meditación, dé fuerza al corazón del hombre, como el maná celestial: alimento que no hemos recibido ya triturado y masticado, sin esfuerzo de nuestra parte. Por eso es necesario triturar y masticar las palabras de las Escrituras celestiales, esforzándonos con toda el alma y con todo el corazón para lograr que la sustancia de ese alimento espiritual se derrame por todas las venas del alma» [36]. Asimismo, les decía: «Reflexiona, por tanto, todo el día en la Ley (...). Toma como consejeros a Moisés, Isaías, Jeremías, Pedro, Pablo, Juan, e incluso al excelso consejero Jesús, si quieres llegar al Padre. Con ellos debes tratar; con ellos debes confrontarte todo el día; debes reflexionar todo el día» [37].

16. Ambrosio explica constantemente a sus fieles las Escrituras proclamadas en la liturgia. Las usa como inspiración y fundamento de toda su predicación y de sus escritos: de sus comentarios bíblicos, de sus cartas, de sus discursos en funerales, de sus tratados sobre temas sociales y de sus obras de contenido netamente espiritual. Su estilo está salpicado de imágenes y expresiones bíblicas. Se podría decir que no sólo él habla de la Biblia, sino que también habla la Biblia, como transformada en la sustancia íntima de su pensamiento y de su palabra. Así, los Textos sagrados alimentan a los oyentes, que se convierten en conocedores cada vez más competentes. La Iglesia guiada por Ambrosio se nos presenta realmente formada y plasmada por la palabra de Dios.

Deseo vivamente que su ejemplo impulse a poner la Biblia cada vez más en el centro de la vida cristiana y a leerla con la fe y la profundidad, de las que el Obispo de Milán fue eximio modelo y seguro maestro.

 

 

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Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va