Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 19 de mayo de 2004

 

Acción de gracias de un pecador perdonado

1. "Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado". Esta bienaventuranza, con la que comienza el salmo 31, recién proclamado, nos hace comprender inmediatamente por qué la tradición cristiana lo incluyó en la serie de los siete salmos penitenciales. Después de la doble bienaventuranza inicial (cf. vv. 1-2), no encontramos una reflexión genérica sobre el pecado y el perdón, sino el testimonio personal de un convertido.

La composición del Salmo es, más bien, compleja:  después del testimonio personal (cf. vv. 3-5) vienen dos versículos que hablan de peligro, de oración y de salvación (cf. vv. 6-7); luego, una promesa divina de consejo (cf. v. 8) y una advertencia (cf. v. 9); por último, un dicho sapiencial antitético (cf. v. 10) y una invitación a alegrarse en el Señor (cf. v. 11).

2. Nos limitamos ahora a comentar algunos elementos de esta composición. Ante todo, el orante describe su dolorosísima situación de conciencia cuando "callaba" (cf. v. 3):  habiendo cometido culpas graves, no tenía el valor de confesar a Dios sus pecados. Era un tormento interior terrible, descrito con imágenes impresionantes. Sus huesos casi se consumían por una fiebre desecante, el ardor febril mermaba su vigor, disolviéndolo; y él gemía sin cesar. El pecador sentía que sobre él pesaba la mano de Dios, consciente de que Dios no es indiferente ante el mal perpetrado por su criatura, porque él es el custodio de la justicia y de la verdad.

3. El pecador, que ya no puede resistir, ha decidido confesar su culpa con una declaración valiente, que parece anticipar la del hijo pródigo de la parábola de Jesús (cf. Lc 15, 18). En efecto, ha dicho, con sinceridad de corazón:  "Confesaré al Señor mi culpa". Son pocas palabras, pero que brotan de la conciencia; Dios  responde  a ellas inmediatamente con un perdón generoso (cf. Sal 31, 5).

El profeta Jeremías refería esta llamada de Dios:  "Vuelve, Israel apóstata, dice el Señor; no estará airado mi semblante contra vosotros, porque soy piadoso, dice el Señor. No guardo rencor para siempre. Tan sólo reconoce tu culpa, pues has sido infiel al Señor tu Dios" (Jr 3, 12-13).
De este modo, delante de "todo fiel" arrepentido y perdonado se abre un horizonte de seguridad, de confianza y de paz, a pesar de las pruebas de la vida (cf. Sal 31, 6-7). Puede volver el tiempo de la angustia, pero la crecida de las aguas caudalosas del miedo no prevalecerá, porque el Señor llevará a su fiel a un lugar seguro:  "Tú eres mi refugio:  me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación" (v. 7).

4. En ese momento, toma la palabra el Señor y promete guiar al pecador ya convertido. En efecto, no basta haber sido purificados; es preciso, luego, avanzar por el camino recto. Por eso, como en el libro de Isaías (cf. Is 30, 21), el Señor promete:  "Te enseñaré el camino que has de seguir" (Sal 31, 8) e invita a la docilidad. La llamada se hace apremiante, sazonada con un poco de ironía mediante la llamativa imagen del caballo y del mulo, símbolos de obstinación (cf. v. 9). En efecto, la verdadera sabiduría lleva a la conversión, renunciando al vicio y venciendo su oscura fuerza de atracción. Pero lleva, sobre todo, a gozar de la paz que brota de haber sido liberados y perdonados.

San Pablo, en la carta a los Romanos, se refiere explícitamente al inicio de este salmo para celebrar la gracia liberadora de Cristo (cf. Rm 4, 6-8). Podríamos aplicarlo al sacramento de la reconciliación. En él, a la luz del Salmo, se experimenta la conciencia del pecado, a menudo ofuscada en nuestros días, y a la vez la alegría del  perdón. En  vez del binomio "delito-castigo" tenemos el binomio "delito-perdón", porque el Señor es un Dios "que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado" (Ex 34, 7).

5. San Cirilo de Jerusalén (siglo IV) utilizó el salmo 31 para enseñar a los catecúmenos la profunda renovación del bautismo, purificación radical de todo pecado (Procatequesis n. 15). También él ensalzó, a través de las palabras del salmista, la misericordia divina. Con sus palabras concluimos nuestra catequesis:  "Dios es misericordioso y no escatima su perdón. (...) El cúmulo de tus pecados no superará la grandeza de la misericordia de Dios; la gravedad de tus heridas no superará la habilidad del supremo Médico, con tal de que te abandones a él con confianza.
Manifiesta al Médico tu enfermedad, y háblale con las palabras que dijo David:  "Reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado". Así obtendrás que se hagan realidad estas otras palabras:  "Tú has perdonado la maldad de mi corazón"" (Le catechesi, Roma 1993, pp. 52-53).


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de España y de América Latina, especialmente al grupo de seminaristas del seminario menor de la Asunción, de Santiago de Compostela. Invito a todos a abandonarse con fe en Dios y en su misericordia.


(En lengua croata Su Santidad saludó a los fieles de la Misión católica croata en Düsseldorf, Alemania, y añadió)
La liturgia de las Horas es el canto de alegría de los que han experimentado la misericordia de Dios, el canto de fiesta de la Iglesia, que en los sacramentos ha recibido la prenda de la vida eterna y de una alegría perenne en el Señor.

(A los participantes en la "Peregrinación de los pueblos")
Saludo cordialmente a los numerosos peregrinos que participan en la gran "Peregrinación de los pueblos" en Mariazell para orar por Europa:  peregrinos procedentes de Bosnia y Herzegovina, de Croacia, de Austria, de Polonia, de Eslovaquia, de la República Checa, de Hungría y de otros países. Estoy espiritualmente cerca de vosotros. Dirijo un saludo en particular a los jefes de Estado, a los cardenales, a los obispos y a los sacerdotes que participan en la liturgia festiva en Mariazell. Con vosotros y por vosotros oro por un tiempo de bendición, en el que todos los hombres convivan en paz y bienestar. Los valores que aporta nuestra santa fe cristiana son la mejor base para este objetivo.

Queridos peregrinos, os envío como legado a mi más íntimo colaborador, el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado. En el santuario de la "Magna Mater Austriae, Magna Domina Hungarorum, Alma Mater Gentium Slavorum", él presidirá vuestras oraciones y vuestros cantos. Está en juego algo muy importante:  el futuro de este continente. Os agradezco a todos vuestro compromiso, en particular vuestras oraciones y vuestros sacrificios. Que la salvación de Dios sea vuestra recompensa. Os acompañe su bendición.

(En italiano)
Deseo saludar, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. En la víspera de la fiesta de la Ascensión del Señor, os invito, queridos jóvenes presentes, especialmente al nutrido grupo procedente de la archidiócesis de Brindis-Ostuni y a los numerosos estudiantes de la provincia de Tarento, a vivir siempre orientados hacia el cielo, poniendo en primer lugar las "cosas de arriba". A vosotros, queridos enfermos, os exhorto a confiar en Jesús crucificado, con la certeza de que, si lo seguimos fielmente en la tierra, participaremos en su gloria en el cielo. A vosotros, queridos recién casados, os deseo que crezcáis cada vez más en el conocimiento de Cristo y en la escucha de su palabra, para que su Espíritu renueve constantemente vuestro amor.