Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles
Miércoles 12 de mayo de 2004
Acción de
gracias por la curación de un enfermo en peligro de muerte
1. El orante eleva a Dios, desde lo más profundo de su
corazón, una intensa y ferviente acción de gracias porque lo ha librado del
abismo de la muerte. Ese sentimiento resalta con fuerza en el salmo 29, que
acaba de resonar no sólo en nuestros oídos, sino también, sin duda, en nuestro
corazón.
Este himno de gratitud revela una notable finura literaria y se caracteriza por
una serie de contrastes que expresan de modo simbólico la liberación alcanzada
gracias al Señor. Así, "sacar la vida del abismo" se opone a "bajar a la fosa" (cf.v.
4); la "bondad de Dios de por vida" sustituye su "cólera de un instante" (cf. v.
6); el "júbilo de la mañana" sucede al "llanto del atardecer" (ib.); el
"luto" se convierte en "danza" y el triste "sayal" se transforma en "vestido de
fiesta" (v. 12).
Así pues, una vez que ha pasado la noche de la muerte, clarea el alba del nuevo
día. Por eso, la tradición cristiana ha leído este salmo como canto pascual. Lo
atestigua la cita inicial, que la edición del texto litúrgico de las Vísperas
toma de un gran escritor monástico del siglo IV, Juan Casiano: "Cristo, después
de su gloriosa resurrección, da gracias al Padre".
2. El orante se dirige repetidamente al "Señor" -por lo menos ocho veces- para
anunciar que lo ensalzará (cf. vv. 2 y 13), para recordar el grito que ha
elevado hacia él en el tiempo de la prueba (cf. vv. 3 y 9) y su intervención
liberadora (cf. vv. 2, 3, 4, 8 y 12), y para invocar de nuevo su misericordia (cf.
v. 11). En otro lugar, el orante invita a los fieles a cantar himnos al Señor
para darle gracias (cf. v. 5).
Las sensaciones oscilan constantemente entre el recuerdo terrible de la
pesadilla vivida y la alegría de la liberación. Ciertamente, el peligro pasado
es grave y todavía causa escalofrío; el recuerdo del sufrimiento vivido es aún
nítido e intenso; hace muy poco que el llanto se ha enjugado. Pero ya ha
despuntado el alba de un nuevo día; en vez de la muerte se ha abierto la
perspectiva de la vida que continúa.
3. De este modo, el Salmo demuestra que nunca debemos dejarnos arrastrar por la
oscura tentación de la desesperación, aunque parezca que todo está perdido.
Ciertamente, tampoco hemos de caer en la falsa esperanza de salvarnos por
nosotros mismos, con nuestros propios recursos. En efecto, al salmista le asalta
la tentación de la soberbia y la autosuficiencia: "Yo pensaba muy seguro: "No
vacilaré jamás"" (v. 7).
Los Padres de la Iglesia comentaron también esta tentación que asalta en los
tiempos de bienestar y vieron en la prueba una invitación de Dios a la humildad.
Por ejemplo, san Fulgencio, obispo de Ruspe (467-532), en su Carta 3,
dirigida a la religiosa Proba, comenta el pasaje del Salmo con estas palabras:
"El salmista confesaba que a veces se enorgullecía de estar sano, como si fuese
una virtud suya, y que en ello había descubierto el peligro de una gravísima
enfermedad. En efecto, dice: "Yo pensaba muy seguro: No vacilaré jamás". Y
dado que al decir eso había perdido el apoyo de la gracia divina, y,
desconcertado, había caído en la enfermedad, prosigue diciendo: "Tu bondad,
Señor, me aseguraba el honor y la fuerza; pero escondiste tu rostro, y quedé
desconcertado". Asimismo, para mostrar que se debe pedir sin cesar, con
humildad, la ayuda de la gracia divina, aunque ya se cuente con ella, añade: "A
ti, Señor, llamé; supliqué a mi Dios". Por lo demás, nadie eleva oraciones y
hace peticiones sin reconocer que tiene necesidades, y sabe que no puede
conservar lo que posee confiando sólo en su propia virtud" (Lettere di San
Fulgenzio di Ruspe, Roma 1999, p. 113).
4. Después de confesar la tentación de soberbia que le asaltó en el tiempo de
prosperidad, el salmista recuerda la prueba que sufrió a continuación, diciendo
al Señor: "Escondiste tu rostro, y quedé desconcertado" (v. 8).
El orante recuerda entonces de qué manera imploró al Señor (cf. vv. 9-11):
gritó, pidió ayuda, suplicó que le librara de la muerte, aduciendo como razón el
hecho de que la muerte no produce ninguna ventaja a Dios, dado que los muertos
no pueden ensalzarlo y ya no tienen motivos para proclamar su fidelidad, al
haber sido abandonados por él.
Volvemos a encontrar esa misma argumentación en el salmo 87, en el cual el
orante, que ve cerca la muerte, pregunta a Dios: "¿Se anuncia en el sepulcro tu
misericordia o tu fidelidad en el reino de la muerte?" (Sal 87, 12). De
igual modo, el rey Ezequías, gravemente enfermo y luego curado, decía a Dios:
"Que el seol no te alaba ni la muerte te glorifica (...). El que vive, el que
vive, ese te alaba" (Is 38, 18-19).
Así expresaba el Antiguo Testamento el intenso deseo humano de una victoria de
Dios sobre la muerte y refería diversos casos en los que se había obtenido esta
victoria: gente que corría peligro de morir de hambre en el desierto,
prisioneros que se libraban de la condena a muerte, enfermos curados, marineros
salvados del naufragio (cf. Sal 106, 4-32). Sin embargo, no se trataba de
victorias definitivas. Tarde o temprano, la muerte lograba prevalecer.
La aspiración a la victoria, a pesar de todo, se ha mantenido siempre y al final
se ha convertido en una esperanza de resurrección. La satisfacción de esta
fuerte aspiración ha quedado garantizada plenamente con la resurrección de
Cristo, por la cual nunca daremos gracias a Dios suficientemente.
Saludos
Saludo cordialmente a los visitantes venidos de España y de América Latina,
en especial a los pequeños grupos familiares españoles, a los peregrinos
mexicanos de Saltillo, así como a los de otros países latinoamericanos. Invito a
todos a seguir fielmente a Cristo, siendo testigos de la vida nueva que él nos
ha dado con su resurrección. Muy agradecido.
Saludó cordialmente a sus compatriotas. Se alegró de forma especial por la
presencia de un numeroso grupo de niños de primera Comunión, de la iglesia de
San Estanislao, en Roma. Y añadió: Encomiendo a Dios a todos los niños que en
este tiempo reciben a Cristo en su corazón por primera vez. Les deseo que
cultiven el espíritu de fe de sus padres y de sus seres queridos. Ojalá que
aprendan a amar a Jesús con toda su alma, y, con la ayuda de la Virgen,
perseveren siempre en la fe.
.
Dio una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana y añadió: A
ellos y a todos los presentes renuevo la invitación a orar por la paz en el
mundo, especialmente en Irak y en Oriente Medio. Quiera Dios que, con el apoyo
de la comunidad internacional, aquellas queridas poblaciones avancen con
decisión por el camino de la reconciliación, el diálogo y la cooperación
Me dirijo, por último, a vosotros jóvenes, enfermos y recién casados.
Mañana se celebra la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María de
Fátima. Queridísimos hermanos, os exhorto a dirigiros incesantemente y con
confianza a la Virgen, encomendándole a ella todas vuestras necesidades.
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