Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 27 de agosto de 2003

 

Juan Pablo I, maestro de fe límpida

1. El sábado 26 de agosto de 1978, por la tarde, fue elegido pontífice mi venerado predecesor Juan Pablo I. Ayer se cumplieron veinticinco años de aquel acontecimiento.

Vuelvo hoy a aquellos momentos, que tuve la alegría de vivir con íntima emoción. Recuerdo cómo sus palabras llegaron al corazón de la gente que llenaba la plaza de San Pedro. Desde su primera aparición en el balcón central de la basílica vaticana, se entabló con los presentes una corriente de simpatía espontánea. Su rostro sonriente, su mirada confiada y abierta conquistaron el corazón de los romanos y de los fieles del mundo entero.

Procedía de la ilustre comunidad eclesial de Venecia, que en el siglo XX ya había dado a la Iglesia dos grandes Pontífices: san Pío X, de cuya elección al solio pontificio este año conmemoramos el centenario, y el beato Juan XXIII, de cuya muerte recordamos en junio el cuadragésimo aniversario.

2. "Nos abandonamos confiados a la ayuda del Señor", dijo el nuevo Papa en su primer radiomensaje (27 de agosto de 1978: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de septiembre de 1978, p. 4). Fue, ante todo, un maestro de fe límpida, sin concesiones a modas pasajeras y mundanas. Trataba de adaptar sus enseñanzas a la sensibilidad de la gente, pero conservando siempre la claridad de la doctrina y la coherencia de su aplicación a la vida.
Pero el secreto de su fascinación era un contacto ininterrumpido con el Señor. "Tú lo sabes.

Contigo me esfuerzo por tener un coloquio continuo", había apuntado en uno de sus escritos en forma de carta a Jesús. "Lo importante es imitar y amar a Cristo":  esta es la verdad que, traducida a la vida diaria, hace que "cristianismo y alegría vayan unidos".

3. Al día siguiente de su elección, en el Ángelus del domingo 27 de agosto, después de recordar a sus predecesores, el nuevo Papa dijo: "Yo no tengo la sapientia cordis del Papa Juan, ni tampoco la preparación y la cultura del Papa Pablo, pero estoy en su puesto. Debo tratar de servir a la Iglesia" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de septiembre de 1978, p. 11).

Estaba muy unido a los dos Papas que lo habían precedido. Ante ellos se hacía pequeño, manifestando una gran humildad, que para él constituyó siempre la primera regla de vida. Humildad y optimismo fueron la característica de su existencia. Precisamente gracias a estas dotes dejó, durante su paso fugaz entre nosotros, un mensaje de esperanza que encontró acogida en muchos corazones. "Seamos optimistas a pesar de todo -solía repetir-. La confianza en Dios debe estar en el centro de nuestros pensamientos y de nuestras acciones". Y afirmaba con realismo animado por la fe: "Los protagonistas principales de nuestra vida son dos:  Dios y cada uno de nosotros".

4. Su palabra y su persona habían entrado en el corazón de todos y, por eso, fue muy dolorosa la noticia de su muerte repentina, que sobrevino en la noche del 28 de septiembre de 1978. Se apagaba la sonrisa de un Pastor cercano a la gente, que con serenidad y equilibrio había sabido entablar un diálogo con la cultura y con el mundo.

Los pocos discursos y escritos que nos legó como Papa enriquecen la colección no pequeña de sus textos, que a veinticinco años de su muerte conservan una actualidad sorprendente. Dijo una vez: "El progreso con hombres que se amen, considerándose hermanos e hijos del único Padre Dios, puede ser algo maravilloso. El progreso con hombres que no reconocen en Dios a un único Padre, se convierte en un peligro continuo" ¡Cuánta verdad en estas palabras, útiles también para los hombres de nuestro tiempo!

5. ¡Ojalá que la humanidad acoja esta advertencia tan sabia y apague los numerosos focos de odio y violencia presentes en tantas partes de la tierra, para construir en la concordia un mundo más justo y solidario!

Por intercesión de María, de la que Juan Pablo I se declaró siempre tierno y devoto hijo, pidamos al Señor que acoja en su reino de paz y alegría a este fiel servidor suyo. Pidamos también que su enseñanza, que tiene una dimensión práctica para la vida diaria, sea luz para los creyentes y para todas las personas de buena voluntad.


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de España y América Latina, especialmente a los de México, a los grupos parroquiales españoles y a la Hermandad de Lucena. Que el Señor, por la maternal intercesión de María, a quien Juan Pablo I profesó siempre devoción filial, nos conceda la gracia de acoger sus enseñanzas para apagar el odio presente en tantos lugares de la tierra y construir un mundo más justo y solidario.

(A los fieles húngaros)

En estos días se inicia el nuevo año escolar; ojalá que la juventud aproveche este tiempo para familiarizarse con los tesoros intelectuales y espirituales.

(En italiano) 

Acojo con alegría a los participantes en el congreso nacional de estudio y actualización sobre la invalidez auditiva, organizado por la Asociación italiana de educadores de sordos, con ocasión del año europeo de los inválidos.  

Finalmente, como de costumbre, os saludo a vosotros, queridos jóvenes, enfermos y recién casados. Que el ejemplo de santa Mónica, a la que recordamos hoy, y de su hijo san Agustín, a quien celebraremos mañana, os ayuden a mirar con indómita confianza a Cristo, luz en las dificultades, apoyo en las pruebas y guía en todo momento de la vida.