Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles
Miércoles 23 de abril de 2003
La paz de Cristo
1. En estos días de la octava de Pascua es grande
el júbilo de la Iglesia por la resurrección de Cristo. Después de sufrir la
pasión y la muerte en cruz, ahora vive para siempre, y la muerte ya no tiene
ningún poder sobre él.
La comunidad de los fieles, en todas las partes del mundo, eleva al cielo un cántico
de alabanza y acción de gracias a Aquel que ha librado al hombre de la
esclavitud del mal y del pecado mediante la redención realizada por el Verbo
encarnado. Es lo que expresa el salmo 135, que se acaba de proclamar y
que constituye un espléndido himno a la bondad del Señor. El amor
misericordioso de Dios se revela de forma plena y definitiva en el Misterio
pascual.
2. Después de su resurrección, el Señor se apareció en repetidas
ocasiones a los discípulos y se encontró muchas veces con ellos. Los
evangelistas refieren varios episodios, que ponen de manifiesto el asombro y
la alegría de los testigos de acontecimientos tan prodigiosos. San Juan, en
particular, destaca las primeras palabras dirigidas por el Maestro
resucitado a los discípulos.
"¡Paz a vosotros!", dice al entrar en el Cenáculo, y repite tres
veces este saludo (cf. Jn 20, 19. 21. 26). Podemos decir que
la expresión: "¡Paz a vosotros!", en hebreo shalom,
contiene y sintetiza, en cierto modo, todo el mensaje pascual. La paz es el
don que el Señor resucitado ofrece a los hombres, y es el fruto de la vida
nueva inaugurada por su resurrección.
Por consiguiente, la paz se identifica como "novedad" introducida en
la historia por la Pascua de Cristo. Nace de una profunda renovación del
corazón del hombre. Así pues, no es el resultado de esfuerzos humanos, ni se
puede conseguir sólo gracias a acuerdos entre personas e instituciones.
Más bien, es un don que hay que acoger con generosidad, conservar con
esmero y hacer fructificar con madurez y responsabilidad. Por más
complicadas que sean las situaciones y por más fuertes que sean las tensiones
y los conflictos, nada puede resistir a la eficaz renovación traída por
Cristo resucitado. Él es nuestra paz. Como leemos en la carta de san
Pablo a los Efesios, él con su cruz derribó la enemistad "haciendo las
paces, para crear, en él, un solo hombre nuevo" (Ef 2, 15).
3. La octava de Pascua, impregnada de luz y alegría, se concluirá el
domingo próximo con el domingo in Albis, llamado también domingo
de la "Misericordia divina". La Pascua es manifestación
perfecta de esta misericordia de Dios, "que se compadece de sus
siervos" (Sal 135, 14).
Con la muerte en cruz, Cristo nos ha reconciliado con Dios y ha puesto en el
mundo las bases de una convivencia fraterna de todos. En Cristo el ser humano
frágil, y que anhela la felicidad, ha sido rescatado de la esclavitud del
maligno y de la muerte, que engendra tristeza y dolor. La sangre del Redentor
ha lavado nuestros pecados. Así hemos experimentado la fuerza renovadora de
su perdón. La misericordia divina abre el corazón al perdón de los
hermanos, y con el perdón ofrecido y recibido es como se construye la paz en
las familias y en todos los demás ambientes de vida.
Renuevo de buen grado mi más cordial felicitación pascual a todos vosotros,
a la vez que os encomiendo, juntamente con vuestras familias y vuestras
comunidades, a la protección celestial de María, Madre de la Misericordia
y Reina de la paz.
Saludos
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española; en especial a los fieles
del arciprestazgo de Alise, así como a las corales de Medina de Rioseco y de
Tortosa, y a los alumnos de los distintos colegios. A todos renuevo mi
felicitación pascual y os confío a la protección de la Virgen María, Madre
de la misericordia y Reina de la paz.
(A los peregrinos de Croacia) Deseando vivamente
que la alegría pascual llene vuestros corazones e inspire vuestros pasos,
invoco sobre cada uno de vosotros y sobre vuestra patria la bendición del Señor
resucitado.
(En polaco) El domingo próximo
desde hace algunos años se vive en la Iglesia como fiesta de la Divina
Misericordia. Que este domingo, en el que peregrinamos espiritualmente al
santuario de Lagiewniki y a los demás santuarios para pedir a Dios la
misericordia para nosotros y para todo el mundo, sea el día de
alabanza al Señor, que ha hecho maravillas. A todos los compatriotas,
pero en particular a los jóvenes aquí reunidos, deseo que la luz de la
Resurrección les acompañe siempre y sea la fuente de la paz y de la firme
esperanza.
(En italiano)
Queridos jóvenes, y especialmente vosotros, que habéis venido en
gran número de diversas parroquias de la archidiócesis de Milán y que este año
hacéis vuestra "profesión de fe", renovando la fe en el Salvador
resucitado, sed entusiastas testigos suyos en la Iglesia y en la sociedad, para
que con vuestra fidelidad al Evangelio contribuyáis a la construcción de la
civilización del amor. Queridos enfermos, la luz de la Resurrección,
que es consuelo y apoyo para quien cree, ilumine vuestra existencia diaria y la
haga fecunda para bien de la humanidad entera. Y vosotros, queridos recién
casados, sacad cada día del Misterio pascual la fuerza espiritual para
alimentar vuestra familia con un amor sincero e inagotable.
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