Himno a Dios por sus maravillas
1. La liturgia de Laudes, que estamos siguiendo en
su desarrollo a través de nuestras catequesis, nos propone la primera parte del
salmo 134, que acaba de resonar en el canto de los solistas. El texto revela una
notable serie de alusiones a otros pasajes bíblicos y parece estar envuelto en
un clima pascual. No por nada la tradición judaica ha unido este salmo al
sucesivo, el 135, considerando el conjunto como "el gran Hallel",
es decir, la alabanza solemne y festiva que es preciso elevar al Señor con
ocasión de la Pascua.
En efecto, este salmo pone fuertemente de relieve el Éxodo, con la mención de
las "plagas" de Egipto y con la evocación del ingreso en la tierra
prometida. Pero sigamos ahora las etapas sucesivas, que el salmo 134 revela en
el desarrollo de los doce primeros versículos: es una reflexión que
queremos transformar en oración.
2. Al inicio nos encontramos con la característica invitación a la
alabanza, un elemento típico de los himnos dirigidos al Señor en el Salterio.
La invitación a cantar el aleluya se dirige a los "siervos del
Señor" (v. 1), que en el original hebreo se presentan "erguidos"
en el recinto sagrado del templo (cf. v. 2), es decir, en la actitud ritual de
la oración (cf. Sal 133, 1-2).
Participan en la alabanza ante todo los ministros del culto, sacerdotes y
levitas, que viven y actúan "en los atrios de la casa de nuestro
Dios" (Sal 134, 2). Sin embargo, a estos "siervos del
Señor" se asocian idealmente todos los fieles. En efecto, inmediatamente
después se hace mención de la elección de todo Israel para ser aliado y
testigo del amor del Señor: "Él se escogió a Jacob, a Israel en
posesión suya" (v. 4). Desde esta perspectiva, se celebran dos cualidades
fundamentales de Dios: es "bueno" y es "amable" (v.
3). El vínculo que existe entre nosotros y el Señor está marcado por el amor,
por la intimidad y por la adhesión gozosa.
3. Después de la invitación a la alabanza, el salmista prosigue con una
solemne profesión de fe, que comienza con la expresión típica: "Yo
sé", es decir, yo reconozco, yo creo (cf. v. 5). Son dos los artículos de
fe que proclama un solista en nombre de todo el pueblo, reunido en asamblea
litúrgica. Ante todo se ensalza la acción de Dios en todo el universo:
él es, por excelencia, el Señor del cosmos: "El Señor todo lo que
quiere lo hace: en el cielo y en la tierra" (v. 6). Domina incluso
los mares y los abismos, que son el emblema del caos, de las energías
negativas, del límite y de la nada.
El Señor es también quien forma las nubes, los rayos, la lluvia y los vientos,
recurriendo a sus "silos" (cf. v. 7). En efecto, los antiguos
habitantes del Oriente Próximo imaginaban que los agentes climáticos se
conservaban en depósitos, semejantes a cofres celestiales de los que Dios
tomaba para esparcirlos por la tierra.
4. El otro componente de la profesión de fe se refiere a la historia de la
salvación. Al Dios creador se le reconoce ahora como el Señor
redentor, evocando los acontecimientos fundamentales de la liberación de Israel
de la esclavitud de Egipto. El salmista cita, ante todo, la "plaga" de
los primogénitos (cf. Ex 12, 29-30), que resume todos los
"prodigios y signos" realizados por Dios liberador durante la epopeya
del Éxodo (cf. Sal 134, 8-9). Inmediatamente después se recuerdan las
clamorosas victorias que permitieron a Israel superar las dificultades y los
obstáculos encontrados en su camino (cf. vv. 10-11). Por último, se perfila en
el horizonte la tierra prometida, que Israel recibe "en heredad" del
Señor (v. 12).
Ahora bien, todos estos signos de alianza, que se profesarán más ampliamente
en el salmo sucesivo, el 135, atestiguan la verdad fundamental proclamada en el
primer mandamiento del Decálogo. Dios es único y es persona que obra y habla,
ama y salva: "el Señor es grande, nuestro dueño más que todos los
dioses" (v. 5; cf. Ex 20, 2-3; Sal 94, 3).
5. Siguiendo la línea de esta profesión de fe, también nosotros elevamos
nuestra alabanza a Dios. El Papa san Clemente I, en su primera Carta a los
Corintios, nos dirige esta invitación: "Fijemos nuestra mirada
en el Padre y Creador de todo el universo y adhirámonos a los magníficos y
sobreabundantes dones y beneficios de su paz. Mirémosle con nuestra mente y
contemplemos con los ojos del alma su magnánimo designio. Consideremos cuán
blandamente se porta con toda la creación. Los cielos, movidos por su
disposición, le están sometidos en paz. El día y la noche recorren la carrera
por él ordenada, sin que mutuamente se impidan. El sol y la luna y los coros de
las estrellas giran, conforme a su ordenación, en armonía y sin transgresión
alguna, en torno a los límites por él señalados. La tierra, germinando
conforme a su voluntad, produce a sus debidos tiempos copiosísimo sustento para
hombres y fieras, y para todos los animales que se mueven sobre ella, sin que
jamás se rebele ni mude nada de cuanto fue por él decretado"
(19, 2-20, 4: Padres Apostólicos, BAC 1993, pp.
196-197). San Clemente I concluye afirmando: "Todas estas cosas
ordenó el grande Artífice y Soberano de todo el universo que se mantuvieran en
paz y concordia, derramando sobre todas sus beneficios, y más copiosamente
sobre nosotros, que nos hemos refugiado en sus misericordias por medio de
nuestro Señor Jesucristo. A él sea la gloria y la grandeza por eternidad de
eternidades. Amén" (ib., p. 198).
Saludos
Doy mi cordial bienvenida a todos los peregrinos de España y de América
Latina, particularmente a los grupos parroquiales venidos de Zaragoza. Elevemos
nuestra alabanza a Dios, siguiendo las pautas de la profesión de fe que
proclama el salmo que hoy hemos cantado.
Os dirijo ahora un cordial saludo a vosotros, jóvenes, enfermos y recién
casados. En este último tramo de la Cuaresma, os exhorto a proseguir con
empeño el camino espiritual hacia la Pascua. A vosotros, queridos jóvenes, os
pido que intensifiquéis vuestro testimonio de amor a la cruz de Cristo; a
vosotros, queridos enfermos, que viváis la prueba del dolor como acto de
amor a Jesús crucificado y resucitado; y a vosotros, queridos recién
casados, que imitéis en vuestra unión matrimonial la fidelidad perdurable
del Señor a la Iglesia su esposa.
LLAMAMIENTO DEL SANTO PADRE
Mientras en Bagdad y en otros centros de Irak siguen los enfrentamientos, con
destrucciones y muertes, noticias no menos preocupantes llegan del continente
africano, del que, en días pasados, procedían informaciones sobre matanzas y
ejecuciones sumarias. Escenario de estos crímenes ha sido la atormentada región
de los Grandes Lagos y, en particular, una zona de la República democrática
del Congo.
A la vez que elevo a Dios una ferviente oración de sufragio por las víctimas,
dirijo un apremiante llamamiento a los responsables políticos, así como a
todos los hombres de buena voluntad, para que se comprometan a hacer que cesen
las violencias y los atropellos, dejando de lado los egoísmos personales y los
intereses de grupo, con la colaboración activa de la comunidad internacional.
Por eso, hay que alentar todos los esfuerzos de reconciliación entre las
poblaciones congoleñas, ugandesas y ruandesas, así como los esfuerzos análogos
que se están realizando en Burundi y en Sudán, esperando que lleven ponto a la
paz tan anhelada.