Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles
Miércoles 29 de enero de 2003
¡Señor, dame la sabiduría!
1. El cántico que se nos propone hoy nos presenta la mayor
parte de una amplia oración puesta en labios de Salomón, al que la tradición
bíblica considera el rey justo y el sabio por excelencia. Se encuentra en el
capítulo 9 del libro de la Sabiduría, un texto del Antiguo Testamento
compuesto en griego, tal vez en Alejandría de Egipto, en los umbrales de la era
cristiana. En él se refleja el judaísmo vivo y abierto de la diáspora hebrea
en el mundo helenístico.
Son fundamentalmente tres las líneas de pensamiento teológico que este libro
nos propone: la inmortalidad feliz, como meta final de la existencia del
justo (cf. cc. 1-5); la sabiduría como don divino y guía de la vida y de las
opciones de los fieles (cf. cc. 6-9); la historia de la salvación, sobre todo
el acontecimiento fundamental del éxodo de la opresión egipcia, como signo de
la lucha entre el bien y el mal, que desemboca en una salvación y redención
plena (cf. cc. 10-19).
2. Salomón vivió aproximadamente diez siglos antes del autor inspirado
del libro de la Sabiduría, pero ha sido considerado el fundador y el artífice
ideal de toda la reflexión sapiencial posterior. La oración del himno puesto
en sus labios es una invocación solemne dirigida al "Dios de los padres y
Señor de la misericordia" (Sb 9, 1), para que conceda el don valiosísimo
de la sabiduría.
Es evidente en nuestro texto la alusión a la escena narrada en el primer
libro de los Reyes, cuando Salomón, al inicio de su reinado, se dirige al
alto de Gabaón, donde se alzaba un santuario, y, después de celebrar un
grandioso sacrificio, durante la noche tiene un sueño-revelación. A Dios, que
lo invita a pedirle un don, responde: "Concede, pues, a tu siervo, un
corazón prudente para gobernar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el
mal" (1 R 3, 9).
3. La idea que sugiere esta invocación de Salomón se desarrolla en
nuestro cántico mediante una serie de peticiones dirigidas al Señor, para que
conceda ese tesoro insustituible que es la sabiduría.
En el pasaje, recortado por la liturgia de Laudes, encontramos estas dos
imploraciones: "Dame la sabiduría. (...) Mándala de tus santos
cielos, de tu trono de gloria" (Sb 9, 4. 10). El fiel es
consciente de que sin este don carece de guía, de una estrella polar que le
oriente en las opciones morales de la existencia: "Soy hombre débil
y de pocos años, demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes. (...)
Sin la sabiduría, que procede de ti, (el hombre) será estimado en nada"
(vv. 5-6).
Es fácil intuir que esta "sabiduría" no es la simple inteligencia o
habilidad práctica, sino más bien la participación en la mente misma de Dios,
que "con su sabiduría formó al hombre" (cf. v. 2). Por consiguiente,
es la capacidad de penetrar en el sentido profundo del ser, de la vida y de la
historia, traspasando la superficie de las cosas y de los acontecimientos para
descubrir en ellos el significado último, querido por el Señor.
4. La sabiduría es como una lámpara que ilumina nuestras opciones morales
de cada día y nos lleva por el camino recto, "para saber lo que es grato
al Señor y lo que es recto según sus preceptos" (cf. v. 9). Por eso, la
liturgia nos hace orar con las palabras del libro de la Sabiduría al
inicio de una jornada, precisamente para que Dios, con su sabiduría, esté a
nuestro lado y "nos asista en nuestros trabajos" de cada
día (cf. v. 10), mostrándonos el bien y el mal, lo justo y lo injusto.
Cuando la Sabiduría divina nos lleva de la mano, nos adentramos con confianza
en el mundo. A ella nos asimos, amándola con un amor esponsal, a ejemplo de
Salomón, el cual, siempre según el libro de la Sabiduría, confesaba:
"Yo la amé y la pretendí desde mi juventud; me esforcé por hacerla
esposa mía y llegué a ser un apasionado de su belleza" (Sb 8, 2).
5. Los Padres de la Iglesia identificaron a Cristo con la Sabiduría de
Dios, siguiendo a san Pablo, que definió a Cristo "fuerza de Dios y
sabiduría de Dios" (1 Co 1, 24).
Concluyamos con una oración de san Ambrosio, que se dirige a Cristo así:
"Enséñame las palabras llenas de sabiduría, porque tú eres la Sabiduría.
Abre mi corazón, tú que abriste el Libro. Ábreme la puerta del cielo, porque
tú eres la Puerta. Si entramos por ti, poseeremos el reino eterno; si entramos
por ti, no quedaremos defraudados, porque no puede equivocarse quien entra en la
morada de la Verdad" (Commento al Salmo 118, 1: SAEMO 9, p.
377).
Saludos
Doy mi cordial bienvenida a todos los peregrinos de España y de América
Latina, de modo particular a los miembros de la Escuela italiana de Santiago de
Chile. ¡Que Cristo, Sabiduría de Dios, nos enseñe las palabras de sabiduría
y nos abra, así, la puerta para entrar en el reino de la Verdad!
Celebraremos pasado mañana la memoria litúrgica de san Juan Bosco, sacerdote y
educador. Acudid a él, queridos jóvenes, como a un auténtico maestro
de vida y de santidad. Vosotros, queridos enfermos, aprended de su
experiencia espiritual a confiar en toda circunstancia en Cristo crucificado. Y
vosotros, queridos recién casados, recurrid a su intercesión para que
os ayude a cumplir con generosidad vuestra misión de esposos.
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