Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles
Miércoles 4 de diciembre de 2002
¡Misericordia, Dios mío!
1. Todas las semanas, la liturgia de las Laudes
nos propone nuevamente el salmo 50, el célebre Miserere. Ya lo hemos
meditado otras veces en algunas de sus partes. También ahora consideraremos en especial una sección de esta grandiosa
imploración de perdón: los versículos 12-16.
Es significativo, ante todo, notar que, en el original hebreo, resuena
tres veces la palabra "espíritu", invocado de Dios como don y
acogido por la criatura arrepentida de su pecado: "Renuévame por dentro con espíritu firme; (...) no me quites
tu santo espíritu; (...) afiánzame con espíritu generoso" (vv. 12. 13. 14).
En cierto sentido, utilizando un término litúrgico, podríamos hablar de una
"epíclesis", es decir, una triple invocación del Espíritu que, como
en la creación aleteaba por encima de las aguas (cf. Gn 1, 2), ahora
penetra en el alma del fiel infundiendo una nueva vida y elevándolo del reino
del pecado al cielo de la gracia.
2. Los Padres de la Iglesia ven en el "espíritu" invocado por el
salmista la presencia eficaz del Espíritu Santo. Así, san Ambrosio está
convencido de que se trata del único Espíritu Santo "que ardió con
fervor en los profetas, fue insuflado (por Cristo) a los Apóstoles, y se unió
al Padre y al Hijo en el sacramento del bautismo" (El Espíritu Santo
I, 4, 55: SAEMO 16, p. 95). Esa misma convicción manifiestan otros
Padres, como Dídimo el Ciego de Alejandría de Egipto y Basilio de Cesarea en
sus respectivos tratados sobre el Espíritu Santo (Dídimo el Ciego, Lo
Spirito Santo, Roma 1990, p. 59; Basilio de Cesarea, Lo Spirito Santo, IX,
22, Roma 1993, p. 117 s).
También san Ambrosio, observando que el salmista habla de la alegría que
invade su alma una vez recibido el Espíritu generoso y potente de Dios,
comenta: "La alegría y el gozo son frutos del Espíritu y nosotros
nos fundamos sobre todo en el Espíritu Soberano. Por eso, los que son renovados
con el Espíritu Soberano no están sujetos a la esclavitud, no son esclavos del
pecado, no son indecisos, no vagan de un lado a otro, no titubean en sus
opciones, sino que, cimentados sobre roca, están firmes y no vacilan" (Apología
del profeta David a Teodosio Augusto, 15, 72: SAEMO 5, p. 129).
3. Con esta triple mención del "espíritu", el salmo 50, después
de describir en los versículos anteriores la prisión oscura de
la culpa, se abre a la región luminosa de la gracia. Es un gran
cambio, comparable a una nueva creación: del mismo modo que en los orígenes
Dios insufló su espíritu en la materia y dio origen a la
persona humana (cf. Gn 2, 7), así ahora el mismo Espíritu divino
crea de nuevo (cf. Sal 50, 12), renueva, transfigura y
transforma al pecador arrepentido, lo vuelve a abrazar (cf. v. 13) y lo hace
partícipe de la alegría de la salvación (cf. v. 14). El hombre, animado por
el Espíritu divino, se encamina ya por la senda de la justicia y del amor, como
reza otro salmo: "Enséñame a cumplir tu voluntad, ya que tú eres
mi Dios. Tu espíritu, que es bueno, me guíe por tierra llana" (Sal
142, 10).
4. Después de experimentar este nuevo nacimiento interior, el orante se
transforma en testigo; promete a Dios "enseñar a los malvados los
caminos" del bien (cf. Sal 50, 15), de forma que, como el hijo pródigo,
puedan regresar a la casa del Padre. Del mismo modo, san Agustín, tras recorrer
las sendas tenebrosas del pecado, había sentido la necesidad de atestiguar en
sus Confesiones la libertad y la alegría de la salvación.
Los que han experimentado el amor misericordioso de Dios se convierten en sus
testigos ardientes, sobre todo con respecto a quienes aún se hallan atrapados
en las redes del pecado. Pensamos en la figura de san Pablo, que, deslumbrado
por Cristo en el camino de Damasco, se transforma en un misionero incansable de
la gracia divina.
5. Por última vez, el orante mira hacia su pasado oscuro y clama a Dios:
"¡Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios, Salvador mío!" (v. 16). La
"sangre", a la que alude, se interpreta de diversas formas en la
Escritura. La alusión, puesta en boca del rey David, hace referencia al
asesinato de Urías, el marido de Betsabé, la mujer que había sido objeto de
la pasión del soberano. En sentido más general, la invocación indica el deseo
de purificación del mal, de la violencia, del odio, siempre presentes en el
corazón humano con fuerza tenebrosa y maléfica. Pero ahora los labios del
fiel, purificados del pecado, cantan al Señor.
Y el pasaje del salmo 50 que hemos comentado hoy concluye precisamente con el
compromiso de proclamar la "justicia" de Dios. El término
"justicia" aquí, como a menudo en el lenguaje bíblico, no designa
propiamente la acción punitiva de Dios con respecto al mal; más bien, indica
la rehabilitación del pecador, porque Dios manifiesta su justicia haciendo
justos a los pecadores (cf. Rm 3, 26). Dios no se
complace en la muerte del malvado, sino en que se
convierta de su conducta y viva (cf. Ez 18, 23).
Saludos
Doy mi cordial bienvenida a todos los peregrinos de España y de América
Latina, de modo particular al cardenal Rouco, arzobispo de Madrid, a los fieles
de las parroquias de Nuestra Señora de la Soledad de Torrejón de Ardoz, de
Nuestra Señora de Sonsoles y de San Sebastián de Madrid, así como al grupo de
militares del Ejército de tierra español y a los sacerdotes participantes en
el curso de espiritualidad promovido por el CIAM. Animados por el Espíritu
divino, preparad, en este tiempo de Adviento, el camino al Señor con obras de
amor, de justicia y de paz. ¡Que Dios os bendiga!
Ante las noticias que llegan desde Venezuela, pido al Dios de todo consuelo para
que en esa amada nación, en este momento difícil de su historia, impere la paz
y la concordia social, comprometiéndose todos en un diálogo que beneficie al
país y pueda así alcanzarse una justicia auténtica, fundada en la verdad y la
solidaridad.
(En italiano)
Saludo a los jóvenes aquí presentes. Os exhorto, amadísimos hermanos,
a alimentaros con frecuencia del pan de vida que Cristo nos ofrece cada día en
la celebración eucarística.
Con afecto me dirijo a vosotros, queridos enfermos, y os invito a mirar a
aquel a quien, en este tiempo de Adviento, esperamos como
Salvador, conscientes de que, si le ofrecemos nuestros sufrimientos,
participaremos también en su gloria.
Finalmente, a vosotros, queridos recién casados, a quienes saludo con
verdadera cordialidad, os exhorto a reavivar en vuestra relación de pareja el
clima de la familia de Nazaret, gracias al rezo frecuente del santo rosario.
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