Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles
Miércoles 23 de octubre de 2002
Oración a Dios ante las dificultades
1. El salmo 85, que se acaba de proclamar y que será
objeto de nuestra reflexión, nos brinda una sugestiva definición del orante.
Se presenta a Dios con estas palabras: soy "tu siervo" e
"hijo de tu esclava" (v. 16). Desde luego, la expresión puede
pertenecer al lenguaje de las ceremonias de corte, pero también se usaba para
indicar al siervo adoptado como hijo por el jefe de una familia o de una
tribu. Desde esta perspectiva, el salmista, que se define también
"fiel" del Señor (cf. v. 2), se siente unido a Dios por un vínculo
no sólo de obediencia, sino también de familiaridad y comunión. Por eso,
su súplica está totalmente impregnada de abandono confiado y esperanza.
Sigamos ahora esta plegaria que la Liturgia de las Horas nos propone al
inicio de una jornada que probablemente implicará no sólo compromisos y
esfuerzos, sino también incomprensiones y dificultades.
2. El Salmo comienza con una intensa invocación, que el orante dirige al
Señor confiando en su amor (cf. vv. 1-7). Al final expresa nuevamente la
certeza de que el Señor es un "Dios clemente y misericordioso, lento a
la cólera, rico en piedad y leal" (v. 15; cf. Ex 34, 6). Estos
reiterados y convencidos testimonios de confianza manifiestan una fe intacta y
pura, que se abandona al "Señor (...) bueno y clemente, rico en
misericordia con los que te invocan" (v. 5).
En el centro del Salmo se eleva un himno, en el que se mezclan sentimientos de
gratitud con una profesión de fe en las obras de salvación que Dios realiza
delante de los pueblos (cf. vv. 8-13).
3. Contra toda tentación de idolatría, el orante proclama la unicidad
absoluta de Dios (cf. v. 8). Luego se expresa la audaz esperanza de que un día
"todos los pueblos" adorarán al Dios de Israel (v. 9). Esta
perspectiva maravillosa encuentra su realización en la Iglesia de Cristo,
porque él envió a sus apóstoles a enseñar a "todas las gentes" (Mt
28, 19). Nadie puede ofrecer una liberación plena, salvo el Señor, del que
todos dependen como criaturas y al que debemos dirigirnos en actitud de
adoración (cf. Sal 85, v. 9). En efecto, él manifiesta en el cosmos y
en la historia sus obras admirables, que testimonian su señorío absoluto
(cf. v. 10).
En este contexto el salmista se presenta ante Dios con una petición intensa y
pura: "Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén
mi corazón entero en el temor de tu nombre" (v. 11). Es hermosa esta
petición de poder conocer la voluntad de Dios, así como esta invocación
para obtener el don de un "corazón entero", como el de un niño,
que sin doblez ni cálculos se abandona plenamente al Padre para avanzar por
el camino de la vida.
4. En este momento aflora a los labios del fiel la alabanza a Dios
misericordioso, que no permite que caiga en la desesperación y en la muerte,
en el mal y en el pecado (cf. vv. 12-13; Sal 15, 10-11).
El salmo 85 es un texto muy apreciado por el judaísmo, que lo ha incluido en
la liturgia de una de las solemnidades más importantes, el Yôm Kippur
o día de la expiación. El libro del Apocalipsis, a su vez, tomó un versículo
(cf. v. 9) para colocarlo en la gloriosa liturgia celeste dentro de "el cántico
de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero": "todas
las naciones vendrán y se postrarán ante ti"; y el Apocalipsis añade:
"porque tus juicios se hicieron manifiestos" (Ap 15, 4).
San Agustín dedicó a este salmo un largo y apasionado comentario en sus Exposiciones
sobre los Salmos, transformándolo en un canto de Cristo y del cristiano.
La traducción latina, en el versículo 2, de acuerdo con la versión griega
de los Setenta, en vez de "fiel" usa el término "santo":
"protege mi vida, pues soy santo". En realidad, sólo Cristo es
santo, pero -explica san Agustín- también el cristiano se puede aplicar a sí
mismo estas palabras: "Soy santo, porque tú me has santificado;
porque lo he recibido (este título), no porque lo tuviera; porque tú me lo
has dado, no porque yo me lo haya merecido". Por tanto, "diga todo
cristiano, o mejor, diga todo el cuerpo de Cristo; clame por doquier, mientras
sufre las tribulaciones, las diversas tentaciones, los innumerables escándalos:
"protege mi vida, pues soy santo; salva a tu siervo que confía en
ti". Este santo no es soberbio, porque espera en el Señor" (Esposizioni
sui Salmi, vol. II, Roma 1970, p. 1251).
5. El cristiano santo se abre a la universalidad de la Iglesia y ora con
el salmista: "Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu
presencia, Señor" (Sal 85, 9). Y san Agustín comenta:
"Todos los pueblos en el único Señor son un solo pueblo y forman una
unidad. Del mismo modo que existen la Iglesia y las Iglesias, y las Iglesias
son la Iglesia, así ese "pueblo" es lo mismo que los pueblos. Antes
eran pueblos varios, gentes numerosas; ahora forman un solo pueblo. ¿Por qué
un solo pueblo? Porque hay una sola fe, una sola esperanza, una sola caridad,
una sola espera. En definitiva, ¿por qué no debería haber un solo pueblo,
si es una sola la patria? La patria es el cielo; la patria es Jerusalén. Y
este pueblo se extiende de oriente a occidente, desde el norte hasta el sur,
en las cuatro partes del mundo" (ib., p. 1269).
Desde esta perspectiva universal, nuestra oración litúrgica se transforma en
un himno de alabanza y un canto de gloria al Señor en nombre de todas las
criaturas.
Saludos
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. En especial a los
sacerdotes de Valencia que celebran sus bodas de oro, a los religiosos
mercedarios, así como a la Federación española de comunidades de regantes.
También a los miembros de la Universidad de Concepción, de Entre Ríos. A
todos gracias por vuestra presencia y atención.
(A los fieles de la diócesis de Breda, Países Bajos) Habéis venido a
Roma, con ocasión del 150° aniversario de la erección de vuestra diócesis,
para encontraros con el Sucesor de Pedro. Vuestra peregrinación al centro de la
cristiandad tiene por tema: "La fe de nuestro bautismo". Ojalá
que estas jornadas junto a las tumbas de los Apóstoles susciten en cada uno de
vosotros la conciencia clara del valor inestimable de la fe, que muchos mártires
han testimoniado hasta el derramamiento de su sangre. Os exhorto a orar
incesantemente por las vocaciones sacerdotales, a fin de que vuestras parroquias
sigan siendo lugares privilegiados en los que los fieles reciban el don de la
salvación, a través del servicio indispensable del ministro ordenado.
(En lengua checa dijo a la "Familia salesiana de San Juan Bosco") En este año que he dedicado al santo rosario exhorto a todos los fieles a
redescubrir, a través de esta noble plegaria, la comunión con la Virgen María.
Finalmente me dirijo a los jóvenes, a los enfermos y a los recién
casados. Hoy la liturgia nos recuerda a un sacerdote franciscano, san Juan
de Capistrano, que trabajó con gran empeño por la salvación de las almas. Que
su glorioso testimonio evangélico os sostenga a vosotros, queridos jóvenes,
en el compromiso de la fidelidad diaria a Cristo; a vosotros, queridos enfermos,
os anime a seguir siempre a Jesús en el camino de la prueba y del
sufrimiento; y a vosotros, queridos recién casados, os ayude a hacer que
vuestra familia sea lugar de encuentro vivo con el amor de Dios y de los
hermanos.
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