Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles
Miércoles 5 de junio de 2002
Un cántico en honor de la creación y de la redención
1. El Lauda Ierusalem, que acabamos de proclamar,
es frecuente en la liturgia cristiana. A menudo se entona el salmo 147 refiriéndolo
a la palabra de Dios, que "corre veloz" sobre la faz de la tierra,
pero también a la Eucaristía, verdadera "flor de harina" otorgada
por Dios para "saciar" el hambre del hombre (cf. vv. 14-15).
Orígenes, en una de sus homilías, traducidas y difundidas en Occidente por
san Jerónimo, comentando este salmo, relacionaba precisamente la palabra de
Dios y la Eucaristía: "Leemos las sagradas Escrituras. Pienso que
el evangelio es el cuerpo de Cristo; pienso que las sagradas Escrituras son su
enseñanza. Y cuando dice: el que no coma mi carne y no beba mi
sangre (Jn 6, 53), aunque estas palabras se puedan entender como
referidas también al Misterio (eucarístico), sin embargo, el cuerpo de
Cristo y su sangre es verdaderamente la palabra de la Escritura, es la enseñanza
de Dios. Cuando acudimos al Misterio (eucarístico), si se nos cae una partícula,
nos sentimos perdidos. Y cuando escuchamos la palabra de Dios, y se derrama en
nuestros oídos la palabra de Dios, la carne de Cristo y su sangre, y nosotros
pensamos en otra cosa, ¿no caemos en un gran peligro?" (74 omelie sul
libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 543-544).
Los estudiosos ponen de relieve que este salmo está vinculado al anterior,
constituyendo una única composición, como sucede precisamente en el original
hebreo. En efecto, se trata de un único cántico, coherente, en honor de la
creación y de la redención realizadas por el Señor. Comienza con una alegre
invitación a la alabanza: "Alabad al Señor, que la música es
buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa" (Sal 146, 1).
2. Si fijamos nuestra atención en el pasaje que acabamos de escuchar,
podemos descubrir tres momentos de alabanza, introducidos por una invitación
dirigida a la ciudad santa, Jerusalén, para que glorifique y alabe a su Señor
(cf. Sal 147, 12).
En el primer momento (cf. vv. 13-14) entra en escena la acción histórica de
Dios. Se describe mediante una serie de símbolos que representan la obra de
protección y ayuda realizada por el Señor con respecto a la ciudad de Sión
y a sus hijos. Ante todo se hace referencia a los "cerrojos" que
refuerzan y hacen inviolables las puertas de Jerusalén. Tal vez el salmista
se refiere a Nehemías, que fortificó la ciudad santa, reconstruida después
de la experiencia amarga del destierro en Babilonia (cf. Ne 3, 3. 6. 13-15;
4, 1-9; 6, 15-16; 12, 27-43). La puerta, por lo demás, es un signo para
indicar toda la ciudad con su solidez y tranquilidad. En su interior,
representado como un seno seguro, los hijos de Sión, o sea los ciudadanos,
gozan de paz y serenidad, envueltos en el manto protector de la bendición
divina.
La imagen de la ciudad alegre y tranquila queda destacada por el don altísimo
y precioso de la paz, que hace seguros sus confines. Pero precisamente porque
para la Biblia la paz (shalôm) no es un concepto negativo, es decir, la
ausencia de guerra, sino un dato positivo de bienestar y prosperidad, el
salmista introduce la saciedad con la "flor de harina", o sea, con
el trigo excelente, con las espigas colmadas de granos. Así pues, el Señor
ha reforzado las defensas de Jerusalén (cf. Sal 87, 2); ha derramado
sobre ella su bendición (cf. Sal 128, 5; 134, 3), extendiéndola a
todo el país; ha dado la paz (cf. Sal 122, 6-8); y ha saciado a sus
hijos (cf. Sal 132, 15).
3. En la segunda parte del salmo (cf. Sal 147, 15-18), Dios se
presenta sobre todo como creador. En efecto, dos veces se vincula la obra
creadora a la Palabra que había dado inicio al ser: "Dijo Dios:
"haya luz", y hubo luz. (...) Envía su palabra a la tierra. (...)
Envía su palabra" (cf. Gn 1, 3; Sal 147, 15. 18).
Con la Palabra divina irrumpen y se abren dos estaciones fundamentales. Por un
lado, la orden del Señor hace que descienda sobre la tierra el invierno,
representado de forma pintoresca por la nieve blanca como lana, por la
escarcha como ceniza, por el granizo comparado a migas de pan y por el frío
que congela las aguas (cf. vv. 16-17). Por otro, una segunda orden divina hace
soplar el viento caliente que trae el verano y derrite el hielo: así,
las aguas de lluvia y de los torrentes pueden correr libres para regar la
tierra y fecundarla.
En efecto, la Palabra de Dios está en el origen del frío y del calor, del
ciclo de las estaciones y del fluir de la vida en la naturaleza. La humanidad
es invitada a reconocer al Creador y a darle gracias por el don fundamental
del universo, que la rodea, le permite respirar, la alimenta y la sostiene.
4. Entonces se pasa al tercer momento, el último, de nuestro himno de
alabanza (cf. vv. 19-20). Se vuelve al Señor de la historia, del que se había
partido. La Palabra divina trae a Israel un don aún más elevado y valioso,
el de la Ley, la Revelación. Se trata de un don específico: "Con
ninguna nación obró así ni les dio a conocer sus mandatos" (v. 20).
Por consiguiente, la Biblia es el tesoro del pueblo elegido, al que debe
acudir con amor y adhesión fiel. Es lo que dice Moisés a los judíos
en el Deuteronomio: "¿Cuál es la gran nación cuyos
preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo
hoy?" (Dt 4, 8).
5. Del mismo modo que hay dos acciones gloriosas de Dios, la creación y
la historia, así existen dos revelaciones: una inscrita en la
naturaleza misma y abierta a todos; y la otra dada al pueblo elegido, que la
deberá testimoniar y comunicar a la humanidad entera, y que se halla
contenida en la sagrada Escritura. Aunque son dos revelaciones distintas, Dios
es único, como es única su Palabra. Todo ha sido hecho por medio de la
Palabra -dirá el Prólogo del evangelio de san Juan- y sin ella no se ha
hecho nada de cuanto existe. Sin embargo, la Palabra también se hizo
"carne", es decir, entró en la historia y puso su morada entre
nosotros (cf. Jn 1, 3. 14).
Saludos
Saludo con afecto a los visitantes de lengua española, en
particular a los peregrinos venidos de España y de México. Invito a todos a
glorificar y alabar siempre a Dios por el don generoso y maravilloso de la
creación. Muchas gracias.
(A los fieles lituanos, en particular al coro parroquial "Salve"
de Elektrenai) Con las palabras del salmo hemos alabado hoy a Dios, que
protege y da paz a su Iglesia, la nueva Jerusalén. Con esta certeza
perseverad y sed fieles en todo a la verdad del Evangelio. Os acompañe la
bendición del Señor.
(En checo) Consagrémonos a él. Jesús, manso y humilde de Corazón,
transforma nuestro corazón y enséñanos a amar a Dios y al prójimo con
generosidad.
(En eslovaco) Queridos peregrinos: el viernes
próximo celebraremos la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús, que es,
al mismo tiempo, la jornada mundial de oración por la santificación de los
sacerdotes. Orad por vuestros pastores, para que sean sacerdotes según el
Corazón de Jesús.
(A los fieles croatas) La celebración de la
liturgia de las Horas es la oración de los hijos con el Hijo y en el Hijo. En
ella la variedad de las voces se funde en un coro armonioso y en el corazón
de Cristo se hace oración grata al Padre.
(En italiano)
Pasado mañana celebraremos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que
nos recuerda el misterio del amor de Dios a los hombres de todos los tiempos.
Queridísimos jóvenes aquí presentes, os saludo con afecto:
preparaos en la escuela del Corazón de Cristo a afrontar con confianza los
deberes que os esperan. Os doy las gracias, queridísimos enfermos, por
la ayuda espiritual que proporcionáis al pueblo cristiano al aceptar la
voluntad de Dios, en fecunda unión con el sacrificio salvífico del
Crucificado. A vosotros, queridos recién casados, os deseo gran
felicidad en vuestro camino de la vida, fieles al amor de Dios, del que
vuestro amor esponsal debe ser siempre testimonio elocuente.
|