Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 13 de marzo de 2002

 

Dios renueva los prodigios de su amor 

1. La liturgia, al poner en las Laudes de una mañana el salmo 76, que acabamos de proclamar, quiere recordarnos que el inicio de la jornada no siempre es luminoso. Como llegan días tenebrosos, en los que el cielo se cubre de nubes y amenaza tempestad, así en nuestra vida hay días densos de lágrimas y temor. Por eso, ya al amanecer, la oración se convierte en lamento, súplica e invocación de ayuda.

Nuestro salmo es, precisamente, una imploración que se eleva a Dios con insistencia, profundamente impregnada de confianza, más aún, de certeza en la intervención divina. En efecto, para el salmista el Señor no es un emperador impasible, reiterado en sus cielos luminosos, indiferente a nuestras vicisitudes. De esta impresión, que a veces nos embarga el corazón, surgen interrogantes tan amargos que constituyen una dura prueba para nuestra fe:  "¿Está Dios desmintiendo su amor y su elección? ¿Ha olvidado el pasado, cuando nos sostenía y hacía felices?". Como veremos, esas preguntas serán disipadas por una renovada confianza en Dios, redentor y salvador.

2. Así pues, sigamos el desarrollo de esta oración, que comienza con un tono dramático, en medio de la angustia, y luego, poco a poco, se abre a la serenidad y a la esperanza. Encontramos, ante todo, la lamentación sobre el presente triste y sobre el silencio de Dios (cf. vv. 2-11). Un grito pidiendo ayuda se eleva a un cielo aparentemente mudo; las manos se alzan en señal de súplica; el corazón desfallece por la desolación. En la noche insomne, entre lágrimas y plegarias, un canto "vuelve al corazón", como dice el versículo 7, un estribillo triste resuena continuamente en lo más íntimo del alma.

Cuando el dolor llega al colmo y se quisiera alejar el cáliz del sufrimiento (cf. Mt 26, 39), las palabras explotan y se convierten en pregunta lacerante, como ya se decía antes (cf. Sal 76, 8-11). Este grito interpela el misterio de Dios y de su silencio.

3. El salmista se pregunta por qué el Señor lo rechaza, por qué ha cambiado su rostro y su modo de actuar, olvidando su amor, la promesa de salvación y la ternura misericordiosa. "La diestra del Altísimo", que había realizado los prodigios salvíficos del Éxodo, parece ya paralizada (cf. v. 11). Y se trata de un auténtico "tormento", que pone a dura prueba la fe del orante.

Si así fuese, Dios sería irreconocible, actuaría como un ser cruel, o sería una presencia como la de los ídolos, que no saben salvar porque son incapaces, indiferentes e impotentes. En estos versículos de la primera parte del salmo 76 se percibe todo el drama de la fe en el tiempo de la prueba y del silencio de Dios.

4. Pero hay motivos de esperanza. Es lo que se puede comprobar en la segunda parte de la súplica (cf. vv. 12-21), que se asemeja a un himno destinado a volver a proponer la confirmación valiente de la propia fe incluso en el día tenebroso del dolor. Se canta el pasado de salvación, que tuvo su epifanía de luz en la creación y en la liberación de la esclavitud de Egipto. El presente amargo es iluminado por la experiencia salvífica pasada, que constituye una semilla sembrada en la historia:  no está muerta, sino sólo sepultada, para brotar más tarde (cf. Jn 12, 24).

Luego, el salmista recurre a un concepto bíblico importante:  el del "memorial", que no es sólo una vaga memoria consoladora, sino certeza de una acción divina que no fallará nunca:  "Recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos" (Sal 76, 12). Profesar la fe en las obras de salvación del pasado lleva a la fe en lo que es el Señor constantemente y, por tanto, también en el tiempo presente. "Dios mío, tus caminos son santos:  (...) Tú eres el Dios que realiza maravillas" (vv. 14-15). Así el presente, que parecía un callejón sin salida y sin luz, queda iluminado por la fe en Dios y abierto a la esperanza.

5. Para sostener esta fe, el salmista probablemente cita un himno más antiguo, que tal vez se cantaba en la liturgia del templo de Sión (cf. vv. 17-20). Es una clamorosa teofanía, en la que el Señor entra en escena en la historia, trastornando la naturaleza y en particular las aguas, símbolo del caos, del mal y del sufrimiento. Es bellísima la imagen de Dios caminando sobre las aguas, signo de su triunfo sobre las fuerzas del mal:  "Tú te abriste camino por las aguas, un vado por las aguas caudalosas, y no quedaba rastro de tus huellas" (v. 20). Y el pensamiento se dirige a Cristo que camina sobre las aguas, símbolo elocuente de su victoria sobre el mal (cf. Jn 6, 16-20).

Al final, recordando que Dios guió "como un rebaño" a su pueblo "por la mano de Moisés y de Aarón" (Sal 76, 21), el Salmo lleva implícitamente a una certeza:  Dios volverá a conducir hacia la salvación. Su mano poderosa e invisible estará con nosotros a través de la mano visible de los pastores y de los guías que él ha constituido. El Salmo, que se abre con un grito de dolor, suscita al final sentimientos de fe y esperanza en el gran Pastor de nuestras almas (cf. Hb 13, 20; 1 P 2, 25).


Saludos 
 
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a las damas y caballeros de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza. Ante la proximidad de la celebración de la Pascua, invito a todos a prepararse interiormente para renovar el propio bautismo, que nos inunda con la luz de Dios, al incorporarnos en Cristo a la vida de la gracia divina. Gracias por vuestra atención.



(A los fieles que llevaban la "Antorcha benedictina" de la paz)
 Como signo simbólico de paz, esta antorcha se detiene hoy en las tumbas de los Apóstoles y continuará luego hacia Nursia. Queridísimos hermanos, ojalá que esta iniciativa suscite en todos un generoso empeño de solidaridad y de paz. 


Mi pensamiento va, finalmente, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados.
El camino cuaresmal que estamos recorriendo, os lleve, queridos jóvenes, a la madurez de la fe en Cristo; aumente en vosotros, queridos enfermos, la esperanza en Cristo crucificado, que siempre nos sostiene en la prueba; y a vosotros, queridos recién casados, os ayude a hacer de vuestra vida en familia una misión de amor fiel y generoso.


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El Santo Padre saludó en especial a un grupo que representaba a los líderes religiosos de las tres religiones monoteístas presentes en Tierra Santa, que acaban de reunirse en Alejandría y de publicar una declaración conjunta. 

Doy una cordial bienvenida al grupo que representa a los líderes religiosos de las tres religiones monoteístas presentes en Tierra Santa, que recientemente se reunieron $\en Alejandría y publicaron la Primera declaración de Alejandría de los líderes religiosos de Tierra Santa. A todos nos entristecen las noticias diarias de violencia y muerte en Israel y en los Territorios palestinos. Nuestra misión de hombres y mujeres religiosos nos impulsa a orar por la paz, a proclamar la paz y a hacer todo lo posible para contribuir a poner fin a ese derramamiento de sangre. Reitero la firme determinación de la Iglesia católica de trabajar por una paz justa. Que Dios todopoderoso bendiga vuestros esfuerzos por promover la reconciliación y la confianza en todo el amado pueblo de Tierra Santa.