Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles
Miércoles 6 de febrero de 2002
Deseo del templo de Dios
1. En una audiencia general de hace algún tiempo,
comentando el salmo anterior al que se acaba de cantar, dijimos que estaba íntimamente
unido al salmo sucesivo. En efecto, los salmos 41 y 42 constituyen un único
canto, marcado en tres partes por la misma antífona: "¿Por qué
te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás
a alabarlo: Salud de mi rostro, Dios mío" (Sal 41, 6. 12;
42, 5).
Estas palabras, en forma de soliloquio, expresan los sentimientos profundos
del salmista. Se encuentra lejos de Sión, punto de referencia de su
existencia por ser sede privilegiada de la presencia divina y del culto de los
fieles. Por eso, siente una soledad hecha de incomprensión e incluso de
agresión por parte de los impíos, y agravada por el aislamiento y el
silencio de Dios. Sin embargo, el salmista reacciona contra la tristeza con
una invitación a la confianza, que se dirige a sí mismo, y con una hermosa
afirmación de esperanza: espera poder seguir alabando a
Dios, "salud de mi rostro".
En el salmo 42, en vez de hablar sólo consigo mismo como en el salmo
anterior, el salmista se dirige a Dios y le suplica que lo defienda contra los
adversarios. Repitiendo casi literalmente la invocación anunciada en el salmo
anterior (cf. Sal 41, 10), el orante dirige esta vez efectivamente a
Dios su grito desolado: "¿Por qué me rechazas? ¿Por qué voy
andando sombrío, hostigado por mi enemigo?" (Sal 42, 2).
2. Con todo, siente ya que el paréntesis oscuro de la lejanía está a
punto de cerrarse y expresa la certeza del regreso a Sión para volver al
templo de Dios. La ciudad santa ya no es la patria perdida, como acontecía en
el lamento del salmo anterior (cf. Sal 41, 3-4); ahora es la meta
alegre, hacia la cual está en camino. La guía del regreso a Sión será la
"verdad" de Dios y su "luz" (cf. Sal 42, 3). El Señor
mismo será el fin último del viaje. Es invocado como juez y defensor (cf.
vv. 1-2). Tres verbos marcan su intervención implorada: "Hazme
justicia", "defiende mi causa" y "sálvame" (v. 1).
Son como tres estrellas de esperanza, que resplandecen en el cielo tenebroso
de la prueba y anuncian la inminente aurora de la salvación.
Es significativa la interpretación que san Ambrosio hace de esta experiencia
del salmista, aplicándola a Jesús que ora en Getsemaní: "No
quiero que te sorprendas de que el profeta diga que su alma estaba turbada,
puesto que el mismo Señor Jesús dijo: "Ahora mi alma está
turbada". En efecto, quien tomó sobre sí nuestras debilidades, tomó
también nuestra sensibilidad, por efecto de la cual estaba triste hasta la
muerte, pero no por la muerte. No habría podido provocar tristeza una muerte
voluntaria, de la que dependía la felicidad de todos los hombres. (...) Por
tanto, estaba triste hasta la muerte, a la espera de que la gracia llegara a
cumplirse. Lo demuestra su mismo testimonio, cuando dice de su muerte:
"Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta
que se cumpla!"" (Las Lamentaciones de Job y de David, VII,
28, Roma 1980, p. 233).
3. Ahora, en la continuación del salmo 42, ante los ojos del salmista
está a punto de aparecer la solución tan anhelada: el regreso al
manantial de la vida y de la comunión con Dios. La "verdad", o sea,
la fidelidad amorosa del Señor, y la "luz", es decir, la revelación
de su benevolencia, se representan como mensajeras que Dios mismo enviará del
cielo para tomar de la mano al fiel y llevarlo a la meta deseada (cf. Sal
42, 3).
Es muy elocuente la secuencia de las etapas de acercamiento a Sión y a su
centro espiritual. Primero aparece "el monte santo", la colina
donde se levantan el templo y la ciudadela de David. Luego entra en el campo
"la morada", es decir, el santuario de Sión, con todos los diversos
espacios y edificios que lo componen. Por último, viene "el altar de
Dios", la sede de los sacrificios y del culto oficial de todo el pueblo.
La meta última y decisiva es el Dios de la alegría, el abrazo, la intimidad
recuperada con él, antes lejano y silencioso.
4. En ese momento todo se transforma en canto, alegría y fiesta (cf. v.
4). En el original hebraico se habla del "Dios que es alegría de mi júbilo".
Se trata de un modo semítico de hablar para expresar el superlativo: el
salmista quiere subrayar que el Señor es la fuente de toda felicidad, la
alegría suprema, la plenitud de la paz.
La traducción griega de los Setenta recurrió, al parecer, a un término
arameo equivalente, que indica la juventud, y tradujo: "al Dios que
alegra mi juventud", introduciendo así la idea de la lozanía y la
intensidad de la alegría que da el Señor. Por eso, el Salterio latino de la
Vulgata, que es traducción del griego, dice: "ad Deum qui
laetificat juventutem meam". De esta forma el salmo se rezaba al pie del
altar, en la anterior liturgia eucarística, como invocación de introducción
al encuentro con el Señor.
5. El lamento inicial de la antífona de los salmos 41-42 resuena
por última vez al final (cf. Sal 42, 5). El orante no ha llegado aún
al templo de Dios; todavía se halla en la oscuridad de la prueba; pero ya
brilla ante sus ojos la luz del encuentro futuro, y sus labios ya gustan el
tono del canto de alegría. En este momento la llamada está más marcada por
la esperanza. En efecto, san Agustín, comentando nuestro salmo, observa:
"Espera en Dios, responderá a su alma aquel que por ella está
turbado. (...) Mientras tanto, vive en la esperanza. La esperanza que se ve
no es esperanza; pero, si esperamos lo que no vemos, por la paciencia
esperamos (cf. Rm 8, 24-25)" (Exposición sobre los salmos I,
Roma 1982, p. 1019).
Entonces el Salmo se transforma en la oración del que es peregrino en
la tierra y se halla aún en contacto con el mal y el sufrimiento, pero tiene
la certeza de que la meta de la historia no es un abismo de muerte, sino el
encuentro salvífico con Dios. Esta certeza es aún más fuerte para los
cristianos, a los que la carta a los Hebreos proclama: "Vosotros os
habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo,
a la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne y
asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios,
juez universal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su
consumación, y a Jesús, mediador de la nueva Alianza, y
a la aspersión purificadora de una sangre
que habla mejor que la de Abel" (Hb 12,
22-24).
Saludos
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta
audiencia. De modo particular a las autoridades académicas de la Universidad
católica de Murcia, con mons. Manuel Ureña, obispo de Cartagena, y mons.
Javier Azagra, obispo emérito; a los representantes del Consejo regulador del
"Jamón de Teruel", acompañados de mons. Antonio Algora, a los
sacerdotes de Jaén y Murcia, y al grupo de "Amigos de Madre
Esperanza", de Santomera. También al grupo de "Dansaires del Penedés"
y a los alumnos de la Escuela "Sant Antoni" de Terrassa, así como
al grupo de esgrima del Jockey Club de Argentina.
(A los muchachos de la Acción católica de la diócesis italiana de San
Benedetto del Tronto-Ripatransone-Montalto) Queridísimos hermanos, os
agradezco vuestra presencia tan numerosa y os animo a seguir con generosa
fidelidad a Jesús y su Evangelio, para ser cristianos auténticos en la
familia, en la escuela y en cualquier otro ambiente en el que os encontréis.
Deseo, asimismo, dirigir mi pensamiento a los demás jóvenes, a los enfermos
y a los recién casados. Celebramos hoy la memoria litúrgica de
san Pablo Miki y compañeros, mártires japoneses.
Que el valor de estos fieles testigos de Cristo os ayude, queridos jóvenes,
a abrir el corazón al heroísmo de la santidad. A vosotros, queridos enfermos,
os sostenga en el ofrecimiento del don precioso de la oración y del
sufrimiento por toda la Iglesia. Y a vosotros, queridos recién casados, os
dé la fuerza para hacer de vuestras familias un lugar donde se vivan los
valores cristianos.
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