Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles
Miércoles 16 de enero de 2002
El deseo del Señor y de su templo
1. Una cierva sedienta, con la garganta
seca, lanza su lamento ante el desierto árido, anhelando las frescas aguas de
un arroyo. Con esta célebre imagen comienza el salmo 41, que nos acaban de
cantar. En ella podemos ver casi el símbolo de la profunda espiritualidad de
esta composición, auténtica joya de fe y poesía. En realidad, según los
estudiosos del Salterio, nuestro salmo se debe unir estrechamente al sucesivo,
el 42, del que se separó cuando los salmos fueron ordenados para formar el
libro de oración del pueblo de Dios. En efecto, ambos salmos, además de
estar unidos por su tema y su desarrollo, contienen la misma antífona:
"¿Por qué te acongojas, alma mía?, ¿por qué te me turbas? Espera en
Dios, que volverás a alabarlo: Salud de mi rostro, Dios mío" (Sal
41, 6. 12; 42, 5). Este llamamiento, repetido dos veces en nuestro salmo,
y una tercera vez en el salmo sucesivo, es una invitación que el orante se
hace a sí mismo a evitar la melancolía por medio de la confianza en Dios,
que con seguridad se manifestará de nuevo como Salvador.
2. Pero volvamos a la imagen inicial del salmo, que convendría meditar
con el fondo musical del canto gregoriano o de esa gran composición polifónica
que es el Sicut cervus de Pierluigi de Palestrina. En efecto, la cierva
sedienta es el símbolo del orante que tiende con todo su ser, cuerpo y espíritu,
hacia el Señor, al que siente lejano pero a la vez necesario: "Mi
alma tiene sed de Dios, del Dios vivo" (Sal 41, 3). En hebraico
una sola palabra, nefesh, indica a la vez el "alma" y la
"garganta". Por eso, podemos decir que el alma y el cuerpo del
orante están implicados en el deseo primario, espontáneo, sustancial de Dios
(cf. Sal 62, 2). No es de extrañar que una larga tradición describa
la oración como "respiración": es originaria, necesaria,
fundamental como el aliento vital.
Orígenes, gran autor cristiano del siglo III, explicaba que la búsqueda de
Dios por parte del hombre es una empresa que nunca termina, porque siempre son
posibles y necesarios nuevos progresos. En una de sus homilías sobre el libro
de los Números, escribe: "Los que recorren el camino de la
búsqueda de la sabiduría de Dios no construyen casas estables, sino tiendas
de campaña, porque realizan un viaje continuo, progresando siempre, y cuanto
más progresan tanto más se abre ante ellos el camino, proyectándose un
horizonte que se pierde en la inmensidad" (Homilía XVII in Numeros,
GCS VII, 159-160).
3. Tratemos ahora de intuir la trama de esta súplica, que podríamos
imaginar compuesta de tres actos, dos de los cuales se hallan en nuestro
salmo, mientras el último se abrirá en el salmo sucesivo, el 42, que
comentaremos seguidamente. La primera escena (cf. Sal 41, 2-6) expresa
la profunda nostalgia suscitada por el recuerdo de un pasado feliz a causa de
las hermosas celebraciones litúrgicas ya inaccesibles: "Recuerdo
otros tiempos, y desahogo mi alma conmigo: cómo marchaba a la cabeza
del grupo hacia la casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el
bullicio de la fiesta" (v. 5).
"La casa de Dios", con su liturgia, es el templo de Jerusalén que
el fiel frecuentaba en otro tiempo, pero es también la sed de intimidad con
Dios, "manantial de aguas vivas", como canta Jeremías (Jr 2,
13). Ahora la única agua que aflora a sus pupilas es la de las lágrimas (cf.
Sal 41, 4) por la lejanía de la fuente de la vida. La oración festiva
de entonces, elevada al Señor durante el culto en el templo, ha sido
sustituida ahora por el llanto, el lamento y la imploración.
4. Por desgracia, un presente triste se opone a aquel pasado alegre y
sereno. El salmista se encuentra ahora lejos de Sión: el horizonte de
su entorno es el de Galilea, la región septentrional de Tierra Santa, como
sugiere la mención de las fuentes del Jordán, de la cima del Hermón, de la
que brota este río, y de otro monte, desconocido para nosotros, el Misar (cf.
v. 7). Por tanto, nos encontramos más o menos en el área en que se hallan
las cataratas del Jordán, las pequeñas cascadas con las que se inicia el
recorrido de este río que atraviesa toda la Tierra prometida. Sin embargo,
estas aguas no quitan la sed como las de Sión. A los ojos del salmista, más
bien, son semejantes a las aguas caóticas del diluvio, que lo destruyen todo.
Las siente caer sobre él como un torrente impetuoso que aniquila la vida:
"tus torrentes y tus olas me han arrollado" (v. 8). En efecto, en la
Biblia el caos y el mal, e incluso el juicio divino, se suelen representar
como un diluvio que engendra destrucción y muerte (cf. Gn 6, 5-8; Sal
68, 2-3).
5. Esta irrupción es definida sucesivamente en su valor simbólico:
son los malvados, los adversarios del orante, tal vez también los paganos que
habitan en esa región remota donde el fiel está relegado. Desprecian al
justo y se burlan de su fe, preguntándole irónicamente: "¿Dónde
está tu Dios?" (v. 11; cf. v. 4). Y él lanza a Dios su angustiosa
pregunta: "¿Por qué me olvidas?" (v. 10). Ese "¿por qué?"
dirigido al Señor, que parece ausente en el día de la prueba, es típico de
las súplicas bíblicas.
Frente a estos labios secos que gritan, frente a esta alma atormentada, frente
a este rostro que está a punto de ser arrollado por un mar de fango, ¿podrá
Dios quedar en silencio? Ciertamente, no. Por eso, el orante se anima de nuevo
a la esperanza (cf. vv. 6 y 12). El tercer acto, que se halla en el salmo
sucesivo, el 42, será una confiada invocación dirigida a Dios (cf. Sal
42, 1. 2a. 3a. 4b) y usará expresiones alegres y llenas de
gratitud: "Me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría,
de mi júbilo".
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua
española, en particular a los feligreses de las parroquias de San Bartolomé,
San José Obrero y San Francisco, de Murcia. Invito a todos a persistir en la
oración, afianzando así la fe y avanzando por los caminos del Señor.
Gracias por vuestra atención.
(En italiano)
Dirijo un cordial saludo a los peregrinos de lengua italiana. En particular,
saludo a los directivos de sociedades y empresas que sostienen
"L'Osservatore Romano", que están aquí presentes junto con sus
familiares. Queridísimos hermanos, os doy las gracias por la generosa
disponibilidad con que os esforzáis por lograr que el mensaje evangélico, la
voz del Sucesor de Pedro y el magisterio de la Iglesia llegue al mayor número
posible de creyentes. Que Dios haga fecunda vuestra colaboración.
Saludo también a los representantes de la "Casa Pío XII" de
Pozzuoli y deseo que cada uno de vosotros continúe con renovado impulso el
servicio de amor a los más necesitados, siguiendo el ejemplo luminoso de san
Vicente de Paúl.
Mi pensamiento va asimismo a los jóvenes, a los enfermos y a
los recién casados. La fiesta del Bautismo del Señor, que celebramos
el domingo pasado, evoque en vosotros, queridos jóvenes, el recuerdo
de vuestro bautismo y os sirva de estímulo para testimoniar con alegría la
fe en Cristo; para vosotros, queridos enfermos, constituya un consuelo
en el sufrimiento; y a vosotros, queridos recién casados, os ayude a
profundizar y testimoniar valientemente la fe para transmitirla luego con
fidelidad a vuestros hijos. A todos imparto mi bendición.
|