Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles
Miércoles 16 de mayo de 2001
Peregrinación jubilar tras las huellas de san Pablo
1. Hace una semana concluyó mi peregrinación tras
las huellas de san Pablo, que me llevó a Grecia, Siria y Malta. Me alegra
hoy reflexionar juntamente con vosotros sobre este acontecimiento, que
constituye la última parte del itinerario jubilar a través de los
principales lugares de la historia de la salvación. Doy las gracias a todos
los que me han acompañado con su oración en esta inolvidable "vuelta a
las fuentes", para beber en ellas la lozanía de la experiencia cristiana
primitiva.
Renuevo los sentimientos de cordial agradecimiento al presidente de la República
de Grecia, señor Kostas Stephanopoulos, por haberme invitado a visitar el país.
Expreso mi gratitud al presidente de la República Árabe Siria, señor Bashàr
Al-Assad, y al presidente de la República de Malta, señor Guido Di Marco,
que me acogieron tan amablemente en Damasco y La Valletta.
Por doquier he testimoniado a las Iglesias ortodoxas el afecto y la
estima de la Iglesia católica, con el deseo de que la memoria de las culpas
pasadas contra la comunión sea plenamente purificada y dé paso a la
reconciliación y a la fraternidad. Además, he reafirmado la sincera apertura
con la que la Iglesia se dirige a los creyentes del islam, a los que nos une
la adoración del único Dios.
Considero una gracia particular el haber podido encontrarme, sobre todo en sus
campos de misión, con los obispos católicos de Grecia, Siria y Malta,
así como con los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y numerosos
fieles laicos. Tras las huellas de san Pablo, el Sucesor de Pedro ha podido
confortar y alentar a esas comunidades, exhortándolas a la fidelidad y, al
mismo tiempo, a la apertura y a la caridad fraterna.
2. En el Areópago de Atenas han resonado nuevamente las palabras
del célebre discurso de san Pablo que recogen los Hechos de los Apóstoles.
Se leyeron en griego y en inglés, y esto fue de por sí muy
sugestivo, pues en la cuenca del Mediterráneo, al inicio del primer milenio,
la lengua que más se hablaba era la griega, como hoy podría considerarse
globalmente la lengua inglesa. La "buena nueva" de Cristo, Revelador
de Dios y Salvador del mundo ayer, hoy y siempre, está destinada a todos los
hombres y mujeres de la tierra, según su mandato explícito.
En este inicio del tercer milenio, el Areópago de Atenas, en cierto sentido,
se ha convertido en "el areópago del mundo", desde el que el
mensaje cristiano de la salvación se vuelve a proponer a todos los que buscan
a Dios y están dispuestos a acoger su inagotable misterio de verdad y amor.
En particular, mediante la lectura de la Declaración común que, al
final de un encuentro fraterno, firmé juntamente con Su Beatitud Cristódulos,
arzobispo de Atenas y de toda Grecia, dirigimos a todos los pueblos del continente
europeo un llamamiento a no olvidar sus raíces cristianas.
El discurso de san Pablo en el Areópago constituye un modelo de inculturación
y, como tal, conserva intacta su actualidad. Por eso, lo volví a proponer en
la celebración eucarística con la comunidad católica en Grecia,
recordando el admirable ejemplo de los santos hermanos Cirilo y Metodio,
originarios de Salónica, los cuales, inspirándose con fidelidad y
creatividad en ese modelo, difundieron con empeño el Evangelio entre los
pueblos eslavos.
3. Después de Grecia, me dirigí a Siria, donde, en el camino
de Damasco, Cristo resucitado se apareció a Saulo de Tarso, transformándolo
de feroz perseguidor en apóstol incansable del Evangelio. Fue una vuelta a
los orígenes, como sucedió con respecto a Abraham, una vuelta a la llamada,
a la vocación. Esto es lo que yo pensaba al visitar el Memorial de
San Pablo. La historia de Dios con los hombres parte siempre de una
llamada, que invita a dejarse a sí mismos y las propias seguridades, para
encaminarse hacia una nueva tierra, fiándose de Aquel que llama. Así les
sucedió a Abraham, Moisés, María, Pedro, y a los demás Apóstoles.
Y lo mismo aconteció a Pablo.
Siria es hoy un país cuyos habitantes son en su mayoría musulmanes, que
creen en un solo Dios y tratan de someterse a él, a ejemplo de Abraham, al
que de buen grado se refieren (cf. Nostra aetate, 3). El diálogo
interreligioso con el islam resulta cada vez más importante y necesario,
al inicio del tercer milenio. En este sentido fue realmente estimulante la
cordial acogida que me dispensaron las autoridades civiles y el gran muftí,
el cual me acompañó en la histórica visita a la gran mezquita de
los Omeyas, donde se encuentra el Memorial de san Juan Bautista,
muy venerado también por los musulmanes.
En Damasco mi peregrinación asumió sobre todo un fuerte carácter ecuménico,
especialmente gracias a la visita que tuve la alegría de realizar, en las
respectivas catedrales, a Su Beatitud Ignace IV, patriarca greco-ortodoxo, y a
Su Santidad Mar Ignace Zakka I, patriarca siro-ortodoxo. Seguidamente, en la
histórica catedral greco-ortodoxa de la Dormición de la Virgen María,
celebramos un solemne encuentro de oración. Con íntima emoción vi
cumplirse así uno de los objetivos principales de la peregrinación jubilar,
es decir, "reunirnos en los lugares de nuestro origen común, para
testimoniar a Cristo que es uno (cf. Ut unum sint, 23) y confirmar el
compromiso mutuo hacia el restablecimiento de la plena comunión" (Carta
sobre la peregrinación a los lugares vinculados a la historia de la salvación,
11).
4. En Siria no pude por menos de dirigir a Dios una súplica especial
por la paz en Oriente Próximo, impulsado, entre otras razones,
lamentablemente, por la dramática situación actual, que está resultando
cada vez más preocupante. Me dirigí a las Alturas del Golán, en la iglesia
de Quneitra, semidestruida por la guerra, y allí elevé mi súplica. En
cierto sentido, mi espíritu se quedó allí, y mi oración continúa y no
cesará hasta que la venganza dé paso a la reconciliación y al
reconocimiento de los derechos recíprocos.
Esta esperanza se funda en la fe. Es la esperanza que confié a los jóvenes
de Siria, con quienes tuve la alegría de encontrarme precisamente la
tarde anterior a mi partida de Damasco. Llevo en el corazón el calor de su
saludo, y pido al Dios de la paz que los jóvenes cristianos, musulmanes y judíos,
crezcan juntos como hijos del único Dios.
5. La última etapa de mi peregrinación tras las huellas de san Pablo
fue la isla de Malta, donde el Apóstol pasó tres meses, después
del naufragio de la nave que lo llevaba preso a Roma (cf. Hch
27, 39 28, 10). Por segunda vez, también yo experimenté la
cordial acogida de los malteses, y tuve la dicha de proclamar beatos a
dos hijos de su pueblo -don Jorge Preca, fundador de la Sociedad de la
Doctrina Cristiana, e Ignacio Falzon, laico catequista- juntamente con sor María
Adeodata Pisani, religiosa benedictina.
Una vez más he querido señalar el camino de la santidad como camino
real para los creyentes del tercer milenio. En el vasto océano de la
historia, la Iglesia no teme los desafíos y las asechanzas que encuentra en
su travesía, si mantiene con firmeza el timón en la ruta de la santidad,
hacia la que la ha dirigido el gran jubileo del año 2000 (cf. Novo
millennio ineunte, 30).
Que así sea para todos, también gracias a la intercesión de María, a la
que recurrimos constantemente durante este mes de mayo, consagrado a ella. Que
la Virgen ayude a todo cristiano, a toda familia y comunidad, a proseguir con
renovado impulso su compromiso de fidelidad diaria al Evangelio.
Saludos
Doy una cordial bienvenida a los fieles de lengua española.
Os invito a fortalecer vuestra fe durante la estancia en Roma, para volver a
vuestras casas con el gozo de haber tenido un encuentro especial con
Cristo y llevando a vuestros hogares y comunidades el saludo del Papa.
(A los peregrinos eslovacos) En el mes de mayo os invito a ir a la
escuela de la Virgen de Nazaret para aprender a amar a Dios y al prójimo, y a
estar siempre disponibles para realizar la voluntad de Dios. Con el deseo de
que consigáis esta devoción mariana, de buen grado os bendigo.
(A los peregrinos croatas) Los cristianos están
llamados a conformar su estilo de vida al misterio pascual que celebran y a
ser siempre y en todas partes, con valentía evangélica, mensajeros y
promotores de esperanza, sobre todo en los momentos de dificultades
especiales.
(En italiano)
Saludo, también, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién
casados. Estamos a mediados de mayo, mes dedicado a la Virgen. María, que
en el Cenáculo esperó con los Apóstoles la venida del Espíritu, os ayude,
queridos jóvenes, a acoger con prontitud la misión que Dios os confía.
Que la santísima Virgen os sostenga, queridos enfermos, para que aceptéis
vuestros sufrimientos unidos a Cristo. Que la Madre de Jesús interceda por
vosotros, queridos recién casados, a fin de que vuestra familia sea
una auténtica iglesia doméstica, animada por la luz y el amor del Espíritu
Santo.
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