Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 9 de agosto 2000

 

El encuentro decisivo con Cristo Palabra encarnada

1. En nuestras reflexiones anteriores hemos seguido los pasos de la humanidad en su encuentro con Dios, que la creó y salió a su camino para buscarla. Hoy meditaremos en el encuentro supremo entre Dios y el hombre, el que se celebra en Jesucristo, la Palabra divina que se encarna y pone su morada en medio de nosotros (cf. Jn 1, 14). Como afirmaba en el siglo II san Ireneo, obispo de Lyon, la revelación definitiva de Dios se realizó "cuando el Verbo se hizo hombre, haciéndose semejante al hombre y haciendo al hombre semejante a sí mismo, para que, a través de la semejanza con el Hijo, el hombre llegara a ser precioso ante el Padre" (Adversus haereses V, 16, 2). Este abrazo íntimo entre divinidad y humanidad, que san Bernardo compara con el "beso" del que habla el Cantar de los cantares (cf. Sermones super Cantica canticorum II), se extiende desde la persona de Cristo hasta aquellos a quienes él llega. Ese encuentro de amor manifiesta varias dimensiones que ahora trataremos de ilustrar.

2. Es un encuentro que se realiza en la vida diaria, en el tiempo y en el espacio. Es sugestivo, a este respecto, el pasaje del evangelio de san Juan que acabamos de leer (cf. Jn 1, 35-42). En él hallamos una indicación cronológica precisa de un día y una hora, una localidad y una casa donde residía Jesús. Hay hombres de vida sencilla a los que ese encuentro transforma, cambiándoles incluso el nombre. En efecto, cuando Cristo se cruza en la vida de una persona, trastorna su historia y sus proyectos. Cuando esos pescadores de Galilea se encontraron con Jesús a la orilla del lago y escucharon su llamada, "atracando a tierra las barcas, lo dejaron todo y le siguieron" (Lc 5, 11). Se trata de un cambio radical que no admite vacilaciones y que encamina por una senda llena de dificultades, pero muy liberadora:  "El que quiera  venir  en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16, 24).

3. Cuando Cristo se cruza en la vida de una persona, sacude su conciencia y lee en su corazón, como sucede con la samaritana, a la que dice "todo cuanto ha hecho" (cf. Jn 4, 29). Sobre todo suscita el arrepentimiento y el amor, como en el caso de Zaqueo, que da la mitad de sus bienes a los pobres y devuelve el cuádruplo de lo que había defraudado (cf. Lc 19, 8). Así acontece también a la pecadora arrepentida, a la que se le perdonan los pecados "porque ha amado mucho" (Lc 7, 47) y a la adúltera, a la que no juzga sino exhorta a llevar una nueva vida alejada del pecado (cf. Jn 8, 11). El encuentro con Jesús es como una regeneración:  da origen a la nueva criatura, capaz de un verdadero culto, que consiste en adorar al Padre "en espíritu y en verdad" (Jn 4, 23-24).

4. Encontrarse con Cristo en el sendero de la propia vida significa a menudo obtener una curación física. A sus discípulos Jesús les encomendará la misión de anunciar el reino de Dios, la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lc 24, 47), pero también curar a los enfermos, librar de todo mal, consolar y sostener. En efecto, los discípulos "predicaban a la gente que se convirtiera; expulsaban a muchos demonios y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban" (Mc 6, 12-13). Cristo vino para buscar, encontrar y salvar al hombre entero. Como condición para la salvación, Jesús exige la fe, con la que el hombre se abandona plenamente a Dios, que actúa en él. En efecto, a la hemorroísa que, como última esperanza, había tocado la orla de su manto, Jesucristo le dice:  "Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad" (Mc 5, 34).

5. La venida de Cristo a nosotros tiene como finalidad llevarnos al Padre. En efecto, "a Dios nadie lo ha visto jamás:  el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer" (Jn 1, 18). Esta revelación histórica, realizada por Jesús con gestos y palabras, nos toca profundamente a  través  de la acción interior del Padre (cf. Mt 16, 17; Jn 6, 44-45) y la iluminación del Espíritu Santo (cf. Jn 14, 26; 16, 13). Por eso, Jesús resucitado lo derrama como principio de perdón de los pecados (cf. Jn 20, 22-23) y manantial del amor divino en nosotros (cf. Rm 5, 5). Así se realiza una comunión trinitaria que comienza ya durante la existencia terrena y tiene como meta la plenitud de la visión, cuando "seremos semejantes a Dios, porque lo veremos tal cual es" (1 Jn 3, 2).

6. Ahora Cristo sigue caminando a nuestro lado por los senderos de la historia, cumpliendo su promesa:  "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). Está presente a través de su Palabra, "Palabra que llama, que invita, que interpela personalmente, como sucedió en el caso de los Apóstoles. Cuando la Palabra toca a una persona, nace la obediencia, es decir, la escucha que cambia la vida. Cada día (el fiel) se alimenta del pan de la Palabra. Privado de él, está como muerto, y ya no tiene nada que comunicar a sus hermanos, porque la Palabra es Cristo" (Orientale lumen, 10).

Cristo está presente, además, en la Eucaristía, fuente de amor, de unidad y de salvación. Resuenan constantemente en nuestras iglesias las palabras que él pronunció un día en la sinagoga de la localidad de Cafarnaúm, junto al lago de Tiberíades. Son palabras de esperanza y de vida:  "El que come mi carne y bebe mi  sangre, permanece  en mí, y yo en él" (Jn 6, 56). "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo  lo  resucitaré  el  último día" (Jn 6, 54).

Al final de la audiencia general el Romano Pontífice hizo el siguiente llamamiento en favor de la paz entre católicos y musulmanes en el archipiélago de las Molucas (Indonesia): 

Una vez más siento la necesidad de invitaros a orar para que cese la violencia que está azotando al archipiélago de las Molucas, en Indonesia.

Al mismo tiempo que encomendamos a la misericordia divina a las numerosísimas víctimas de esta tragedia, queremos manifestar nuestra intensa cercanía espiritual a cuantos sufren por la muerte de sus seres queridos, por la privación de los bienes necesarios para la existencia y por la destrucción de los lugares de culto. Muchos de ellos se han visto obligados a abandonar la tierra donde vivían y en la que tienen derecho a vivir, con dignidad y seguridad.

Supliquemos con fe al Señor para que, una vez restablecido el orden, vuelva a reinar pronto la armonía de otro tiempo, y cristianos y musulmanes logren convivir en paz.
Que la Virgen santísima, Madre de los que sufren, sostenga nuestras súplicas con su poderosa intercesión.

Antes de concluir la audiencia general en la plaza de San Pedro, Su Santidad condenó los atentados terroristas perpetrados en Rusia y España, invitó a la convivencia pacífica y ofreció oraciones por las víctimas. He aquí sus palabras: 

Ayer, en Moscú, en un paso subterráneo cerca del Kremlin, explotó una bomba en una hora punta que causó numerosos muertos y heridos. No puedo menos de expresar mi profunda deploración por este grave atentado, al mismo tiempo que aseguro mi solidaridad, que acompaño con la oración.

Análogos sentimientos quisiera expresar por las víctimas de los atentados que, por desgracia, prosiguen en España.

Deseo de corazón que cese toda forma de violencia, sembradora de luto y dolor, y que las personas se orienten hacia pensamientos de entendimiento y convivencia pacífica.


Saludos

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, especialmente a los diversos grupos parroquiales de España, así como a los fieles de México, Bolivia, Paraguay, Colombia y Argentina. En este Año Jubilar os animo a todos a descubrir a Cristo, siempre presente a través de su Palabra y de la Eucaristía, que es la fuente de amor, de unidad y de salvación.

(Peregrinos ucranianos)
Os agradezco vuestra visita, e imploro sobre vosotros y sobre vuestras beneméritas instituciones la continua asistencia divina.

(En italiano) 
Hoy la Iglesia celebra la fiesta de santa Benedicta de la Cruz, en el siglo Edith Stein, copatrona de Europa, monja carmelita, que murió en el campo de exterminio de Auschwitz.
Queridos jóvenes, os deseo que, como santa Edith Stein, confiéis siempre en Cristo, amigo fiel, siguiéndolo con corazón abierto, entusiasta y generoso.
Queridos enfermos, que esta santa carmelita os ayude a servir con valentía al Señor en el sufrimiento y la cruz.
Queridos recién casados, que santa Benedicta de la Cruz sostenga vuestra adhesión a la voluntad de Dios en todas las circunstancias.