Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles
Miércoles 24 de mayo 2000
1. El misterio de la Pascua de Cristo envuelve la
historia de la humanidad, pero al mismo tiempo la trasciende. Incluso el
pensamiento y el lenguaje humano pueden, de alguna manera, aferrar y comunicar
este misterio, pero no agotarlo. Por eso, el Nuevo Testamento, aunque habla de
"resurrección", como lo atestigua el antiguo Credo que san Pablo
mismo recibió y transmitió en la primera carta a los Corintios (cf. 1 Co 15,
3-5), recurre también a otra formulación para delinear el significado de la
Pascua. Sobre todo en san Juan y en san Pablo se presenta como exaltación
o glorificación del Crucificado. Así, para el cuarto evangelista, la
cruz de Cristo ya es el trono real, que se apoya en la tierra pero penetra en
los cielos. Cristo está sentado en él como Salvador y Señor de la historia.
En efecto, Jesús, en el evangelio de san Juan, exclama: "Yo,
cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn
12, 32; cf. 3, 14; 8, 28). San Pablo, en el himno insertado en la carta a los
Filipenses, después de describir la humillación profunda del Hijo de Dios en
la muerte en cruz, celebra así la Pascua: "Por lo cual Dios lo
exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre
de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor, para gloria de Dios
Padre" (Flp 2, 9-11).
2. La Ascensión de Cristo al cielo, narrada por san Lucas como
coronamiento de su evangelio y como inicio de su segunda obra, los Hechos de
los Apóstoles, se ha de entender bajo esta luz. Se trata de la última
aparición de Jesús, que "termina con la entrada irreversible de su
humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el cielo" (Catecismo
de la Iglesia católica, n. 659). El cielo es, por excelencia, el signo de
la trascendencia divina. Es la zona cósmica que está sobre el horizonte
terrestre, dentro del cual se desarrolla la existencia humana.
Cristo, después de recorrer los caminos de la historia y de entrar también
en la oscuridad de la muerte, frontera de nuestra finitud y salario del pecado
(cf. Rm 6, 23), vuelve a la gloria, que desde la eternidad (cf. Jn
17, 5) comparte con el Padre y con el Espíritu Santo. Y lleva consigo a la
humanidad redimida. En efecto, la carta a los Efesios afirma:
"Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, (...)
nos vivificó juntamente con Cristo (...) y nos hizo sentar en los cielos con
Cristo Jesús" (Ef 2, 4-6). Esto vale, ante todo, para la Madre de
Jesús, María, cuya Asunción es primicia de nuestra ascensión a la gloria.
3. Frente al Cristo glorioso de la Ascensión nos detenemos a contemplar
la presencia de toda la Trinidad. Es sabido que el arte cristiano, en la así
llamada Trinitas in cruce ha representado muchas veces a Cristo
crucificado sobre el que se inclina el Padre en una especie de abrazo,
mientras entre los dos vuela la paloma, símbolo del Espíritu Santo (así,
por ejemplo, Masaccio en la iglesia de Santa María Novella, en Florencia). De
ese modo, la cruz es un símbolo unitivo que enlaza la
unidad y la divinidad, la muerte y la vida, el sufrimiento y la gloria.
De forma análoga, se puede vislumbrar la presencia de las tres personas
divinas en la escena de la Ascensión. San Lucas, en la página final del
Evangelio, antes de presentar al Resucitado que, como sacerdote de la nueva
Alianza, bendice a sus discípulos y se aleja de la tierra para ser llevado a
la gloria del cielo (cf. Lc 24, 50-52), recuerda el discurso de
despedida dirigido a los Apóstoles. En él aparece, ante todo, el designio de
salvación del Padre, que en las Escrituras había anunciado la muerte
y la resurrección del Hijo, fuente de perdón y de liberación (cf. Lc
24, 45-47).
4. Pero en esas mismas palabras del Resucitado se entrevé también el Espíritu
Santo, cuya presencia será fuente de fuerza y de testimonio apostólico:
"Voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte,
permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo
alto" (Lc 24, 49). En el evangelio de san Juan el Paráclito es
prometido por Cristo, mientras que para san Lucas el don del Espíritu también
forma parte de una promesa del Padre mismo.
Por eso, la Trinidad entera se halla presente en el momento en que comienza el
tiempo de la Iglesia. Es lo que reafirma san Lucas también en el segundo
relato de la Ascensión de Cristo, el de los Hechos de los Apóstoles. En
efecto, Jesús exhorta a los discípulos a "aguardar la Promesa del
Padre", es decir, "ser bautizados en el Espíritu Santo", en
Pentecostés, ya inminente (cf. Hch 1, 4-5).
5. Así pues, la Ascensión es una epifanía trinitaria, que indica la
meta hacia la que se dirige la flecha de la historia personal y universal.
Aunque nuestro cuerpo mortal pasa por la disolución en el polvo de la tierra,
todo nuestro yo redimido está orientado hacia las alturas y hacia Dios,
siguiendo a Cristo como guía.
Sostenidos por esta gozosa certeza, nos dirigimos al misterio de Dios Padre,
Hijo y Espíritu Santo, que se revela en la cruz gloriosa del Resucitado, con
la invocación, impregnada de adoración, de la beata Isabel de la Trinidad:
"¡Oh Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme completamente
de mí para establecerme en ti, inmóvil y quieta, como si mi alma estuviese
ya en la eternidad...! Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada
predilecta y el lugar de tu descanso... ¡Oh mis Tres, mi todo, mi
Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad en la que me pierdo, yo me
abandono a ti..., a la espera de poder contemplar a tu luz el abismo de tu
grandeza!" (Elevación a la Santísima Trinidad, 21 de noviembre
de 1904).
Saludos
Deseo saludar a los peregrinos de lengua española, en
especial a las asociaciones y grupos parroquiales venidos de España, así
como a los peregrinos de México, Venezuela y Argentina. Os invito a seguir a
Cristo en el misterio de su Ascensión y así llegar con él a la gloria de la
santísima Trinidad. Muchas gracias.
(En checo) En el mes de mayo, dedicado a la Virgen María, os invito
a todos a intensificar la oración y la devoción a la Madre de Dios.
Encomendad a sus cuidados maternos el camino de la Iglesia en vuestra patria,
así como el camino de toda la Iglesia universal.
(En eslovaco) A ejemplo del apóstol san Juan, también vosotros
acoged a María en vuestra casa (cf. Jn 19, 27) y dejadle espacio en
vuestra vida diaria.
(A los croatas) Vuestras tierras croatas poseen una rica herencia
cristiana, con numerosos ejemplos de fidelidad a Cristo y de santidad desde
los primeros siglos hasta nuestros días. Esta herencia, debidamente valorada
y respetada, puede ser un firme punto de apoyo para cuantos en el actual marco
histórico, dóciles al Espíritu Santo, están comprometidos en la labor de
impregnar su ambiente con el Evangelio, para bien de toda persona y de la
sociedad entera.
Saludo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién
casados. Hoy es la fiesta de la Virgen venerada con el título de María
Auxiliadora.
Que María os ayude a vosotros, queridos jóvenes, a fortalecer cada día
vuestra fidelidad a Cristo. Os obtenga consuelo y serenidad a vosotros,
queridos enfermos. A vosotros, queridos recién casados, os
exhorto a traducir a la vida diaria el mandamiento del amor.
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