1. Al final del relato de la muerte de Cristo, el
Evangelio hace resonar la voz del centurión romano, que anticipa la profesión
de fe de la Iglesia: "Verdaderamente este hombre era Hijo de
Dios" (Mc 15, 39). En las últimas horas de la existencia terrena de
Jesús se actúa en las tinieblas la suprema epifanía trinitaria. En efecto, el
relato evangélico de la pasión y muerte de Cristo registra, aun en el abismo
del dolor, la permanencia de su relación íntima con el Padre celestial.
Todo comienza durante la tarde de la última cena en la tranquilidad del Cenáculo,
donde, sin embargo, ya se cernía la sombra de la traición. Juan nos ha
conservado los discursos de despedida que subrayan estupendamente el vínculo
profundo y la recíproca inmanencia entre Jesús y el Padre: "Si me
conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. (...) Quien me ha visto a mí,
ha visto al Padre. (...) Lo que yo os digo, no lo digo por cuenta propia. El
Padre que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en
el Padre y el Padre en mí" (Jn 14, 7. 9-11).
Al decir esto, Jesús citaba las palabras que había pronunciado poco antes,
cuando declaró de modo lapidario: "Yo y el Padre somos uno. (...) El
Padre está en mí y yo en el Padre" (Jn 10, 30. 38). Y en la
oración que corona los discursos del Cenáculo, dirigiéndose al Padre en la
contemplación de su gloria, reafirma: "Padre santo, cuida en tu
nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros" (Jn
17, 11). Con esta confianza absoluta en el Padre, Jesús se dispone a cumplir su
acto supremo de amor (cf. Jn 13, 1).
2. En la Pasión, el vínculo que lo une al Padre se manifiesta de modo
particularmente intenso y, al mismo tiempo, dramático. El Hijo de Dios vive
plenamente su humanidad, penetrando en la oscuridad del sufrimiento y de la
muerte que pertenecen a nuestra condición humana. En Getsemaní, durante una
oración semejante a una lucha, a una "agonía", Jesús se dirige al
Padre con el apelativo arameo de la intimidad filial: "¡Abbá,
Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo
quiero, sino lo que quieras tú" (Mc 14, 36).
Poco después, cuando se desencadena contra él la hostilidad de los hombres,
recuerda a Pedro que esa hora de las tinieblas forma parte de un designio divino
del Padre: "¿Piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría
al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Mas, ¿cómo se
cumplirían las Escrituras de que así debe suceder?" (Mt 26,
53-54).
3. También el diálogo procesal con el sumo sacerdote se transforma en una
revelación de la gloria mesiánica y divina que envuelve al Hijo de Dios:
«El sumo sacerdote le dijo: "Te conjuro por Dios vivo a que me digas
si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios". Díjole Jesús: "Tú
lo has dicho. Y yo os digo que a partir de ahora veréis al hijo del hombre
sentado a la diestra del Poder y viniendo sobre las nubes del cielo"»
(Mt 26, 63-64).
Cuando fue crucificado, los espectadores le recordaron sarcásticamente esta
proclamación: «Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es
que de verdad le quiere; ya que dijo: "Soy Hijo de Dios"» (Mt
27, 43). Pero para esa hora se le había reservado el silencio del Padre, a fin
de que se solidarizara plenamente con los pecadores y los redimiera. Como enseña
el Catecismo de la Iglesia católica: «Jesús no conoció la
reprobación como si él mismo hubiese pecado. Pero, en el amor redentor que le
unía siempre al Padre, nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios»
(n. 603).
4. En realidad, en la cruz Jesús sigue manteniendo su diálogo íntimo con
el Padre, viviéndolo con toda su humanidad herida y sufriente, sin perder jamás
la actitud confiada del Hijo que es "uno" con el Padre. En efecto, por
un lado está el silencio misterioso del Padre, acompañado por la oscuridad cósmica
y subrayado por el grito: «"¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?".
Que quiere decir: "¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has
abandonado?"» (Mt 27, 46).
Por otro, el Salmo 22, aquí citado por Jesús, termina con un himno al
Señor soberano del mundo y de la historia; y este aspecto se manifiesta en el
relato de Lucas, según el cual las últimas palabras de Cristo moribundo son
una luminosa cita del Salmo con la añadidura de la invocación al Padre:
"Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46; cf. Sal
31, 6).
5. También el Espíritu Santo participa en este diálogo constante entre
el Padre y el Hijo. Nos lo dice la carta a los Hebreos, cuando describe con una
fórmula en cierto modo trinitaria la ofrenda sacrificial de Cristo, declarando
que «por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios» (Hb
9, 14). En efecto, en su pasión, Cristo abrió plenamente su ser humano
angustiado a la acción del Espíritu Santo, y este le dio el impulso
necesario para hacer de su muerte una ofrenda perfecta al Padre.
Por su parte, el cuarto evangelio relaciona estrechamente el don del Paráclito
con la "ida" de Jesús, es decir, con su pasión y su muerte, cuando
cita estas palabras del Salvador: «Pero yo os digo la verdad: Os
conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito;
pero si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7). Después de la muerte de Jesús
en la cruz, en el agua que brota de su costado herido (cf. Jn 19, 34),
es posible reconocer un símbolo del don del Espíritu (cf. Jn 7, 37-39).
El Padre, entonces, glorifica a su Hijo, dándole la capacidad de comunicar el
Espíritu a todos los hombres.
Elevemos nuestra contemplación a la Trinidad, que se revela también en el día
del dolor y de las tinieblas, releyendo las palabras del "testamento"
espiritual de santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein): «No nos
puede ayudar únicamente la actividad humana, sino la pasión de Cristo:
participar en ella es mi verdadero deseo. Acepto desde ahora la muerte que Dios
me ha reservado, en perfecta unión con su santa voluntad. Acoge, Señor, para
tu gloria y alabanza, mi vida y mi muerte por las intenciones de la Iglesia. Que
el Señor sea acogido entre los suyos, y venga a nosotros su Reino con gloria»
(La fuerza de la cruz).
Saludos
(A los holandeses y belgas)
El Señor nos invita a escuchar su palabra, a conocerla a fondo, y a compartir su camino. Que vuestra peregrinación a las tumbas de los Apóstoles os proporcione la experiencia de la presencia de Cristo resucitado en su Iglesia.
(A los checos)
El sábado celebraremos la fiesta de san Juan
Sarkander. Este sacerdote supo vivir del misterio pascual: el Salvador fue
para él fuerza incluso en el martirio. Ojalá que también vosotros saquéis
fuerza de la cruz de Cristo y de su resurrección.
(A los croatas)
Queridos hermanos y hermanas,
hay que anunciar el Evangelio al mundo contemporáneo sin cansarse y sin
componendas, conscientes de que es "poder de Dios para la salvación de
todo el que cree" (Rm 1, 16). Al mismo tiempo, para poder
responder plenamente a las exigencias de la nueva evangelización, es importante
que el actuar cotidiano de los bautizados esté imbuido de la unidad real entre
los fieles laicos y sus pastores.
(En español)
Deseo saludar a los numerosos peregrinos de
lengua española, en especial a los Capuchinos y a las religiosas del Instituto
pontificio "Regina Mundi". Saludo también a los feligreses del
Ordinariato militar español, y a diversas asociaciones y grupos parroquiales y
escolares de España, así como a los peregrinos de Argentina, Bolivia, Uruguay
y de otros países latinoamericanos. Aliento a todos a vivir como hombres nuevos
con la fuerza espiritual de Cristo resucitado. Muchas gracias.
(En polaco)
Dirijo un saludo cordial a los polacos presentes en
esta audiencia, en particular al cardenal Macharski, de Cracovia; a mons.
Zbigniew Kraszewski, de Varsovia; a mons. Roman Andrzejewski, de Wloclawek; a
los sacerdotes que han venido, juntamente con sus fieles, a la canonización de
sor Faustina; a las religiosas de la Bienaventurada Virgen María de la
Misericordia; a los miembros de "Solidaridad", que han participado,
encabezados por su presidente, dr. Marian Krzaklewski, en el jubileo del mundo
del trabajo en Roma; a los numerosos grupos parroquiales y de jóvenes; al grupo
de invidentes de Laski, cerca de Varsovia; a los coros de Sandomierz y de
Wyrzysk, al coro "Halka".
1. Nuestros pensamientos se dirigen hoy a la Madre de Dios, a la Reina de
Polonia, cuya fiesta se celebra precisamente el 3 de mayo. Con ocasión de esta
solemnidad del 3 de mayo, vienen a la memoria las palabras que el rey Juan
Casimiro pronunció ante la imagen de la Virgen de las Gracias, en la catedral
de Lvov, el 1 de abril de 1656: "Gran Madre de Dios-hombre, santísima
Virgen, yo, Juan Casimiro, rey por la misericordia de tu Hijo, Rey de reyes,
(...) rey postrado a tus santísimos pies, hoy te tomo como mi protectora y
reina de mis Estados". Con este histórico y solemne acto, el rey Juan
Casimiro puso todo nuestro país bajo la protección de la Madre de Dios.
El 3 de mayo es también el aniversario de la Constitución de 1791. Esta
coincidencia ha permitido que en el mismo día celebremos la fiesta religiosa y
la fiesta nacional.
No es lícito olvidar estos acontecimientos enraizados tan profundamente en la
historia de la nación. Han entrado con tanta fuerza en la conciencia de los
polacos, que su recuerdo ha superado todos los momentos más difíciles vividos
por la nación: el período de las reparticiones, que duró más de cien años;
el tiempo de dos guerras mundiales; las persecuciones; y los muchos años de
dominación del sistema comunista.
2. Hoy nuestros pensamientos se dirigen también a los santos mártires,
testigos de Cristo en los comienzos de nuestra historia: san Adalberto y
san Estanislao. El testimonio del martirio de san Adalberto, el testimonio de su
sangre, selló de modo particular el bautismo recibido por nuestros antepasados
hace mil años. Su martirio puso las bases del cristianismo en toda Polonia. San
Estanislao, patrono del orden moral, vela en cierto sentido por esta herencia.
Vela por lo que es más importante en la vida del cristiano y por los
fundamentos de nuestra patria. Vela por el orden moral en la vida de las
personas y de la sociedad. ¿Qué es este orden moral? Está relacionado con la
observancia de la ley, con la fidelidad a los mandamientos y a la conciencia
cristiana. Gracias a él podemos distinguir el bien del mal, y liberarnos de
diversas formas de esclavitud moral. Estos dos santos, Adalberto y Estanislao,
completan el tríptico de las fiestas patronales: la Madre de Dios, Reina
de Polonia, san Adalberto y san Estanislao.
3. El testimonio del martirio, dado hace mil años en nuestra tierra por el
obispo de Praga y por el obispo de Cracovia, perdura a lo largo de los siglos de
generación en generación, y produce frutos de santidad siempre nuevos. Uno de
estos frutos es también la canonización de sor Faustina Kowalska, que tuvo
lugar el domingo pasado. Esta sencilla religiosa recordó al mundo que Dios es
amor, que es rico en misericordia, y que su amor es más fuerte que la muerte, más
poderoso que el pecado y que cualquier mal. El amor levanta al hombre de las
mayores caídas y lo libra de los mayores peligros.
4. "No olvidemos las hazañas de Dios" (cf. Sal 78, 7),
exclama el salmista, admirado por la sabiduría y la bondad de Dios. Que esta
reflexión sea para nosotros motivo de aliento, a fin de conservar la gran
riqueza que encierra la historia de nuestra patria desde sus comienzos. Que se
transmita de generación en generación el recuerdo de las maravillas de Dios
que se realizaban y se realizan en nuestra tierra. No pertenecen sólo al
pasado. Son una fuente incesante de la fuerza de la nación en su camino de
fidelidad al Evangelio, en su camino hacia el futuro.
¡Alabado sea Jesucristo!
* * * * *
Me dirijo ahora con afecto a vosotros, queridos jóvenes, queridos enfermos
y queridos recién casados. Acabamos de comenzar el mes de mayo,
especialmente dedicado a la Virgen María.
Un saludo especial a vosotros, queridos jóvenes. Y entre los muchos que
estoy viendo aquí presentes saludo a los estudiantes de las escuelas medias
inferiores de la provincia de Tarento, que participan en el concurso
"Giubileo duemila", al grupo de estudiantes rusos de la escuela
"Alma Mater" de San Petersburgo, huéspedes de la Asociación cultural
"Mondo dell'Arte" de Roma, así como al grupo "Ragazzi per l'unità"
del movimiento de los Focolares, que se adhieren al proyecto "Percorrere il
Duemila lungo i sentieri dell'unità e della solidarietà". Queridos
muchachos y muchachas, amad cada vez más tiernamente a la Madre de Dios y Madre
nuestra, a fin de que sea cada vez más para vosotros modelo de fidelidad a
Cristo.
Queridos enfermos, os encomiendo a la Virgen, invocada con el título de
"Salud de los enfermos": que su materna protección os ayude a
superar con paciencia los momentos difíciles.
Y vosotros, queridos recién casados, aprended de María de Nazaret el
estilo de vida de la familia cristiana, caracterizado por un amor sincero y una
generosa docilidad a la Palabra de Dios.