En las fuentes y en el estuario de la
historia de la salvación
1. "Trinidad superesencial, infinitamente divina
y buena, custodia de la divina sabiduría de los cristianos, llévanos más allá
de toda luz y de todo lo desconocido hasta la cima más alta de las místicas
Escrituras, donde los misterios sencillos, absolutos e incorruptibles de la
teología se revelan en la tiniebla luminosa del silencio". Con esta
invocación de Dionisio el Areopagita, teólogo de Oriente (Teología mística
I, 1), comenzamos a recorrer un itinerario arduo pero fascinante en la
contemplación del misterio de Dios. Después de reflexionar, durante los años
pasados, sobre cada una de las tres personas divinas -el Hijo, el Espíritu
Santo y el Padre-, en este Año jubilar nos proponemos abarcar con una sola
mirada la gloria común de los Tres que son un solo Dios, "no una sola
persona, sino tres Personas en una sola naturaleza" (Prefacio de la
solemnidad de la santísima Trinidad). Esta opción corresponde a la
indicación de la carta apostólica Tertio millennio adveniente, la cual
pone como objetivo de la fase celebrativa del gran jubileo "la glorificación
de la Trinidad, de la que todo procede y a la que todo se dirige, en el mundo y
en la historia" (n. 55).
2. Inspirándonos en una imagen del libro del Apocalipsis (cf. Ap
22, 1), podríamos comparar este itinerario con el viaje de un peregrino por las
riberas del río de Dios, es decir, de su presencia y de su revelación en la
historia de los hombres.
Hoy, como síntesis ideal de este camino, reflexionaremos en los dos puntos
extremos de ese río: su manantial y su estuario, uniéndolos entre sí en
un solo horizonte. En efecto, la Trinidad divina está en el origen del ser y de
la historia, y se halla presente en su meta última. Constituye el inicio
y el fin de la historia de la salvación. Entre los dos extremos, el
jardín del Edén (cf. Gn 2) y el árbol de la vida de la Jerusalén
celestial (cf. Ap 22), se desarrolla una larga historia marcada por las
tinieblas y la luz, por el pecado y la gracia. El pecado nos alejó del
esplendor del paraíso de Dios; la redención nos lleva a la gloria de un nuevo
cielo y una nueva tierra, donde "no habrá ya muerte ni llanto ni gritos ni
fatigas" (Ap 21, 4).
3. La primera mirada sobre este horizonte nos la ofrece la página inicial
de la sagrada Escritura, que señala el momento en que la fuerza creadora de
Dios saca al mundo de la nada: "En el principio creó Dios los cielos
y la tierra" (Gn 1, 1). Esta mirada se profundiza en el Nuevo
Testamento, remontándose hasta el centro de la vida divina, cuando san Juan, al
inicio de su evangelio, proclama: "En el principio existía la
Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios" (Jn 1,
1). Antes de la creación y como fundamento de ella, la revelación nos hace
contemplar el misterio del único Dios en la trinidad de las personas: el
Padre y su Palabra, unidos en el Espíritu.
El autor bíblico que escribió la página de la creación no podía sospechar
la profundidad de este misterio. Mucho menos podía alcanzarlo la pura reflexión
filosófica, ya que la Trinidad está por encima de las posibilidades de nuestro
entendimiento, y sólo puede conocerse por revelación.
Y, sin embargo, este misterio que nos supera infinitamente es también la
realidad más cercana a nosotros, porque está en las fuentes de nuestro ser. En
efecto, en Dios "vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 28)
y a las tres personas divinas se aplica lo que san Agustín dice de Dios:
es "intimior intimo meo" (Conf. III, 6, 11). En lo más íntimo
de nuestro ser, donde ni siquiera nuestra mirada logra llegar, la gracia hace
presentes al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, un solo Dios en tres personas.
El misterio de la Trinidad, lejos de ser una árida verdad entregada al
entendimiento, es vida que nos habita y sostiene.
4. Esta vida trinitaria, que precede y funda la creación, es el punto de
partida de nuestra contemplación en este Año jubilar. Dios, misterio de los orígenes
de donde brota todo, se nos presenta como Aquel que es la plenitud del ser y
comunica el ser, como luz que "ilumina a todo hombre" (Jn 1,
9), como el Viviente y dador de vida. Y se nos presenta sobre todo como Amor,
según la hermosa definición de la primera carta de san Juan (cf. 1 Jn
4, 8). Es amor en su vida íntima, donde el dinamismo trinitario es precisamente
expresión del amor eterno con que el Padre engendra al Hijo y ambos se donan
recíprocamente en el Espíritu Santo. Es amor en la relación con el mundo, ya
que la libre decisión de sacarlo de la nada es fruto de este amor infinito que
se irradia en la esfera de la creación. Si los ojos de nuestro corazón,
iluminados por la revelación, se hacen suficientemente puros y penetrantes, serán
capaces de descubrir en la fe este misterio, en el que todo lo que existe tiene
su raíz y su fundamento.
5. Pero, como aludí al inicio, el misterio de la Trinidad está también
ante nosotros como la meta a la que tiende la historia, como la patria que
anhelamos. Nuestra reflexión trinitaria, siguiendo los diversos ámbitos de la
creación y de la historia, se orientará a esta meta, que el libro del
Apocalipsis con gran eficacia nos señala como culminación de la historia.
Esta es la segunda y última parte del río de Dios, al que
nos referimos antes. En la Jerusalén celestial el
origen y el fin se vuelven a unir. En efecto, Dios Padre se sienta en el
trono y dice: "Mira que hago nuevas todas las cosas" (Ap 21,
5). A su lado se encuentra el Cordero, es decir, Cristo, en su trono, con su
luz, con el libro de la vida, en el que se hallan escritos los nombres de los
redimidos (cf. Ap 21, 23. 27; 22, 1. 3). Y, al final, en
un diálogo dulce e intenso, el Espíritu ora en nosotros y juntamente con la
Iglesia, la esposa del Cordero, dice: "Ven, Señor Jesús"
(cf. Ap 22, 17. 20).
Para concluir este primer esbozo de nuestra larga peregrinación en el misterio
de Dios, volvamos a la oración de Dionisio el Areopagita, que nos recuerda la
necesidad de la contemplación: "Es en el silencio donde se aprenden
los secretos de esta tiniebla (...) que brilla con la luz más resplandeciente
(...). A pesar de ser perfectamente intangible e invisible, colma con
esplendores más bellos que la belleza las inteligencias que saben cerrar los
ojos" (Teología mística, I, 1).
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española; en particular
a los miembros de la Asociación de María Auxiliadora del Uruguay, así como a
los procedentes de España, México, Chile, Argentina y otros países
latinoamericanos. Os invito a que vuestra peregrinación a Roma en este Año
jubilar vaya acompañada también de un camino interior que os permita descubrir
la presencia de Dios en lo más profundo de vuestro ser. Muchas gracias.
Saludo también a los jóvenes, a los enfermos y a los recién
casados presentes. Ayer abrí la Puerta santa de la basílica de San Pablo
extramuros, ante una significativa representación de hermanos de otras Iglesias
y comunidades cristianas, en el día en que comenzaba la Semana anual de oración
por la unidad de los cristianos.
En este gran jubileo, en el que estamos invitados a dirigir al Padre con fe aún
más intensa la oración de Jesús: "Que sean uno como nosotros"
(Jn 17, 11), os exhorto, queridos jóvenes, a ser apóstoles de diálogo,
escucha y perdón; a vosotros, queridos enfermos, os pido que ofrezcáis
vuestros sufrimientos por la unidad de todos los creyentes en Cristo; y a
vosotros, queridos recién casados, os invito a ser artífices de comunión,
comenzando en vuestras familias.