Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 19 de mayo de 1999

   

El diálogo con las grandes religiones mundiales

1. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece un discurso de san Pablo a los atenienses, que resulta de gran actualidad para el areópago del pluralismo religioso de nuestro tiempo. Para presentar al Dios de Jesucristo, san Pablo toma como punto de partida la religiosidad de sus oyentes, con palabras de aprecio: «Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. En efecto, al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: "Al Dios desconocido". Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar» (Hch 17, 22-23).

En mi peregrinación espiritual y pastoral a través del mundo de hoy he expresado repetidamente la estima de la Iglesia por «cuanto hay de verdadero y santo» en las religiones de los pueblos. Siguiendo la línea del Concilio, he añadido que la verdad cristiana ayuda a «promover los bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que se encuentran en ellos» (Nostra aetate, 2). La paternidad universal de Dios, que se manifestó en Jesucristo, impulsa al diálogo también con las religiones que no provienen de la raíz de Abraham. Ese diálogo se presenta lleno de estímulos y desafíos si se piensa, por ejemplo, en las culturas asiáticas, profundamente impregnadas de espíritu religioso, o en las religiones tradicionales africanas, que constituyen para muchos pueblos una fuente de sabiduría y vida.

2. En el encuentro de la Iglesia con las religiones mundiales es necesario el discernimiento de su carácter específico, es decir, del modo como se acercan al misterio de Dios salvador, realidad definitiva de la vida humana. En efecto, toda religión se presenta como una búsqueda de salvación y propone itinerarios para alcanzarla (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 843). Uno de los presupuestos del diálogo es la certeza de que el hombre, creado a imagen de Dios, es también «lugar» privilegiado de su presencia salvífica.

La oración, como reconocimiento adorante de Dios, gratitud por sus dones y petición de ayuda, es camino especial de encuentro, sobre todo con aquellas religiones que, aun sin haber descubierto el misterio de la paternidad de Dios, «tienen, por decirlo así, extendidos sus brazos hacia el cielo» (Evangelii nuntiandi, 53). En cambio, resulta más difícil el diálogo con algunas corrientes de la religiosidad contemporánea, en las que a menudo la oración acaba por convertirse en una ampliación de la energía vital, que confunden con la salvación.

3. Son varias las formas y los niveles del diálogo del cristianismo con las demás religiones, comenzando por el diálogo de la vida, «en el que las personas se esfuerzan por vivir en un espíritu de apertura y de buena vecindad, compartiendo sus alegrías y penas, sus problemas y preocupaciones humanas» (Documento Diálogo y anuncio del Consejo pontificio para el diálogo interreligioso y la Congregación para la evangelización de los pueblos, 19 de mayo de 1991, n. 42: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 28 de junio de 1991, p. 11).

Especial importancia tiene el diálogo de las obras, entre las que cabe destacar la educación para la paz y el respeto del medio ambiente, la solidaridad con el mundo del sufrimiento y la promoción de la justicia social y del desarrollo integral de los pueblos. La caridad cristiana, que no conoce fronteras, valora el testimonio solidario de los miembros de otras religiones, alegrándose por el bien que realizan.

Está, luego, el diálogo teológico, en el que los expertos tratan de profundizar la comprensión de sus respectivos patrimonios religiosos y de apreciar sus valores espirituales. Sin embargo, los encuentros entre especialistas de diversas religiones no pueden limitarse a la búsqueda de un mínimo común denominador. Tienen como objetivo prestar un valiente servicio a la verdad, poniendo de relieve tanto áreas de convergencia como diferencias fundamentales, en un esfuerzo sincero por superar prejuicios y malentendidos.

4. También el diálogo de la experiencia religiosa está cobrando cada vez mayor importancia. El ejercicio de la contemplación responde a la inmensa sed de interioridad propia de las personas que realizan una búsqueda espiritual y ayuda a todos los creyentes a penetrar más hondamente en el misterio de Dios. Algunas prácticas procedentes de grandes religiones orientales ejercen gran atractivo sobre el hombre de hoy. Pero los cristianos deben aplicar un discernimiento espiritual, para no perder nunca de vista la concepción de la oración, tal como la ilustra la Biblia a lo largo de toda la historia de la salvación (cf. carta Orationis formas de la Congregación para la doctrina de la fe, sobre algunos aspectos de la meditación cristiana, 15 de octubre de 1989: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 24 de diciembre de 1989, pp. 6-8).

Este necesario discernimiento no impide el diálogo interreligioso. En realidad, desde hace varios años, los encuentros con los ambientes monásticos de otras religiones, caracterizados por una cordial amistad, abren caminos para compartir las riquezas espirituales «en lo que se refiere a la oración y la contemplación, la fe y las vías de la búsqueda de Dios y del Absoluto» (Diálogo y anuncio, 42). Con todo, nunca se ha de usar la mística como pretexto para favorecer el relativismo religioso, en nombre de una experiencia que reduzca el valor de la revelación de Dios en la historia. En calidad de discípulos de Cristo, sentimos la urgencia y la alegría de testimoniar que precisamente en él Dios se manifestó, como nos dice el evangelio de san Juan: «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1, 18).

Este testimonio se ha de dar sin ninguna reticencia, pero también con la convicción de que la acción de Cristo y de su Espíritu ya está misteriosamente presente en los que viven sinceramente su experiencia religiosa. Y junto con todos los hombres auténticamente religiosos la Iglesia realiza su peregrinación en la historia hacia la contemplación eterna de Dios en el esplendor de su gloria.


Saludos

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, de modo particular a las religiosas Hijas de María Madre de la Iglesia, a los miembros de la Hermandad de la Sangre de Cristo de Jaca, y a los demás grupos venidos de España, Argentina y otros países de América Latina. Invocando sobre todos vosotros y vuestras familias la acción renovadora del Espíritu Santo, os bendigo de corazón en la espera gozosa de Pentecostés.

(Al Colegio de defensa de la OTAN)
Desgraciadamente, hoy no reina la paz en los Balcanes y somos testigos diariamente del gran dolor de muchos hermanos y hermanas. Os exhorto a considerar claramente la necesidad de que todos trabajen por garantizar que el diálogo y las negociaciones logren poner fin a la violencia en esa zona.

(A los fieles lituanos)
En este último año de preparación al gran jubileo, os animo a continuar fielmente vuestro itinerario espiritual, buscando a Cristo y su verdad en el contexto de la vida de cada día. Os encomiendo a vosotros, vuestras familias y vuestra patria a la protección de María, Madre de Dios, y con afecto os bendigo a todos.

(En lengua croata)
La oración que Jesús dirigió al Padre, desde la cruz, pidiendo perdón para sus perseguidores (cf. Lc 23, 34), y la promesa que hizo a uno de los dos malhechores que como él estaban crucificados (cf. Lc 23, 39-43), manifiestan claramente que Dios ama al hombre "hasta el extremo" (cf. Jn 13, 1) y que su bondad no conoce límites. El amor que ha creado al hombre es el mismo que lo  salva: el hombre, que Dios ha creado a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26-27), se ha hecho en Cristo amigo de Dios para siempre.

(En italiano)
Me dirijo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados.

Estamos en la novena de Pentecostés y os invito, queridos jóvenes, a ser dóciles a la acción del Espíritu Santo, dado a los creyentes en los sacramentos del bautismo y de la confirmación. Os exhorto a vosotros, queridos enfermos, a que acojáis al Espíritu Consolador, a fin de que os asista en las dificultades y os ayude a transformar el sufrimiento en ofrenda grata a Dios para el bien de los hermanos. A vosotros, queridos recién casados, os deseo que la vida de vuestra familia esté siempre alimentada por el fuego del Espíritu, que es el Amor mismo de Dios.