Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 5 de mayo de 1999

1. Profundizando en el tema del diálogo interreligioso, reflexionemos hoy en el diálogo con los musulmanes, que «adoran con nosotros al Dios único y misericordioso» (Lumen gentium, 16; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 841). La Iglesia los mira con aprecio, convencida de que su fe en Dios trascendente contribuye a la construcción de una nueva familia humana, fundada en las más altas aspiraciones del corazón humano.

Como los judíos y los cristianos, también los musulmanes contemplan la figura de Abraham como un modelo de sumisión incondicional a los designios de Dios (cf. Nostra aetate, 3). Siguiendo el ejemplo de Abraham, los fieles se esfuerzan por reconocer en su vida el lugar que corresponde a Dios, origen, maestro, guía y fin último de todos los seres (cf. Consejo pontificio para el diálogo interreligioso, Mensaje a los musulmanes con ocasión del fin del Ramadán, 1997). Esta disponibilidad y apertura humana a la voluntad de Dios se traduce en una actitud de oración, que expresa la situación existencial de toda persona ante el Creador.

En la trayectoria de la sumisión de Abraham a la voluntad divina se encuentra su descendiente la Virgen María, Madre de Jesús, que, especialmente en la piedad popular, es invocada con devoción también por los musulmanes.

2. Con alegría los cristianos reconocemos los valores religiosos que tenemos en común con el islam. Quisiera hoy repetir lo que dije hace algunos años a los jóvenes musulmanes en Casablanca: «Creemos en el mismo Dios, el Dios único, el Dios vivo, el Dios que creó el mundo y que lleva a todas las criaturas a su propia perfección» (19 de agosto de 1985, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de septiembre de 1985, p. 14). El patrimonio de textos revelados de la Biblia afirma de modo unánime la unicidad de Dios. Jesús mismo la reafirma, haciendo suya la profesión de Israel: «El Señor, nuestro Dios, es el único Señor» (Mc 12, 29; cf. Dt 6, 4-5). Es la unicidad expresada también en estas palabras de alabanza que brotan del corazón del apóstol san Pablo: «Al Rey de los siglos, al Dios inmortal, invisible y único, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén» (1 Tm 1, 17).

Sabemos que, a la luz de la plena revelación en Cristo, esa unicidad misteriosa no se puede reducir a una unidad numérica. El misterio cristiano nos lleva a contemplar en la unidad sustancial de Dios a las personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: cada una posee la entera e indivisible sustancia divina, pero una es distinta de la otra en virtud de su relación recíproca.

3. Las relaciones no atenúan en lo más mínimo la unidad divina, como explica el IV concilio de Letrán, celebrado el año 1215: «Cualquiera de las tres personas es aquella realidad, es decir, la sustancia, esencia o naturaleza divina (...). Aquel ser ni engendra, ni es engendrado, ni procede» (DS 804). La doctrina cristiana sobre la Trinidad, reafirmada en los concilios, rechaza explícitamente cualquier «triteísmo» o «politeísmo». En este sentido, o sea, en referencia a la única sustancia divina, hay una significativa correspondencia entre cristianismo e islam.

Sin embargo, esa correspondencia no debe hacernos olvidar las diferencias que existen entre las dos religiones. En efecto, sabemos que la unidad de Dios se expresa en el misterio de las tres divinas personas, pues, dado que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8), Dios es desde siempre Padre que se dona enteramente engendrando al Hijo, unidos ambos en una comunión de amor que es el Espíritu Santo. Esta distinción y compenetración (pericóresis) de las tres personas divinas no se añade a su unidad, sino que es su expresión más profunda y caracterizante.

Por otra parte, no hay que olvidar que el monoteísmo trinitario típico del cristianismo sigue siendo un misterio inaccesible a la razón humana, la cual, sin embargo, está llamada a aceptar la revelación de la íntima naturaleza de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 237).

4. El diálogo interreligioso, que lleva a un conocimiento más profundo y a la estima recíproca, es un gran signo de esperanza (cf. Consejo pontificio para el diálogo interreligioso, Mensaje a los musulmanes con ocasión del fin del Ramadán, 1998). Las tradiciones cristiana y musulmana tienen una larga historia de estudio, reflexión filosófica y teológica, arte, literatura y ciencia, que ha dejado huellas en las culturas occidentales y orientales. La adoración del único Dios, Creador de todos, nos impulsa a intensificar en el futuro nuestro conocimiento recíproco.

En el mundo de hoy, marcado trágicamente por el olvido de Dios, cristianos y musulmanes están llamados a defender y promover siempre, con espíritu de amor, la dignidad humana, los valores morales y la libertad. La peregrinación común hacia la eternidad debe expresarse mediante la oración, el ayuno y la caridad, pero también con un compromiso solidario en favor de la paz y la justicia, la promoción humana y la protección del ambiente. Avanzando juntos por el camino de la reconciliación y renunciando, con humilde sumisión a la voluntad divina, a toda forma de violencia como medio para resolver las divergencias, las dos religiones podrán dar un signo de esperanza, haciendo que resplandezca en el mundo la sabiduría y la misericordia del único Dios, que creó y gobierna la familia humana.


Saludos

(En francés)
Queridos hermanos en el episcopado de la Iglesia armenia católica: En el momento en que celebráis en el Vaticano un sínodo dedicado a importantes cuestiones concernientes a la vida de vuestras comunidades, la Iglesia manifiesta su agradecimiento a vuestro pueblo por su testimonio de fidelidad a Cristo, y se alegra de la celebración del 1700° aniversario de la evangelización. Estáis llamados a un nuevo impulso apostólico con valentía, fe, entusiasmo y oración. Vuestro pueblo espera una palabra enérgica y gestos concretos que la confirmen. A Su Beatitud Jean-Pierre XVIII, patriarca de Cilicia de los armenios, y a todos los obispos, deseo un trabajo fructífero: invoco sobre ellos la ayuda del Espíritu Santo, para que dé fuerza y valor a la comunidad armenia católica en este importante período de su historia.

(En rumano)
Pasado mañana iré a Rumanía. Es la primera vez que voy a un país en el que los cristianos son en su mayoría ortodoxos. Envío desde ahora mi saludo a todos, feliz por realizar este viaje para confirmar los vínculos entre Rumanía y la Santa Sede, que tanto relieve han tenido para la historia del cristianismo en esa vasta región. Voy a visitaros en el nombre de Cristo en el umbral del tercer milenio. A los fieles de la Iglesia ortodoxa y de la Iglesia católica de Rumanía deseo alegría y paz en el Señor resucitado. Queridos rumanos, espero con alegría el momento de estar entre vosotros. Y a todos confirmo mi afecto y mi estima.

(En checo)
Mañana celebraremos la fiesta de san Juan Sarkander, sacerdote que supo vivir del misterio pascual. El Salvador fue para él fortaleza hasta el martirio. Ojalá que también vosotros saquéis siempre fuerza de la cruz de Cristo y de su resurrección.

(A los fieles eslovacos)
Roma y toda Italia viven en el clima de la beatificación del padre Pío de Pietrelcina. Que el ejemplo y el sacrificio de este celoso religioso os sirvan a vosotros de aliento y fuerza en la vida de cada día.

(A los peregrinos croatas)
Queridos hermanos y hermanas, en el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros (cf. Jn 1, 14), el Padre ha querido dar testimonio de manera visible de su cercanía a cada hombre, una cercanía que salva y que está llena de amor, mostrándole al mismo tiempo que iusu mandamiento es la vida eternalo (Jn 12, 50).

(En español)
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, de modo particular a los representantes de las poblaciones españolas de San Fulgencio (Alicante) y Blanca (Murcia), hermanadas respectivamente con las ciudades italianas de Sermoneta y Angullara. Extiendo también mi cordial saludo a los grupos venidos de México, Venezuela, Chile, Uruguay, y de los demás países de América Latina. Sobre todos vosotros y vuestras familias invoco la abundancia de la gracia divina y os bendigo de corazón.

(En italiano)
Saludo también a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados y los invito a renovar, en este mes de mayo que acaba de iniciar, su devoción a la Virgen.

A vosotros, queridos jóvenes, os deseo que conozcáis más profundamente a María, entrando en intimidad con ella para acogerla como Madre espiritual y modelo de fidelidad a Cristo.

A vosotros, queridos enfermos, os encomiendo a la «Salus infirmorum»: que su cercanía os ayude a vivir con amor paciente también las horas difíciles de la enfermedad y de la prueba.

Vosotros, queridos recién casados, aprended de la Virgen de Nazaret el estilo evangélico de la familia, caracterizado por su humilde docilidad a la palabra de Dios y al amor recíproco, fiel y sincero. 

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Llamamiento por el derecho a la vida

Durante estos días, en la sede de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York, se está celebrando una importante reunión sobre la aplicación de las decisiones tomadas en la Conferencia de El Cairo del año 1994.

En esa ocasión, la Santa Sede insistió en la primacía de la persona humana, que debe ocupar el centro de todo programa de desarrollo. Eso conlleva que la solución de los problemas relacionados con el crecimiento de la población debe respetar la dignidad de todo ser humano y, al mismo tiempo, promover sus derechos fundamentales, el primero de todos el derecho a la vida. A esto se debe añadir el derecho a la salud y a la educación, implicando a la familia en su insustituible papel de promotora de valores humanos, espirituales y morales. A cinco años de la Conferencia internacional sobre población y desarrollo, es necesario que los gobiernos renueven sus compromisos hechos por escrito para asegurar un desarrollo humano auténtico y duradero.