Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 10 de febrero de 1999

   

1. Tengo aún muy profundamente grabadas las impresiones que suscitó en mí la reciente peregrinación apostólica a México y Estados Unidos, sobre la que deseo reflexionar hoy.

Surge espontánea en mi alma la acción de gracias al Señor: en su providencia, quiso que volviera a América, exactamente veinte años después de mi primer viaje internacional, para concluir ante la Virgen de Guadalupe la Asamblea especial para América del Sínodo de los obispos, que tuvo lugar en el Vaticano a fines de 1997. Como hice con respecto a la Asamblea para África y haré luego también con respecto a las asambleas para Asia, Oceanía y Europa, recogí los análisis y las proposiciones del Sínodo para América en una exhortación apostólica titulada «Ecclesia in America», que entregué oficialmente a sus destinatarios en la ciudad de México.

Deseo renovar hoy mi más viva gratitud a todos los que contribuyeron a la realización de esta peregrinación. Ante todo, doy las gracias a los señores presidentes de México y Estados Unidos, que, con gran cortesía, me brindaron su bienvenida; a los arzobispos de la ciudad de México y de San Luis, y a los demás venerados hermanos en el episcopado, que me acogieron con afecto. Asimismo, expreso mi agradecimiento a los sacerdotes, a los religiosos y las religiosas, al igual que a los innumerables hermanos y hermanas que con tanta fe y fervor me acompañaron durante esos días de gracia. Vivimos juntos la experiencia conmovedora de un «encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad».

2. Puse los frutos del primer Sínodo panamericano de la historia a los pies de Santa María de Guadalupe, bajo cuya maternal protección se ha llevado a cabo la evangelización del nuevo mundo. Precisamente ella es hoy invocada como la Estrella de su nueva evangelización. Por eso, he establecido que el día litúrgico dedicado a ella, el 12 de diciembre, sea también fiesta para todo el continente americano.

Siguiendo el ejemplo de la Virgen María, la Iglesia en América acogió la buena nueva del Evangelio y, en el decurso de casi cinco siglos, ha engendrado a muchos pueblos para la fe. Ahora —como decía el lema de la visita a México: «Nace un milenio. Reafirmamos la fe»—, las comunidades cristianas del norte, del centro, del sur y del Caribe están llamadas a renovarse en la fe, para poner en práctica una solidaridad cada vez mayor. Están invitadas a colaborar en proyectos pastorales coordinados, de manera que cada una aporte sus propias riquezas espirituales y materiales al compromiso común.

Este espíritu de cooperación es indispensable, naturalmente, también en el ámbito civil, y por eso necesita bases éticas comunes, como subrayé en el encuentro con el Cuerpo diplomático en México.

3. Los cristianos son «el alma» y «la luz» del mundo. Recordé esta verdad a la inmensa multitud que se reunió para la celebración eucarística dominical en el autódromo de la capital mexicana. A todos, especialmente a los jóvenes, dirigí el llamamiento contenido en el gran jubileo: convertirse y seguir a Cristo. Los mexicanos respondieron con su inconfundible entusiasmo a la invitación del Papa, y en sus rostros, con su fe ardiente, con su adhesión convencida al evangelio de la vida, reconocí una vez más signos consoladores de esperanza para el gran continente americano.

Constaté esos signos también en el encuentro con el mundo del sufrimiento, donde el amor y la solidaridad humana saben hacer presente en la debilidad la fuerza y la solicitud de Cristo resucitado.

En la ciudad de México, el estadio Azteca, famoso por memorables competiciones deportivas, fue sede de un momento extraordinario de oración y fiesta con los representantes de todas las generaciones del siglo XX, desde los más ancianos hasta los más jóvenes: un admirable testimonio de cómo la fe logra unir a las generaciones y sabe responder a los desafíos de cada etapa de la vida.

En este paso de siglo y de milenio, la Iglesia, en América y en el mundo entero, ve en los jóvenes cristianos el fruto más hermoso y prometedor de su trabajo y de sus sufrimientos. Es grande mi alegría por haberme encontrado, tanto en México como en Estados Unidos, con un gran número de jóvenes. Con su participación rebosante de entusiasmo y a la vez atenta y cordial, con sus aplausos en los pasajes del discurso en los que presentaba los aspectos más exigentes del mensaje cristiano, demostraron que quieren ser los protagonistas de una nueva época de testimonio valiente, de solidaridad efectiva y de compromiso generoso al servicio del Evangelio.

4. Me complace añadir que encontré a los católicos americanos muy atentos y comprometidos en la defensa de la vida y de la familia, valores inseparables que constituyen un gran desafío para el presente y el futuro de la humanidad. Este viaje ha constituido, en cierto sentido, un gran llamamiento a América, para que acoja el evangelio de la vida y de la familia; para que rechace y combata cualquier forma de violencia contra la persona humana, desde su concepción hasta su muerte natural, con coherencia intelectual y moral. No al aborto y a la eutanasia; basta con el innecesario recurso a la pena de muerte; no al racismo y a los abusos sobre niños, mujeres e indígenas; hay que acabar con las especulaciones sobre las armas y la droga, y con la destrucción del patrimonio ambiental.

Para vencer en estas batallas es preciso defender la cultura de la vida, que mantiene unidas la libertad y la verdad. La Iglesia actúa diariamente para lograr ese objetivo, anunciando a Cristo, verdad sobre Dios y verdad sobre el hombre. Actúa ante todo en las familias, que constituyen los santuarios de la vida y las escuelas fundamentales de la cultura de la vida, pues en la familia la libertad aprende a crecer sobre bases morales sólidas y, en el fondo, sobre la ley de Dios. América sólo podrá desempeñar su importante papel en la Iglesia y en el mundo si defiende y promueve el inmenso patrimonio espiritual y social de sus familias.

5. México y Estados Unidos son dos grandes países que representan muy bien la multiforme riqueza del continente americano, así como sus contradicciones. La Iglesia, profundamente insertada en el entramado cultural y social, invita a todos a encontrarse con Jesucristo, que sigue siendo también hoy «camino para la conversión, la comunión y la solidaridad».

Este encuentro, con la maternal intervención de Santa María de Guadalupe, ha marcado de manera indeleble la historia de América. Encomiendo a la intercesión de la patrona de ese amado continente el deseo de que el encuentro con Cristo siga iluminando a los pueblos del nuevo mundo en el milenio que está a punto de comenzar.


Saludos

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. En particular a los fieles de las parroquias de Corpus Christi de Alicante y de Santiago Apóstol, de Albatera. Que vuestra presencia en Roma os ayude a fortalecer vuestra fe. Muchas gracias por vuestra atención.

(A los fieles de Lituania)
Amadísimos hermanos, os deseo que vuestra peregrinación a la ciudad de los apóstoles san Pedro y san Pablo simbolice para cada uno el itinerario espiritual, la imagen de la ulterior y constante búsqueda de Dios. A la vez que os encomiendo a la materna protección de María santísima, os imparto con afecto a todos, a vuestros familiares y al entero pueblo lituano mi bendición apostólica.

(En italiano)
Me dirijo, finalmente, a los jóvenes, en particular a los muchachos de la Acción católica de Massa Carrara-Pontremoli, acompañados del obispo, mons. Eugenio Binini, y también a los enfermos y a los recién casados. Queridísimos hermanos, mañana celebraremos la fiesta de la santísima Virgen de Lourdes, VII Jornada mundial del enfermo.

Que María Inmaculada os ayude, queridos jóvenes, a manteneros siempre fieles en el compromiso de seguir a Cristo; que dirija su mirada llena de amor y ternura sobre vosotros, queridos enfermos, y os ayude a llevar con serenidad vuestra cruz, en unión con la de Cristo; que os ilumine a vosotros, queridos recién casados, en el camino familiar que acabáis de iniciar, y lo haga rico de bien y abierto a la vida, don del Señor.