Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 13 de enero de 1999

    

El rostro de Dios Padre, anhelo del hombre

1. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones, I, 1, 1). Esta célebre afirmación, con la que comienzan las Confesiones de san Agustín, expresa eficazmente la necesidad insuprimible que impulsa al hombre a buscar el rostro de Dios. Es una experiencia atestiguada por las diversas tradiciones religiosas. «Ya desde la antigüedad —dijo el Concilio— y hasta el momento actual, se encuentra en los diferentes pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que está presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el reconocimiento de la suma divinidad e incluso del Padre» (Nostra aetate, 2).

En realidad, muchas plegarias de la literatura religiosa universal manifiestan la convicción de que el Ser supremo puede ser percibido e invocado como un padre, al que se llega a través de la experiencia de la solicitud amorosa del padre terreno. Precisamente esta relación ha suscitado en algunas corrientes del ateísmo contemporáneo la sospecha de que la idea misma de Dios es la proyección de la imagen paterna. Esa sospecha, en realidad, es infundada.

Sin embargo, es verdad que, partiendo de su experiencia, el hombre siente la tentación de imaginar a la divinidad con rasgos antropomórficos que reflejan demasiado el mundo humano. Así, la búsqueda de Dios se realiza «a tientas», como dijo san Pablo en el discurso a los atenienses (cf. Hch 17, 27). Por consiguiente, es preciso tener presente este claroscuro de la experiencia religiosa, conscientes de que sólo la revelación plena, en la que Dios mismo se manifiesta, puede disipar las sombras y los equívocos y hacer que resplandezca la luz.

2. A ejemplo de san Pablo, que precisamente en el discurso a los atenienses cita un verso del poeta Arato sobre el origen divino del hombre (cf. Hch 17, 28), la Iglesia mira con respeto los intentos que las diferentes religiones realizan para percibir el rostro de Dios, distinguiendo en sus creencias lo que es aceptable de lo que es incompatible con la revelación cristiana.

En esta línea se debe considerar como intuición religiosa positiva la percepción de Dios como Padre universal del mundo y de los hombres. En cambio, no puede aceptarse la idea de una divinidad dominada por el arbitrio y el capricho. Los antiguos griegos, por ejemplo, llamaban también padre al Bien, como ser sumo y divino, pero el dios Zeus manifestaba su paternidad tanto con la benevolencia como con la ira y la maldad. En la Odisea se lee: «Padre Zeus, nadie es más funesto que tú entre los dioses. No tienes piedad de los hombres, después de haberlos engendrado y lanzado a la desventura y a grandes dolores» (XX, 201-203).

Sin embargo, la exigencia de un Dios superior al arbitrio caprichoso está presente también entre los griegos antiguos, como lo atestigua, por ejemplo, el «Himno a Zeus» del poeta Cleante. En las sociedades antiguas, la idea de un padre divino, dispuesto al don generoso de la vida y próvido para proporcionar los bienes necesarios para la existencia, pero también severo y castigador, y no siempre por una razón evidente, se vincula a la institución del patriarcado y transfiere su concepción más habitual al plano religioso.

3. En Israel el reconocimiento de la paternidad de Dios es progresivo y está continuamente amenazado por la tentación de la idolatría, que los profetas denuncian con energía: «Dicen a un trozo de madera: “Mi padre eres tú”, y a una piedra: “Tú me diste a luz”» (Jr 2, 27). En realidad para la experiencia religiosa bíblica, la percepción de Dios como Padre está unida, más que a su acción creadora, a su intervención histórico-salvífica, a través de la cual entabla con Israel una especial relación de alianza. A menudo Dios se queja de que su amor paterno no ha encontrado correspondencia adecuada: «Dice el Señor: Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí» (Is 1, 2).

Para Israel la paternidad de Dios es más firme que la humana: «Mi padre y mi madre me han abandonado, pero el Señor me ha recogido» (Sal 27, 10). El salmista que vivió esta dolorosa experiencia de abandono y encontró en Dios un padre más solícito que el de la tierra nos indica el camino que recorrió para llegar a esa meta: «Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor» (Sal 27, 8). Buscar el rostro de Dios es un camino necesario, que se debe recorrer con sinceridad de corazón y esfuerzo constante. Sólo el corazón del justo puede alegrarse al buscar el rostro del Señor (cf. Sal 105, 3 ss) y, por tanto, sobre él puede resplandecer el rostro paterno de Dios (cf. Sal 119, 135; también 31, 17; 67, 2; 80, 4. 8. 20). Cumpliendo la ley divina se goza también plenamente de la protección del Dios de la alianza. La bendición que Dios otorga a su pueblo, por la mediación sacerdotal de Aarón, insiste precisamente en esta manifestación luminosa del rostro de Dios: «El Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6, 25-26).

4. Desde que Jesús vino al mundo, la búsqueda del rostro de Dios Padre ha asumido una dimensión aún más significativa. En su enseñanza, Jesús, fundándose en su propia experiencia de Hijo, confirmó la concepción de Dios como padre, ya esbozada en el Antiguo Testamento; más aún, la destacó constantemente, viviéndola de modo íntimo e inefable y proponiéndola como programa de vida para quien quiera obtener la salvación.

Sobre todo Jesús se sitúa de un modo absolutamente único en relación con la paternidad divina, manifestándose como «hijo» y ofreciéndose como el único camino para llegar al Padre. A Felipe, que le pide: «Muéstranos al Padre y esto nos basta» (Jn 14, 8), le responde que conocerlo a él significa conocer al Padre, porque el Padre obra por él (cf. Jn 14, 8-11). Así pues, quien quiere encontrar al Padre necesita creer en el Hijo: mediante él Dios no se limita a asegurarnos una próvida asistencia paterna, sino que comunica su misma vida, haciéndonos «hijos en el Hijo». Es lo que subraya con emoción y gratitud el apóstol san Juan: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, y ¡lo somos!» (1 Jn 3, 1).


Saludos

Saludo con afecto a los visitantes de lengua española, venidos de España y de algunos países de América Latina. ¡Que el Espíritu Santo nos ayude siempre a llamar a Dios «Abbá», Padre!

(En croata)
Con el deseo de que la fe en Cristo inspire e impregne constantemente toda vuestra existencia y vuestras acciones, invoco sobre vosotros la bendición de Dios. ¡Alabados sean Jesús y María!.

(En italiano).

Al instituto secular femenino Apóstoles del Sagrado Corazón
Ojalá que este importante encuentro sea para todas ocasión de un nuevo impulso misionero.

Como siempre, me dirijo a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados presentes. La liturgia de hoy recuerda a san Hilario, obispo de Poitiers (Francia), en el siglo IV, que «proclamó firmemente la divinidad de Cristo» (Liturgia), defensor ardiente de la fe y maestro de la verdad. Que su ejemplo os sostenga a vosotros, queridos jóvenes, en la constante y valiente búsqueda de Cristo; a vosotros, queridos enfermos, os anime a ofrecer vuestros sufrimientos a fin de que el reino de Dios se difunda en todo el mundo; y a vosotros, queridos recién casados, os ayude a ser testigos del amor de Cristo en la vida familiar. Gustoso imparto a todos mi bendición.