Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 18 de Noviembre 1998

    

1. La profundización de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en el mundo nos impulsa a prestar atención a los «signos de esperanza presentes en este último fin de siglo, a pesar de las sombras que con frecuencia los esconden a nuestros ojos» (Tertio millennio adveniente, 46). En efecto, es verdad que nuestro siglo está marcado por gravísimos crímenes contra el hombre y oscurecido por ideologías que no han favorecido el encuentro liberador con la verdad de Jesucristo ni la promoción integral del hombre. Sin embargo, también es verdad que el Espíritu de Dios, que «llena el universo» (Sb 1, 7; cf. Gaudium et spes, 11), no ha cesado de sembrar abundantemente semillas de verdad, de amor y de vida en el corazón de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Esas semillas han producido frutos de progreso, de humanización y de civilización, que constituyen auténticos signos de esperanza para la humanidad en camino.

2. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente recordé entre esos signos, ante todo, «los progresos realizados por la ciencia, por la técnica y sobre todo por la medicina al servicio de la vida humana» (n. 46). En efecto, no cabe duda de que la existencia humana en la tierra, a nivel personal y social, ha experimentado y sigue experimentando una notable mejoría, gracias al extraordinario desarrollo científico.

También el progreso de la técnica, cuando respeta la promoción humana auténtica e integral, debe acogerse con gratitud, aunque, como es evidente, la ciencia y la técnica no bastan para colmar las aspiraciones más profundas del hombre. Entre los progresos de la técnica actual especialmente prometedores para el futuro de la humanidad quisiera recordar los que se producen en el campo de la medicina. En efecto, cuando mejoran con medios lícitos la existencia global del hombre, reflejan de modo elocuente la intención creadora y salvífica de Dios, que quiso que el hombre alcance en Cristo la plenitud de la vida. Tampoco podemos olvidar el enorme progreso en el campo de las comunicaciones. Si los medios de comunicación social se gestionan de tal modo que garanticen el pleno control democrático, y si se convierten en transmisores de valores auténticos, la humanidad podrá gozar de grandes beneficios y se sentirá una única gran familia.

3. Otro signo de esperanza es «un sentido más vivo de responsabilidad en relación con el ambiente» (ib.). Hoy la humanidad redescubre, también como reacción ante la explotación indiscriminada de los recursos naturales que a menudo ha acompañado el desarrollo industrial, el significado y el valor del ambiente como morada hospitalaria (o£koV) donde está llamada a vivir. Las amenazas que se ciernen sobre el futuro de la humanidad por no respetar los equilibrios del ecosistema, impulsan a los hombres de cultura y de ciencia, así como a las autoridades competentes, a estudiar y poner en práctica diversas medidas y proyectos, que no sólo buscan limitar y aliviar los daños causados hasta el momento, sino sobre todo lograr un desarrollo de la sociedad que respete y valore el ambiente natural.

Este vivo sentido de responsabilidad en relación con el ambiente debe estimular también a los cristianos a redescubrir el profundo significado del designio creador revelado por la Biblia. Dios quiso encomendar al hombre y a la mujer la misión de llenar la tierra y ejercer el dominio en su nombre, como su lugarteniente (cf. Gn 1, 28), prolongando y, en cierto modo, coronando su misma obra creadora.

4. Entre los signos de esperanza de nuestro tiempo debemos recordar también «los esfuerzos por restablecer la paz y la justicia donde hayan sido violadas, la voluntad de reconciliación y de solidaridad entre los diversos pueblos, en particular en la compleja relación entre el norte y el sur del mundo» (Tertio millennio adveniente, 46). En este siglo que está a punto de concluir hemos asistido a la inmensa tragedia de dos guerras mundiales y hoy siguen existiendo guerras y tensiones, que provocan como consecuencia gran sufrimiento para pueblos y naciones de todo el mundo. Además, en este siglo, más que en ningún otro, masas enormes de personas, entre otras causas por perversos mecanismos de explotación, han vivido y siguen viviendo en condiciones indignas del hombre.

También por esta razón, la conciencia humana, impulsada por la acción misteriosa del Espíritu, ha madurado al fijarse el logro de la paz y la justicia como objetivo prioritario e irrenunciable. La conciencia advierte hoy como un crimen intolerable el perdurar de condiciones de injusticia, de subdesarrollo y de violación de los derechos del hombre. Además, con razón, se rechaza la guerra como medio para la solución de los conflictos. Cada vez se comprende más que sólo por el camino del diálogo y la reconciliación se pueden curar las heridas provocadas por la historia en la vida de los pueblos. Sólo por ese camino, se pueden resolver positivamente las dificultades que todavía se presentan en las relaciones internacionales.

El mundo contemporáneo se va estructurando decididamente según un sistema de interdepencia a nivel económico, cultural y político. Ya no se puede razonar sólo en función de los intereses, incluso legítimos, de cada pueblo o nación: es preciso adquirir una conciencia de alcance realmente universal.

5. Por eso, de forma profética, mi venerado predecesor Pablo VI quiso señalar como meta, en el horizonte de la humanidad, una «civilización del amor», en la que se podrá alcanzar el ideal de una única familia humana en la que se respete la identidad de cada uno de sus miembros y se realice un intercambio recíproco de dones.

En el camino hacia la «civilización del amor» los creyentes, dóciles a la acción del Espíritu Santo, están llamados a dar su insustituible contribución, irradiando en la historia la luz de Cristo, Verbo de Dios encarnado. Como nos recuerda el Concilio, el Verbo «nos revela “que Dios es amor” (1 Jn 4, 8) y, al mismo tiempo, nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, y por ello de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. Así pues, a los que creen en la caridad divina, les da la certeza de que el camino del amor está abierto a todos los hombres y de que no es inútil el esfuerzo por instaurar la fraternidad universal» (Gaudium et spes, 38).

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Saludo cordialmente a los peregrinos venidos de España, México, Guatemala, Argentina y demás países de América Latina, en especial al grupo de sacerdotes misioneros latinoamericanos que han participado en un curso de espiritualidad en el «Centro Internacional de Animación Misionera», a las Carmelitas Misioneras Teresianas reunidas en Capítulo general, así como a los oficiales de la Escuela de Gendarmería Nacional Argentina. Sobre todos invoco la acción renovadora del Espíritu Santo para que seáis anunciadores de esta nueva civilización del amor.