Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 7 de Octubre 1998

   

1. Del viernes al domingo pasado realicé mi segunda visita pastoral a Croacia. Teniendo aún ante mis ojos las imágenes de esa peregrinación, deseo reflexionar brevemente con vosotros sobre su significado, encuadrándolo en el marco de los acontecimientos históricos en los que ha estado implicada Croacia y Europa entera.

Ante todo doy gracias a Dios por haberme permitido vivir esa experiencia tan intensa. Mi agradecimiento va también a los amadísimos obispos de Croacia, así como al señor presidente de la República, a las demás autoridades y a todos los que han hecho posible ese nuevo encuentro entre el Sucesor de Pedro y la nación croata, siempre fiel a él desde hace más de trece siglos.

El tema de la visita evocaba las palabras que Jesús resucitado dirigió a los Apóstoles: «Seréis mis testigos» (Hch 1, 8). Por tanto, se ha tratado de una peregrinación bajo el signo del testimonio. Precisamente desde esta perspectiva he podido abrazar idealmente casi dos milenios de historia: desde los mártires de las persecuciones romanas hasta los del reciente régimen comunista; desde san Domnio, obispo de Salona, antigua sede primada, hasta el cardenal Alojzije Stepinac, arzobispo de Zagreb, cuya beatificación ha sido el acontecimiento culminante de mi estancia en Croacia. Así, el solemne acto litúrgico resalta sobre el fondo de las vicisitudes históricas que se remontan a la antigua Roma, cuando los croatas no vivían aún en el país.

El otro punto focal de mi viaje apostólico ha sido la celebración de los 1700 años de la ciudad y de la Iglesia de Split. Ambos momentos han estado acompañados por una peregrinación mariana: primero, al santuario nacional de Marija Bistrica, y después al de la Virgen de la Isla, en Salona, el santuario más antiguo dedicado a la Virgen en Croacia. Este hecho es muy significativo. En efecto, cuando un pueblo pasa por la hora de la pasión y de la cruz, experimenta con más fuerza que nunca el vínculo con la Madre de Cristo, y ella se convierte en signo de esperanza y consuelo. Así sucedió con mi patria, Polonia; así sucedió con Croacia, como con toda nación cristiana probada duramente por las vicisitudes de la historia.

2. In te, Domine, speravi: éste era el lema del cardenal Alojzije Stepinac, ante cuya tumba oré al llegar a Zagreb. En su figura se sintetiza toda la tragedia que ha afectado a Europa durante este siglo, marcado por los grandes males del fascismo, el nazismo y el comunismo. En él resplandece plenamente la respuesta católica: fe en Dios, respeto al hombre, amor a todos confirmado por el perdón, y unión con la Iglesia guiada por el Sucesor de Pedro.

La causa de la persecución y del proceso-farsa contra él fue el firme rechazo que opuso a la insistencia del régimen para que se separara del Papa y de la Sede apostólica, y se convirtiera en jefe de una «iglesia nacional croata». Prefirió permanecer fiel al Sucesor de Pedro. Por eso fue calumniado y, después, condenado.

En su beatificación reconocemos la victoria del evangelio de Cristo sobre las ideologías totalitarias; la victoria de los derechos de Dios y de la conciencia sobre la violencia y los abusos; la victoria del perdón y de la reconciliación sobre el odio y la venganza. El beato Stepinac constituye, así, el símbolo de la Croacia que quiere perdonar y reconciliarse, purificando su memoria del rencor y venciendo el mal con el bien.

3. Hacía tiempo que deseaba ir personalmente al célebre santuario de Marija Bistrica. La Providencia ha dispuesto que pudiera hacerlo con ocasión de la beatificación del cardenal Alojzije Stepinac. Él, ya desde los comienzos de su episcopado, guió personalmente todos los años, a pie, la peregrinación votiva desde la ciudad de Zagreb hasta ese santuario, distante alrededor de cincuenta kilómetros de la capital, hasta que las autoridades comunistas prohibieron toda forma de manifestación religiosa.

La antigua y venerada estatua de madera de la Virgen con el Niño, que en el siglo XVI, durante la invasión otomana, los fieles se vieron obligados a esconder para preservarla del sacrilegio y de la destrucción, representa, en cierto sentido, la dolorosa historia del pueblo croata durante más de 1300 años. La beatificación del cardenal Stepinac en ese santuario, con la visita al día siguiente a Split, se proyectaba así en el marco de acontecimientos que se remontan a la antigüedad, cuando la ciudad formaba parte del Imperio romano.

La actual ciudad de Split, que incluye la antigua sede episcopal de Salona, conserva en su centro el palacio y el mausoleo del emperador Diocleciano, que fue uno de los más crueles perseguidores de los cristianos. Siglos después, el mausoleo se transformó en catedral, y en ella se depositaron las reliquias de san Domnio, obispo de Salona y mártir. He rezado ante su urna, recorriendo con mi pensamiento la amplia perspectiva histórica que desde Diocleciano llega hasta los acontecimientos de nuestro siglo, marcado por persecuciones igualmente feroces, pero iluminado también por figuras de mártires tan espléndidas como las antiguas.

4. En Salona, donde está el santuario mariano dedicado a la Virgen de la Isla, se encuentran los restos más antiguos del cristianismo en esa región. Precisamente allí he querido reunirme con los catequistas, los profesores y los miembros de las asociaciones y de los movimientos eclesiales, en gran parte jóvenes: ante las memorias de las raíces cristianas, oramos por el futuro de la Iglesia y de la evangelización.

Los grandes campos en los que hay que trabajar son, sobre todo, los de la familia, la vida y los jóvenes, como he recordado durante mi encuentro con la Conferencia episcopal croata. En cada uno de ellos, los cristianos están llamados a dar testimonio de coherencia evangélica en las opciones tanto personales como colectivas. La curación de las heridas de la guerra, la construcción de una paz justa y estable y, sobre todo, la recuperación de los valores morales minados por los anteriores totalitarismos, requieren un trabajo largo y paciente, en el que es necesario recurrir continuamente al patrimonio espiritual heredado de los padres.

La figura del beato Alojzije Stepinac constituye para todos un punto de referencia al que hay que dirigir la mirada para obtener inspiración y apoyo. Con su beatificación se ha manifestado ante nosotros, en el marco de los siglos, esa lucha entre el Evangelio y el anti-Evangelio que recorre la historia. El mártir de nuestro tiempo, que los más ancianos recuerdan aún, sube así al rango de gran símbolo de ese combate: desde que una nueva sociedad comenzó a formarse sobre las ruinas del Imperio romano y los croatas llegaron a orillas del mar Adriático, a través de los tiempos difíciles de la dominación otomana, hasta nuestro siglo turbulento y dramático, la Iglesia ha seguido afrontando siempre los desafíos del mal, anunciando con impávida fortaleza la palabra del Evangelio.

En el arco de más de trece siglos, los croatas, después de haber acogido esta palabra y haber recibido el bautismo, han conservado su fidelidad a Cristo y a la Iglesia, confirmándola en el umbral del tercer milenio. ¡Testigo de esto es la persona del arzobispo de Zagreb, el beato mártir Alojzije Stepinac! Su figura se une a la de los mártires antiguos: contrariamente a las intenciones de Diocleciano, las persecuciones de los primeros siglos consolidaron la presencia de la Iglesia en el mundo antiguo. Oremos al Señor para que, por intercesión de la Virgen María, Advocata Croatiae, Mater fidelissima, las persecuciones de los tiempos modernos produzcan un nuevo florecimiento de la vida eclesial en Croacia y en todo el mundo.

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Queridos hermanos y hermanas:

Al recordar mi reciente visita pastoral a Croacia, ante todo deseo dar gracias a Dios y también a los Obispos y demás personas que han hecho posible este segundo encuentro del Sucesor de Pedro con esa Nación tan querida. El tema de este segundo viaje eran las palabras de Jesús: "Seréis mis testigos" (Hch 1,8), por lo cual ha sido una peregrinación centrada en el testimonio. El acto principal ha sido la beatificación del Cardenal Alojzije Stepinac, Arzobispo de Zagreb. En su persona se sintetiza la tragedia que ha sufrido Europa en este siglo, marcado por males como el fascismo, el nazismo y el comunismo.

En esta beatificación reconocemos la victoria del Evangelio de Cristo sobre las ideologías totalitarias; la victoria de los derechos de Dios y de la conciencia sobre la violencia y el abuso; la victoria del perdón y la reconciliación sobre el odio y la venganza. El nuevo Beato es símbolo de un pueblo que quiere perdonar y reconciliarse, purificando la memoria del rencor y venciendo el mal con el bien.

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Saludo con afecto a los visitantes de lengua española, en particular, a los sacerdotes del Pontificio Colegio Mexicano de Roma y a los Jefes del Servicio Penitenciario Federal argentino. Saludo igualmente a los demás peregrinos de Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, Honduras, México y España. Pidamos al Señor que también las persecuciones de nuestro tiempo lleven a un nuevo florecimiento de vida eclesial en el mundo entero. Con mi Bendición Apostólica.