Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 9 de Setiembre 1998

   

1. El concilio ecuménico Vaticano II, en la declaración Nostra aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, enseña que «la Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepen mucho de los que ella mantiene y propone, no pocas veces reflejan, sin embargo, un destello de aquella verdad que ilumina a todos los hombres» (n. 2).

Recogiendo la enseñanza conciliar, ya desde la primera carta encíclica de mi pontificado, quise recordar la antigua doctrina formulada por los Padres de la Iglesia, según la cual es necesario reconocer «las semillas del Verbo» presentes y operantes en las diferentes religiones (cf. Ad gentes, 11; Lumen gentium, 17). Esa doctrina nos impulsa a afirmar que, aunque por diversos caminos, «está dirigida, sin embargo, en una única dirección la más profunda aspiración del espíritu humano, tal como se expresa en la búsqueda de Dios, de la plena dimensión de la humanidad, es decir, del pleno sentido de la vida humana» (Redemptor hominis, 11).

Las «semillas de verdad» presentes y operantes en las diversas tradiciones religiosas son un reflejo del único Verbo de Dios, «que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9) y que se hizo carne en Cristo Jesús (cf. Jn 1, 14). Son, al mismo tiempo, «efecto del Espíritu de verdad que actúa más allá de los confines visibles del Cuerpo místico» (cf. Redemptor hominis, 6 y 12) y que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8). Teniendo presente esta doctrina, la celebración del jubileo del año 2000 «será una gran ocasión, también a la luz de los sucesos de estos últimos decenios, para el diálogo interreligioso» (Tertio millennio adveniente, 53). Ya desde ahora, en este año pneumatológico, es oportuno detenernos a profundizar en qué sentido y por qué caminos el Espíritu Santo está presente en la búsqueda religiosa de la humanidad y en las diversas experiencias y tradiciones que la expresan.

2. Ante todo, es preciso tener presente que toda búsqueda del espíritu humano en dirección a la verdad y al bien, y, en último análisis, a Dios, es suscitada por el Espíritu Santo. Precisamente de esta apertura primordial del hombre con respecto a Dios nacen las diferentes religiones. No pocas veces, en su origen encontramos fundadores que han realizado, con la ayuda del Espíritu de Dios, una experiencia religiosa más profunda. Esa experiencia, transmitida a los demás, ha tomado forma en las doctrinas, en los ritos y en los preceptos de las diversas religiones.

En todas las auténticas experiencias religiosas la manifestación más característica es la oración. Teniendo en cuenta la constitutiva apertura del espíritu humano a la acción con que Dios lo impulsa a trascenderse, podemos afirmar que «toda oración auténtica está suscitada por el Espíritu Santo, el cual está misteriosamente presente en el corazón de cada hombre» (Discurso a los miembros de la Curia romana, 22 de diciembre de 1986, n. 11: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 4 de enero de 1987, p. 8).

En la Jornada mundial de oración por la paz, el 27 de octubre de 1986 en Asís, y en otras ocasiones semejantes de gran intensidad espiritual, hemos vivido una manifestación elocuente de esta verdad.

3. El Espíritu Santo no sólo está presente en las demás religiones a través de las auténticas expresiones de oración. En efecto, como escribí en la carta encíclica Redemptoris missio, «la presencia y la actividad del Espíritu no afectan únicamente a los individuos, sino también a la sociedad, a la historia, a los pueblos, a las culturas y a las religiones» (n. 28).

Normalmente, «a través de la práctica de lo que es bueno en sus propias tradiciones religiosas, y siguiendo los dictámenes de su conciencia, los miembros de las otras religiones responden positivamente a la invitación de Dios y reciben la salvación en Jesucristo, aun cuando no lo reconozcan como su salvador (cf. Ad gentes, 3, 9 y 11)» (Instrucción Diálogo y anuncio del Consejo pontificio para el diálogo interreligioso, 19 de mayo de 1991, n. 29).

En efecto, como enseña el concilio Vaticano II, «Cristo murió por todos y la vocación última del hombre es realmente una sola, es decir, la vocación divina. En consecuencia, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a este misterio pascual» (Gaudium et spes, 22).

Esa posibilidad se realiza mediante la adhesión íntima y sincera a la Verdad, la entrega generosa al prójimo, la búsqueda del Absoluto suscitada por el Espíritu de Dios. También a través del cumplimiento de los mandamientos y de las prácticas conformes a la ley moral y al auténtico sentido religioso, se manifiesta un rayo de la Sabiduría divina. Precisamente en virtud de la presencia y de la acción del Espíritu, los elementos positivos que existen en las diversas religiones disponen misteriosamente los corazones a acoger la revelación plena de Dios en Cristo.

4. Por los motivos que acabo de recordar, la actitud de la Iglesia y de cada cristiano con respecto a las demás religiones se caracteriza por un respeto sincero, por una profunda simpatía y también, cuando es posible y oportuno, por una cordial colaboración. Eso no significa olvidar que Jesucristo es el único Mediador y Salvador del género humano. Y tampoco atenuar la tensión misionera, que debemos tener por obediencia al mandato del Señor resucitado: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). La actitud de respeto y diálogo, más bien, constituye un obligado reconocimiento de las «semillas del Verbo» y de los «gemidos del Espíritu». En este sentido, lejos de oponerse al anuncio del Evangelio, lo prepara, a la espera de los tiempos establecidos por la misericordia del Señor. «Por el diálogo dejamos que Dios esté presente en medio de nosotros; puesto que, al abrirnos al diálogo unos con otros, nos abrimos también a Dios» (Discurso a los miembros de las demás religiones en Madrás, 5 de febrero de 1986, n. 4: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de febrero de 1986, p. 8).

Que el Espíritu de verdad y amor, en el horizonte del tercer milenio ya cercano, nos guíe por los caminos del anuncio de Jesucristo y del diálogo de paz y fraternidad con los seguidores de todas las religiones.

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Saludo con afecto a los visitantes de lengua española, en particular, a los peregrinos de la diócesis panameña de Penonomé, acompañados de su Obispo, Mons. Uriah Ashley, así como a los diversos grupos de España, entre ellos a los profesores y alumnos del Colegio católico San Cernin de Pamplona, en el vigésimo quinto aniversario de su fundación. Saludo igualmente a los peregrinos de Argentina, Ecuador, Honduras, República Dominicana y México. Que el Espíritu Santo nos guíe en el anuncio de Jesucristo y en el diálogo de paz y fraternidad con todas las religiones. Con mi Bendición Apostólica.