Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 26 de Agosto 1998

   

1. La historia de la salvación es la autocomunicación progresiva de Dios a la humanidad, que llega a su culmen en Cristo Jesús. Dios Padre, en el Verbo hecho hombre, quiere participar a todos su misma vida: quiere comunicarse, en definitiva, a sí mismo. Esta autocomunicación divina tiene lugar en el Espíritu Santo, vínculo de amor entre la eternidad y el tiempo, entre la Trinidad y la historia.

Si Dios en su Espíritu se abre al hombre, éste, por otra parte, es creado como sujeto capaz de acoger la autocomunicación divina. El hombre, como dice la tradición del pensamiento cristiano, es “capax Dei”: capaz de conocer a Dios y de acoger el don de sí mismo que él le hace. En efecto, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26), está capacitado para vivir una relación personal con él y responder con la obediencia de amor a la relación de alianza que le propone su Creador.

En el contexto de esta enseñanza bíblica, el don del Espíritu que Jesucristo promete y concede “sin medida” al hombre, significa entonces “una llamada a la amistad, en la que las trascendentales “profundidades de Dios” están abiertas, en cierto modo, a la participación del hombre” (Dominum et vivificantem, 34).

A este propósito, el concilio VaticanoII enseña: “Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tm 1, 17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf. Ba3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía” (Dei Verbum, 2).

2. Por tanto, si Dios se comunica al hombre mediante su Espíritu, el hombre está llamado continuamente a entregarse a Dios con todo su ser. Esta es su vocación más profunda. A esto lo impulsa incesantemente el Espíritu Santo que, iluminando su inteligencia y sosteniendo su voluntad, lo introduce en el misterio de la filiación divina en Jesucristo y lo invita a vivirlo con coherencia.

Es el Espíritu Santo quien suscita todos los impulsos generosos y sinceros de la inteligencia y de la libertad del hombre para acercarse, a lo largo de los siglos, al misterio inefable y trascendente de Dios.

En particular, en la historia de la antigua alianza, sellada por Yahveh con el pueblo de Israel, vemos la realización progresiva de este encuentro entre Dios y el hombre en el espacio de comunión abierto por el Espíritu.

Por ejemplo, impresiona por su intensa belleza la narración del encuentro del profeta Elías con Dios en el soplo del Espíritu: “Le dijo: “Sal y ponte en el monte ante Dios”. Y he aquí que Dios pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Dios; pero no estaba Dios en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Dios en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba Dios en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo: “¿Qué haces aquí, Elías?”” (1 R 19, 11-13).

3. Pero el encuentro perfecto y definitivo entre Dios y el hombre, que los patriarcas y los profetas esperaron y contemplaron en la esperanza, es Jesucristo. Él, verdadero Dios y verdadero hombre, “en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (Gaudium et spes, 22). Jesucristo realiza esta revelación con toda su vida. En efecto, él, por impulso del Espíritu Santo, busca siempre el cumplimiento de la voluntad del Padre, y en el madero de la cruz se ofrece a sí mismo “una vez para siempre” al Padre “por el Espíritu eterno” (Hb 9, 12.14).

A través del acontecimiento pascual, Cristo nos enseña que “el hombre, que es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo” (Gaudium et spes, 24). Ahora bien, precisamente el Espíritu Santo, que Jesucristo ha comunicado en plenitud a la Iglesia, hace que el hombre, reconociéndose en Cristo, “se encuentre cada vez más a sí mismo en la entrega sincera de sí mismo”.

4. Esta verdad eterna sobre el hombre, que Jesucristo nos ha revelado, adquiere en nuestro tiempo una actualidad particular. Aunque se encuentre en medio de grandes contradicciones, el mundo vive hoy una época de intensa “socialización” (cf. Gaudium et spes, 6), tanto por lo que respecta a las relaciones interpersonales dentro de las diversas comunidades humanas, como por lo que atañe a las relaciones entre los pueblos, las razas, las diferentes sociedades y culturas.

En todo este proceso hacia la comunión y la unidad es necesaria la acción del Espíritu Santo, también para superar los obstáculos y los peligros que frenan este camino de la humanidad. “En la perspectiva del año dos mil desde el nacimiento de Cristo se trata de conseguir que un número cada vez mayor de hombres “puedan encontrar su propia plenitud (...) en la entrega sincera de sí mismos a los demás” (...). Que bajo la acción del Espíritu Paráclito se realice en nuestro mundo el proceso de verdadera maduración en la humanidad, en la vida individual y comunitaria, por el cual Jesús mismo cuando ruega al Padre que “todos sean uno, como nosotros también somos uno” (Jn 17, 21-22), sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad” (Dominum et vivificantem,59).

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Saludo con afecto a los visitantes de lengua española, en particular, a los diversos grupos de España, entre ellos a los fieles de San Juan Bosco de Cieza (Murcia) y a los de la Parroquia de Albaida (Valencia). Saludo igualmente a los peregrinos de Costa Rica, Venezuela, México y de otros países latinoamericanos. Al agradeceros vuestra presencia aquí, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.