Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 19 de Agosto 1998

    

1. El apóstol Pablo, en el capítulo octavo de la carta a los Romanos, ilustrando la acción del Espíritu Santo, que nos transforma en hijos del Padre en Cristo Jesús (cf. Rm 8, 14-16), introduce el tema del camino del mundo hacia su plenitud según el designio divino. En efecto, como ya hemos explicado en las catequesis anteriores, el Espíritu Santo está presente y activo en la creación y en la historia de la salvación. Podríamos decir que llena el cosmos de amor y misericordia de Dios, y así dirige la historia de la humanidad hacia su meta definitiva.

El cosmos ha sido creado por Dios como habitación del hombre y teatro de su aventura de libertad. En diálogo con la gracia, cada ser humano está llamado a aceptar responsablemente el don de la filiación divina en Cristo Jesús. Por esto, el mundo creado adquiere su verdadero significado en el hombre y por el hombre. Éste, ciertamente, no puede disponer a su capricho del cosmos en que vive, sino que con su inteligencia y su voluntad debe llevar a cumplimiento la obra del Creador.

“El hombre —enseña la Gaudium et spes—, creado a imagen de Dios, ha recibido el mandato de regir el mundo en justicia y santidad, sometiendo la tierra con todo cuanto en ella hay, y, reconociendo a Dios como creador de todas las cosas, de relacionarse a sí mismo y al universo entero con él, de modo que, con el sometimiento de todas las cosas al hombre, sea admirable el nombre de Dios en toda la tierra” (n. 34).

2. Para que se realice el designio divino, el hombre debe usar su libertad en sintonía con la voluntad de Dios y vencer el desorden introducido por el pecado en su vida y en el mundo. Esta doble empresa no puede llevarse a cabo sin el don del Espíritu Santo. Lo subrayan con vigor los profetas del Antiguo Testamento. Así, el profeta Ezequiel dice: “Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas. (...) Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios” (Ez 36, 26-28).

Esta profunda renovación personal y comunitaria, esperada para la “plenitud de los tiempos” y realizada por el Espíritu Santo, implicará, de alguna manera, a todo el cosmos. Escribe el profeta Isaías: “Al fin será derramado desde arriba sobre nosotros el Espíritu. Se hará la estepa un vergel (...). Reposará en la estepa la equidad, y la justicia morará en el vergel; el producto de la justicia será la paz, el fruto de la equidad, una seguridad perpetua. Y habitará mi pueblo en morada de paz” (Is 32, 15-18).

3. Para el apóstol Pablo esta promesa se cumple en Cristo Jesús, crucificado y resucitado. En efecto, Cristo redime y santifica por medio del Espíritu a quien acoge en la fe su palabra de salvación, transforma su corazón y, como consecuencia, sus relaciones sociales.

Gracias al don del Espíritu Santo, el mundo de los hombres se convierte en “spatium verae fraternitatis”, espacio de una verdadera fraternidad (cf. Gaudium et spes, 37). Esa transformación del obrar del hombre y de las relaciones sociales se manifiesta en la vida eclesial, en el empeño puesto en las realidades temporales y en el diálogo con todos los hombres de buena voluntad. Este testimonio resulta signo profético y principio de fermentación de la historia hacia la llegada del Reino, superando todo lo que impide la comunión entre los hombres.

4. En esta novedad de vida en la construcción de la paz universal, por medio de la justicia y del amor, está llamado a participar, de modo misterioso pero real, también el cosmos. Como enseña el apóstol Pablo: “Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo” (Rm 8, 19-23).

La creación, vivificada por la presencia del Espíritu creador, está llamada a convertirse en “morada de paz” para toda la familia humana. La creación consigue este objetivo por la mediación de la libertad del hombre, que Dios ha puesto como su custodio. Si el hombre, de forma egoísta, por una falsa concepción de la libertad, se encierra en sí mismo, implica fatalmente en esta perversión a la creación misma.

Al contrario, por el don del Espíritu Santo, que Jesucristo derrama sobre nosotros desde su costado traspasado en la cruz, el hombre adquiere la verdadera libertad de hijo en el Hijo. Así puede comprender el verdadero significado de la creación y hacer que se convierta en “morada de paz”.

En este sentido, san Pablo puede afirmar que la creación gime y espera la revelación de los hijos de Dios. Sólo si el hombre, con la luz del Espíritu Santo, se reconoce hijo de Dios en Cristo y contempla la creación con sentimiento de fraternidad, todo el cosmos es liberado y redimido según el plan divino.

5. La consecuencia de estas reflexiones es realmente consoladora: el Espíritu Santo es la verdadera esperanza del mundo. No sólo actúa en el corazón de los hombres, en el que introduce la estupenda participación en la relación filial que Jesucristo vive con el Padre, sino que también eleva y perfecciona las actividades humanas en el universo.

Como enseña el concilio Vaticano II, estas actividades “deben ser purificadas y llevadas a la perfección por la cruz y la resurrección de Cristo. Pues, redimido por Cristo y hecho criatura nueva en el Espíritu Santo, el hombre puede y debe amar las cosas mismas creadas por Dios. De Dios las recibe y las mira y respeta como provenientes de la mano de Dios. Dando gracias por ellas a su Bienhechor, y usando y gozando de las criaturas con pobreza y libertad de espíritu, entra en la verdadera posesión del mundo como quien no tiene nada y lo posee todo. “Pues todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1Co 3, 22-23)” (Gaudium et spes, 37).

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Con agrado saludo ahora a los peregrinos españoles y latinoamericanos, en particular a los miembros de la Fraternidad Monástica de la Paz, al grupo folclórico de El Vendrell, así como a los demás grupos venidos de España y México. Al invitaros a todos a experimentar la presencia y la acción del Espíritu Santo en la vida cotidiana, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.