Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 22 de Julio 1998

   

1. El gesto de Jesús, que en la tarde de Pascua «sopló» sobre los Apóstoles, comunicándoles el Espíritu Santo (cf. Jn 20, 21-22), evoca la creación del hombre, descrita por el Génesis como la comunicación de un «aliento de vida» (Gn 2, 7). El Espíritu Santo es como el «soplo» del Resucitado, que infunde la nueva vida a la Iglesia, representada por los primeros discípulos. El signo más evidente de esta vida nueva es el poder de perdonar los pecados. En efecto, Jesús dice: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). Donde se derrama «el Espíritu de santificación» (Rm 1, 4), queda destruido lo que se opone a la santidad, es decir, el pecado. El Espíritu Santo, según las palabras de Cristo, es quien «convencerá al mundo en lo referente al pecado» (Jn 16, 8).

Él hace tomar conciencia del pecado, pero, al mismo tiempo, es él mismo quien perdona los pecados. A este propósito, santo Tomás afirma: «Dado que el Espíritu Santo funda nuestra amistad con Dios, es normal que por medio de él Dios nos perdone los pecados» (Contra gentiles, 4, 21, 11).

2. El Espíritu del Señor no sólo destruye el pecado; también realiza una santificación y divinización del hombre. Dios nos «ha escogido —dice san Pablo— desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad» (2 Ts 2, 13).

Veamos más de cerca en qué consiste esta «santificación-divinización».

El Espíritu Santo es «Persona-amor. Es Persona-don» (Dominum et vivificantem, 10). Este amor donado por el Padre, acogido y correspondido por el Hijo, se comunica al hombre redimido, que se convierte así en «hombre nuevo» (Ef 4, 24), en «nueva creación» (Ga 6, 15). Los cristianos no sólo somos purificados del pecado; también somos regenerados y santificados. Recibimos una nueva vida, pues somos hechos «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1, 4): somos «llamados hijos de Dios, y ¡lo somos!» (1 Jn 3, 1). Se trata de la vida de la gracia: el don gratuito con que Dios nos hace partícipes de su vida trinitaria.

No se debe separar a las tres Personas divinas en su relación con los bautizados, puesto que cada una obra siempre en comunión con las otras; tampoco se las debe confundir, ya que cada Persona se comunica en cuanto Persona.

En la reflexión sobre la gracia es importante evitar concebirla como una «cosa». Es, «ante todo y principalmente, el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 2.003). Es el don del Espíritu Santo que nos asemeja al Hijo y nos pone en relación filial con el Padre: en el único Espíritu, por Cristo, tenemos acceso al Padre (cf. Ef 2, 18).

3. La presencia del Espíritu Santo obra una transformación que influye verdadera e íntimamente en el hombre: es la gracia santificante o deificante, que eleva nuestro ser y nuestro obrar, capacitándonos para vivir en relación con la santísima Trinidad. Esto sucede a través de las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad, «que adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1.812). Así, con la fe, el creyente considera a Dios, a sus hermanos y la historia no simplemente según la perspectiva de la razón, sino desde el punto de vista de la revelación divina. Con la esperanza, el hombre contempla el futuro con certeza confiada y activa, esperando contra toda esperanza (cf. Rm 4, 18), con la mirada fija en la meta de la bienaventuranza eterna y de la realización plena del reino de Dios. Con la caridad, el discípulo se esfuerza por amar a Dios con todo su corazón y a los demás como el Señor Jesús nos amó, es decir, hasta la entrega total de sí.

4. La santificación del creyente se realiza siempre mediante la incorporación en la Iglesia. «La vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros hermanos cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, como en una persona mística» (Pablo VI, Indulgentiarum doctrina, 5).

Este es el misterio de la comunión de los santos. Un vínculo perenne de caridad une a todos los «santos», tanto a los que ya han llegado a la patria celestial o están purificándose en el Purgatorio, como a los que aún son peregrinos en la tierra. Entre ellos existe también un abundante intercambio de bienes, de forma que la santidad de uno beneficia a todos los demás. Santo Tomás afirma: «El que vive en la caridad participa en todo el bien que se hace en el mundo» (In Symb. Apost.), y también: «El acto de uno se realiza mediante la caridad de otro, la caridad por la cual todos somos una sola cosa en Cristo» (In IV Sent. d. 20, a. 2; q. 3 ad 1).

5. El Concilio recordó que «todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (Lumen gentium, 40). Concretamente, el camino que debe seguir cada fiel para llegar a ser santo es la fidelidad a la voluntad de Dios, tal como nos la expresan su Palabra, los mandamientos y las inspiraciones del Espíritu Santo. Al igual que para María y para todos los santos, también para nosotros la perfección de la caridad consiste en el abandono confiado, a ejemplo de Jesús, en las manos del Padre. Una vez más, esto es posible gracias al Espíritu Santo, que incluso en los momentos más difíciles nos hace repetir con Jesús: «¡He aquí que vengo a hacer tu voluntad!» (cf. Hb 10, 7).

6. Esta santidad se refleja de una forma propia en la vida religiosa, donde la consagración bautismal se vive en el compromiso de un seguimiento radical del Señor mediante los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. «Como toda la existencia cristiana, la llamada a la vida consagrada está también en íntima relación con la obra del Espíritu Santo. Es él quien, a lo largo de los milenios, acerca siempre nuevas personas a percibir el atractivo de una opción tan comprometida (...). Es el Espíritu quien suscita el deseo de una respuesta plena; es él quien guía el crecimiento de tal deseo, llevando a su madurez la respuesta positiva y sosteniendo después su fiel realización; es él quien forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos a Cristo casto, pobre y obediente, y moviéndolos a acoger como propia su misión» (Vita consecrata, 19).

El martirio, supremo testimonio dado al Señor Jesús con la sangre, es expresión eminente de santidad, hecha posible por la fuerza del Espíritu Santo. Pero el compromiso cristiano, vivido día tras día en las diferentes condiciones de vida con una fidelidad radical al mandamiento del amor, es ya una forma significativa y fecunda de testimonio.