Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 8 de Julio 1998

    

1. «Si Cristo es la cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma». Así afirmaba mi venerado predecesor León XIII en la encíclica Divinum illud munus (1897: Denzinger-Schönmetzer, n. 3.328). Y después de él, Pío XII explicitaba: el Espíritu Santo en el cuerpo místico de Cristo es «el principio de toda acción vital y verdaderamente saludable en todas las partes del cuerpo místico» (encíclica Mystici Corporis, 1943: Denzinger-Schönmetzer, n. 3.808).

Hoy queremos reflexionar en el misterio del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, en cuanto vivificada y animada por el Espíritu Santo.

Después del acontecimiento de Pentecostés, el grupo que da origen a la Iglesia cambia profundamente: primero se trataba de un grupo cerrado y estático, cuyo número era de «unos ciento veinte» (Hch 1, 15); luego se transformó en un grupo abierto y dinámico al que, después del discurso de Pedro, «se unieron unas tres mil almas» (Hch 2, 41). La verdadera novedad no es tanto este crecimiento numérico, aunque sea extraordinario, sino la presencia del Espíritu Santo. En efecto, para que exista la comunidad cristiana no basta un grupo de personas. La Iglesia nace del Espíritu del Señor. Se presenta, para utilizar una feliz expresión del recordado cardenal Congar, «completamente suspendida del cielo» (La Pentecoste, trad. ital., Brescia 1986, p. 60).

2. Este nacimiento en el Espíritu, que tuvo lugar para toda la Iglesia en Pentecostés, se renueva para cada creyente en el bautismo, cuando somos sumergidos «en un solo Espíritu», para ser injertados «en un solo cuerpo» (1 Co 12, 13). Leemos en san Ireneo: «Así como de la harina no se puede hacer, sin agua, un solo pan, así tampoco nosotros, que somos muchos, podemos llegar a ser uno en Cristo Jesús, sin el agua que viene del cielo» (Adv. haer. III, 17, 1). El agua que viene del cielo y transforma el agua del bautismo es el Espíritu Santo.

San Agustín afirma: «Lo que nuestro espíritu, o sea, nuestra alma, es para nuestros miembros, lo mismo es el Espíritu Santo para los miembros de Cristo, para el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia» (Serm. 267, 4).

El concilio ecuménico Vaticano II, en la constitución dogmática sobre la Iglesia, recurre a esta imagen, la desarrolla y la precisa: Cristo «nos dio su Espíritu, que es el único y el mismo en la cabeza y en los miembros. Éste de tal manera da vida, unidad y movimiento a todo el cuerpo, que los santos Padres pudieron comparar su función a la que realiza el alma, principio de vida, en el cuerpo humano» (Lumen gentium, 7).

Esta relación del Espíritu con la Iglesia nos orienta para que la comprendamos sin caer en los dos errores opuestos, que ya la Mystici Corporis señalaba: el naturalismo eclesiológico, que se detiene unilateralmente en el aspecto visible, llegando incluso a considerar a la Iglesia como una simple institución humana; o bien, por el contrario, el misticismo eclesiológico, que subraya la unidad de la Iglesia con Cristo, hasta el punto de considerar a Cristo y a la Iglesia como una especie de persona física. Se trata de dos errores que tienen una analogía, como ya subrayaba León XIII en la encíclica Satis cognitum, con dos herejía cristológicas: el nestorianismo, que separaba las dos naturalezas en Cristo, y el monofisismo, que las confundía. El concilio Vaticano II nos proporcionó una síntesis, que nos ayuda a captar el verdadero sentido de la unidad mística de la Iglesia, presentándola como «una realidad compleja en la que están unidos el elemento divino y el humano» (Lumen gentium, 8).

3. La presencia del Espíritu Santo en la Iglesia hace que ella, aunque esté marcada por el pecado de sus miembros, se preserve de la defección. En efecto, la santidad no sólo substituye al pecado, sino que lo supera. También en este sentido se puede decir con san Pablo que donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia (cf. Rm 5, 20).

El Espíritu Santo habita en la Iglesia, no como un huésped que queda, de todas formas, extraño, sino como el alma que transforma a la comunidad en «templo santo de Dios» (1 Co 3, 17; cf. 6, 19; Ef 2, 21) y la asimila continuamente a sí por medio de su don específico que es la caridad (cf. Rm 5, 5; Ga 5, 22). La caridad, nos enseña el concilio Vaticano II en la constitución dogmática sobre la Iglesia, «dirige todos los medios de santificación, los informa y los lleva a su fin» (Lumen gentium, 42). La caridad es el «corazón» del cuerpo místico de Cristo, como leemos en la hermosa página autobiográfica de santa Teresa del Niño Jesús: «Comprendí que la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto por diversos miembros, y no faltaba el miembro más noble y más necesario. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, un corazón ardiente de amor. Entendí que sólo el amor impulsaba a los miembros de la Iglesia a la acción y que, si se hubiera apagado este amor, los Apóstoles no habrían anunciado el Evangelio, los mártires ya no habrían derramado su sangre (...). Comprendí que el amor abrazaba todas las vocaciones, que el amor era todo, que se extendía a todos los tiempos y a todos los lugares (...), en una palabra, que el amor es eterno» (Manuscrito autobiográfico B 3 v).

4. El Espíritu que habita en la Iglesia, mora también en el corazón de cada fiel: es el dulcis hospes animae. Entonces, seguir un camino de conversión y santificación personal significa dejarse «guiar» por el Espíritu (cf. Rm 8, 14), permitirle obrar, orar y amar en nosotros. «Hacernos santos» es posible, si nos dejamos santificar por aquel que es el Santo, colaborando dócilmente en su acción transformadora. Por eso, al ser el objetivo prioritario del jubileo el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos, «es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración cada vez más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado» (Tertio millennio adveniente, 42).

Podemos considerar que el Espíritu Santo es como el alma de nuestra alma y, por tanto, el secreto de nuestra santificación. ¡Permitamos que su presencia fuerte y discreta, íntima y transformadora, habite en nosotros!

5. San Pablo nos enseña que la inhabitación del Espíritu Santo en nosotros, relacionada íntimamente con la resurrección de Jesús, es también el fundamento de nuestra resurrección final: «Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8, 11).

En la bienaventuranza eterna, viviremos en la gozosa participación, que ahora está prefigurada y anticipada por la Eucaristía. Entonces el Espíritu hará madurar plenamente todas las semillas de comunión, de amor y de fraternidad, que hayan florecido durante nuestra peregrinación terrena. Como afirma san Gregorio de Nisa, «envueltos por la unidad del Espíritu Santo, así como por el vínculo de la paz, todos serán un solo cuerpo y un solo Espíritu» (Hom 15 in Cant.).