Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 1 de Julio 1998

   

1. Apenas el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles, el día de Pentecostés, «se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Hch 2, 4). Por tanto, se puede decir que la Iglesia, en el momento mismo en que nace, recibe como don del Espíritu la capacidad de anunciar «las maravillas de Dios» (Hch 2, 11): es el don de evangelizar.

Este hecho implica y revela una ley fundamental de la historia de la salvación: no se puede ni evangelizar ni profetizar, en una palabra, no se puede hablar del Señor y en nombre del Señor sin la gracia y la fuerza del Espíritu Santo. Sirviéndonos de una analogía biológica, podríamos decir que, así como la palabra humana se difunde por el soplo humano, así también la palabra de Dios se transmite por el soplo de Dios, de su ruach o pneuma, que es el Espíritu Santo.

2. Este vínculo entre el Espíritu de Dios y la palabra divina ya se puede percibir en la experiencia de los antiguos profetas.

La llamada de Ezequiel se describe como la infusión de un «espíritu» en la persona: «(El Señor) me dijo: “Hijo de hombre, ponte en pie, que voy a hablarte”. El espíritu entró en mí como se me había dicho y me hizo tenerme en pie; y oí al que me hablaba» (Ez 2, 1-2).

El libro de Isaías afirma que el futuro siervo del Señor proclamará el derecho a las naciones, precisamente porque el Señor puso su espíritu sobre él (cf. Is 42, 1).

Según el profeta Joel, los tiempos mesiánicos se caracterizarán por una efusión universal del Espíritu: «Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne» (Jl 3, 1); por efecto de esta comunicación del Espíritu, «vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán» (Jl 3, 1).

3. En Jesús, el vínculo Espíritu-Palabra llega al vértice; en efecto, él es la misma Palabra hecha carne «por obra del Espíritu Santo». Comienza a predicar «por la fuerza del Espíritu» (Lc 4, 14). En Nazaret, en su predicación inaugural, se aplica a sí mismo el pasaje de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la buena nueva» (Lc 4, 18). Como subraya el cuarto evangelio, la misión de Jesús, «aquel a quien Dios ha enviado» y «habla las palabras de Dios», es fruto del don del Espíritu, que recibió «sin medida» (Jn 3, 34). Al aparecerse a los suyos en el cenáculo, en el atardecer de Pascua, Jesús realiza el gesto tan expresivo de «soplar» sobre ellos, diciéndoles: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 22).

Bajo ese soplo se desarrolla la vida de la Iglesia. «El Espíritu Santo es en verdad el protagonista de toda la misión eclesial» (Redemptoris missio, 21). La Iglesia anuncia el Evangelio gracias a su presencia y a su fuerza salvífica. Al dirigirse a los cristianos de Tesalónica, san Pablo afirma: «Os fue predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo» (1 Ts 1, 5). San Pedro define a los apóstoles como «quienes predican el Evangelio, en el Espíritu Santo» (1 P 1, 12).

Pero ¿qué significa «evangelizar en el Espíritu Santo»? Sintéticamente, se puede decir que significa evangelizar con la fuerza, con la novedad y en la unidad del Espíritu Santo.

4. Evangelizar con la fuerza del Espíritu quiere decir estar revestidos de la fuerza que se manifestó de modo supremo en la actividad evangélica de Jesús. El Evangelio nos dice que los oyentes se asombraban de él, porque «les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mc 1, 22). La palabra de Jesús expulsa a los demonios, aplaca las tempestades, cura a los enfermos, perdona a los pecadores y resucita a los muertos.

El Espíritu Santo, como don pascual, hace partícipe a la Iglesia de la autoridad de Jesús. Así, vemos que los Apóstoles son ricos en parresía, o sea, la valentía que les hace hablar de Jesús sin miedo. Los adversarios se maravillaban, «sabiendo que eran hombres sin instrucción ni cultura» (Hch 4, 13).

También Pablo, gracias al don del Espíritu de la nueva Alianza, puede afirmar con toda verdad: «Teniendo, pues, esta esperanza, hablamos con toda valentía» (2 Co 3, 12).

Esta fuerza del Espíritu es más necesaria que nunca para el cristiano de nuestro tiempo, a quien se le pide que dé testimonio de su fe en un mundo a menudo indiferente, si no hostil, que está marcado fuertemente por el relativismo y el hedonismo. Se trata de una fuerza que necesitan sobre todo los predicadores, que deben volver a proponer el Evangelio sin ceder ante los compromisos y los falsos atajos, anunciando la verdad de Cristo «a tiempo y a destiempo» (2 Tm 4, 2).

5. El Espíritu Santo asegura al anuncio también un carácter de actualidad siempre renovada, para que la predicación no caiga en una vacía repetición de fórmulas y en una fría aplicación de métodos. En efecto, los predicadores deben estar al servicio de la «nueva Alianza», que no es «de la letra», que mata, sino «del Espíritu», que da vida (2 Co 3, 6). No se trata de propagar el «régimen viejo de la letra», sino el «régimen nuevo del Espíritu» (cf. Rm 7, 6). Es una exigencia hoy particularmente vital para la «nueva evangelización». Ésta será verdaderamente «nueva» en el fervor, en los métodos y en las expresiones si quien anuncia las maravillas de Dios y habla en su nombre escucha antes a Dios y es dócil al Espíritu Santo. Por tanto, es fundamental la contemplación hecha de escucha y oración. Si el heraldo no ora, terminará por «predicarse a sí mismo» (cf. 2 Co 4, 5), y sus palabras serán «palabrerías profanas» (2 Tm 2, 16).

6. En fin, el Espíritu acompaña y estimula a la Iglesia a evangelizar en la unidad y construyendo la unidad. Pentecostés tuvo lugar cuando los discípulos «estaban todos reunidos en un mismo lugar» (Hch 2, 1) y «todos ellos perseveraban en la oración» (Hch 1, 14). Después de haber recibido al Espíritu Santo, Pedro pronuncia su primer discurso a la multitud, «presentándose con los Once» (Hch 2, 14): es el icono de un anuncio coral, que debe seguir siendo así, aun cuando los heraldos estén dispersos por el mundo.

Predicar a Cristo bajo el impulso del único Espíritu, en el umbral del tercer milenio, requiere de todos los cristianos un esfuerzo concreto y generoso con vistas a la comunión plena. Se trata de la gran empresa del ecumenismo, que hay que secundar con esperanza siempre renovada y con empeño concreto, aunque los tiempos y el éxito estén en las manos del Padre, que nos pide humilde prontitud para acoger sus designios y las inspiraciones interiores del Espíritu.