Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 24 de Junio 1998

    

Queridos hermanos y hermanas:

1. Hace unos días realicé mi tercera visita pastoral a Austria, y ahora, de regreso en Roma, recuerdo los significativos encuentros que mantuve con esas queridas poblaciones. El sentimiento que embarga mi corazón es la gratitud.

En primer lugar, doy gracias a Dios, dador de todo bien, que me permitió vivir esa intensa experiencia espiritual, rica en celebraciones litúrgicas y en momentos de reflexión y oración, con vistas a una nueva primavera de la Iglesia en ese amado país. Mi agradecimiento va en particular a mis venerados hermanos en el episcopado, que en estos tiempos difíciles, sin escatimar esfuerzos, se prodigan al servicio de la verdad y de la caridad. Los animo en su compromiso pastoral. Quisiera, además, dar nuevamente las gracias al presidente federal y a las autoridades públicas, así como a todos los ciudadanos, que me acogieron con una hospitalidad verdaderamente cordial.

2. Con mi visita quise manifestar a la población austriaca mi estima y mi aprecio, proponiendo al mismo tiempo, como Sucesor de Pedro, algunas perspectivas útiles para el camino futuro de esas Iglesias particulares.

En Salzburgo traté el tema de la misión; en Sankt Pölten invité a reflexionar en el problema de las vocaciones. Por último, como punto culminante y motivo principal de mi viaje, tuve la alegría de inscribir los nombres de tres siervos de Dios en el catálogo de los beatos. Durante la sugestiva celebración en la plaza de los Héroes, en Viena, recordé a todos que el heroísmo del cristiano reside en la santidad.

Los héroes de la Iglesia no son necesariamente los que han escrito la historia según criterios humanos, sino mujeres y hombres que tal vez a los ojos de muchos han parecido humildes, pero que en realidad son grandes a los ojos de Dios. En vano los buscaríamos entre los poderosos; quedan inscritos indeleblemente, con letras mayúsculas, en el «libro de la vida».

Las biografías de los nuevos beatos encierran un mensaje para nuestros días. Se trata de documentos accesibles a todos, que la gente de hoy puede leer y comprender sin dificultad, pues hablan con el lenguaje elocuente de la vida real.

3. Con gran placer recuerdo la presencia y el entusiasmo de numerosos jóvenes, a quienes recordé que la Iglesia ve en ellos la prometedora riqueza del futuro. Al invitarlos a que sean valientes en su testimonio de Cristo sin componendas, reafirmé lo que escribí en la encíclica Redemptoris missio: «El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías» (n. 42).

Los jóvenes, que son naturalmente sensibles ante la fascinación del ideal, sobre todo cuando se encarna en la vida, apreciaron este discurso. Comprendieron el sentido de mi visita a su país: fui a Austria como peregrino de la fe, como colaborador del gozo y como cooperador de la verdad.

4. No puedo dejar de mencionar dos ocasiones muy diferentes entre sí, pero ambas significativas en su propio ámbito: el encuentro con las autoridades y el Cuerpo diplomático en el palacio imperial de Hofburg, y la visita a los enfermos y moribundos en el hospicio Rennweg de la Cáritas socialis. En esos dos momentos expuse, con perspectivas diversas, el mismo tema de fondo: el deber esencial del respeto a la imagen de Dios impresa en cada ser humano. Este es uno de los puntos fundamentales del mensaje que quise transmitir a los católicos y a todos los habitantes de Austria.

Cada hombre, en cualquier etapa de su vida, reviste un valor inalienable. El discurso sobre la cultura de la vida, dirigido a los constructores de la Casa europea, se concreta, entre otros modos, en instituciones como ese hospicio, donde día tras día se escribe nuevamente el evangelio del sufrimiento, leído a la luz de la fe.

Al lado de cuantos incansablemente prestan servicio en los hospitales y en los sanatorios, y al lado de quienes no abandonan a sus familiares gravemente enfermos, está presente el Señor, que considera dirigidos a él mismo sus cuidados amorosos. Los enfermos, con el peso de sus sufrimientos soportados por amor a Cristo, constituyen un tesoro precioso para la Iglesia, que tiene en ellos unos colaboradores eficacísimos en la acción evangelizadora.

5. Recordando las intensas emociones que experimenté, siento la necesidad de repetir cuanto afirmé al término de mi visita: Credo in vitam! Creo en la vida. Creo que la Iglesia en Austria está viva. Creo que esta vida es más fuerte que las pruebas que atravesaron y atraviesan muchos fieles en ese amado país. Fui a su encuentro para ayudarles a superar las dificultades actuales y animarles a reanudar generosamente el camino hacia el gran jubileo.

También en Roma el corazón del Papa sigue latiendo por Austria. A todos les repito, con las palabras de Cristo: «No se turbe vuestro corazón» (Jn 14, 1). No miréis sólo al pasado. Preparad el futuro con la ayuda del Espíritu Santo. Mi visita pastoral a Austria ya terminó; ahora ha de comenzar una nueva etapa de la peregrinación, que lleve al pueblo de Dios en Austria a cruzar el umbral del nuevo milenio, para comunicar, junto con sus obispos, la buena nueva de Cristo a las generaciones futuras.

«Vergelts Gott!». ¡Gracias por todo! ¡Que Dios os lo pague!