Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 22 de Abril 1998

    

1. El camino hacia el jubileo, a la vez que remite a la primera venida histórica de Cristo, nos invita también a mirar hacia adelante en espera de su segunda venida al final de los tiempos. Esta perspectiva escatológica, que indica la orientación fundamental de la existencia cristiana hacia las últimas realidades, es una llamada continua a la esperanza y, al mismo tiempo, al compromiso en la Iglesia y en el mundo.

No debemos olvidar que el ‹sxaton, es decir, el acontecimiento final, entendido cristianamente, no es sólo una meta puesta en el futuro, sino también una realidad ya iniciada con la venida histórica de Cristo. Su pasión, muerte y resurrección constituyen el evento supremo de la historia de la humanidad, que ha entrado ya en su última fase, dando, por decir así, un salto de calidad. Se abre, para el tiempo, el horizonte de una nueva relación con Dios, caracterizada por el gran ofrecimiento de la salvación en Cristo.

Por esto, Jesús puede decir: «Llega la hora, y ya estamos en ella, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán» (Jn 5, 25). La resurrección de los muertos, esperada para el final de los tiempos, recibe una primera y decisiva actuación ya ahora, en la resurrección espiritual, objetivo principal de la obra de salvación. Consiste en la nueva vida comunicada por Cristo resucitado, como fruto de su obra redentora.

Es un misterio de renacimiento en el agua y en el Espíritu (cf. Jn 3, 5), que marca profundamente el presente y el futuro de toda la humanidad, aunque su eficacia se realiza ya desde ahora sólo en los que aceptan plenamente el don de Dios y lo irradian en el mundo.

2. Cristo, en sus palabras, pone claramente de manifiesto esta doble dimensión, presente y a la vez futura, de su venida. En el discurso escatológico, que pronuncia poco antes del drama pascual, Jesús predice: «Verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo» (Mc 13, 26-27).

En el lenguaje apocalíptico, las nubes son un signo teofánico: indican que la segunda venida del Hijo del hombre no se llevará a cabo en la debilidad de la carne, sino en el poder divino. Estas palabras del discurso hacen pensar en el futuro último, que concluirá la historia. Con todo, Jesús, en la respuesta que da al sumo sacerdote durante el proceso, repite la profecía escatológica, enunciándola con palabras que aluden a un acontecimiento inminente: «Yo os declaro que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra de Dios y venir sobre las nubes del cielo» (Mt 26, 64).

Confrontando estas palabras con las del discurso anterior, se aprecia el sentido dinámico de la escatología cristiana, como un proceso histórico ya iniciado y en camino hacia su plenitud.

3. Por otra parte, sabemos que las imágenes apocalípticas del discurso escatológico, a propósito del final de todas las cosas, se han de interpretar en su intensidad simbólica. Expresan la precariedad del mundo y el poder soberano de Cristo, en cuyas manos está el destino de la humanidad. La historia camina hacia su meta, pero Cristo no señaló ninguna fecha concreta. Por tanto, son falsos y engañosos los intentos de prever el final del mundo. Cristo nos aseguró solamente que el final no vendrá antes de que su obra de salvación haya alcanzado una dimensión universal por el anuncio del Evangelio: «Se proclamará esta buena nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todas las naciones. Y entonces vendrá el fin» (Mt 24, 14).

Jesús dice estas palabras a los discípulos, interesados en conocer la fecha del fin del mundo. Tienen la tentación de pensar en una fecha cercana. Y Jesús les da a entender que deben suceder primero muchos acontecimientos y cataclismos, y serán solamente «el comienzo de los dolores» (Mc 13, 8). Por consiguiente, como dice san Pablo, toda la creación «gime y sufre dolores de parto» esperando con ansiedad la revelación de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 19-22).

4. La obra evangelizadora del mundo conlleva la profunda transformación de las personas humanas por influjo de la gracia de Cristo. San Pablo afirmó que la finalidad de la historia es el plan del Padre de «recapitular todas las cosas en Cristo, las del cielo y las de la tierra» (Ef 1, 10). Cristo es el centro del universo, que atrae hacia sí a todos para comunicarles la abundancia de las gracias y la vida eterna.

El Padre dio a Jesús «el poder para juzgar, porque es Hijo del hombre» (Jn 5, 27). El juicio, aunque, como es obvio, incluye la posibilidad de condena, está encomendado al «Hijo del hombre», es decir, a una persona llena de comprensión y solidaria con la condición humana. Cristo es un juez divino con un corazón humano, un juez que desea dar la vida. Sólo el empecinamiento impenitente en el mal puede impedirle hacer este don, por el cual él no dudó en afrontar la muerte.