Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 25 de Marzo 1998

   

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Doy gracias al Señor que, en los días pasados, con mi breve pero intensa estancia en Nigeria, me concedió volver a visitar el amado continente africano. En la Iglesia, África se está convirtiendo cada vez más en protagonista de su propia historia y corresponsable del camino de todo el pueblo de Dios.

En Nigeria me encontré con una Iglesia viva, que acaba de celebrar el centenario de la primera evangelización y se encamina con firmeza hacia el año 2000, guiada e impulsada por las orientaciones del reciente Sínodo africano. En los últimos tiempos han surgido nuevas comunidades diocesanas y parroquiales. Aumentan las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada: se han abierto tres nuevos seminarios, que se añaden a los ocho ya existentes. Todo ello es fruto del Espíritu Santo, que ha animado a la Iglesia en Nigeria en estos cien años, y sigue sosteniéndola en su camino hacia el futuro.

2. Agradezco al jefe del Estado y a las demás autoridades civiles la acogida que me dispensaron. Espero que este singular acontecimiento espiritual contribuya a intensificar el proceso hacia la reconciliación en la justicia y hacia el pleno respeto de los derechos humanos de cada uno de los miembros del pueblo nigeriano.

Expreso mi agradecimiento fraterno a los obispos del país por el testimonio de comunión y afecto que brindaron al Sucesor de Pedro, implicando en él a los sacerdotes, a los religiosos y las religiosas, a los catequistas y a todos los fieles laicos. Renuevo a cada uno mi gratitud y mi abrazo de paz.

Saludo con deferencia a los seguidores de las demás religiones, especialmente a los musulmanes, que tienen una notable presencia en el país. A todo el pueblo nigeriano se dirige mi más cordial saludo.

3. Durante mi estancia en Nigeria, además de visitar a las autoridades del país, pude reunirme con los obispos, pastores solícitos del pueblo cristiano. Asimismo, conservo un grato recuerdo del encuentro con los máximos representantes del islam, con quienes quise reafirmar la importancia de los vínculos espirituales que unen a los cristianos y los musulmanes: la fe en el Dios único y misericordioso, el compromiso de buscar y cumplir su voluntad, el valor de cada persona en cuanto creada por Dios con un fin especial, la libertad religiosa y la ética de la solidaridad. Pido al Señor que los cristianos y los musulmanes, ambos numerosos en Nigeria, colaboren en la defensa de la vida, así como en la promoción del efectivo reconocimiento de los derechos humanos de cada persona.

4. Otro momento fuerte de mi visita pastoral fue la santa misa en Abuja, nueva capital federal del país. En el centro del continente negro, elevé a Dios, junto con los obispos, con el clero y con los fieles, una gran oración por África, para que goce de justicia, paz y desarrollo; y para que conserve sus valores más genuinos, su amor a la vida y a la familia, a la solidaridad y a la vida comunitaria. Oré para que África, habitada por innumerables grupos étnicos, se convierta en una familia de pueblos, como el Señor quiere que sea el mundo entero: una familia de naciones. El Evangelio es levadura de auténtica paz y unidad.

La Iglesia anuncia hasta los últimos confines de la tierra esta buena nueva de la salvación y anima el compromiso en favor de la justicia, la paz y el desarrollo integral de la sociedad, así como en favor del respeto de los derechos fundamentales de la persona.

Por esa causa han dado su vida los misioneros, primeros evangelizadores del continente africano; a esa misma causa han consagrado su existencia muchos nigerianos, como el padre Tansi, y tantos otros que, después de él, han respondido a la llamada del Señor y ahora cooperan en la nueva evangelización en su patria y en otras partes del mundo. La Iglesia no deja de dar gracias a Dios por este misterioso intercambio de dones, fruto de la acción eficaz y universal del Espíritu Santo.

5. El momento culminante de mi peregrinación apostólica fue la solemne celebración eucarística para la beatificación del padre Cipriano Miguel Iwene Tansi, que tuvo lugar en su ciudad natal, Onitsha.

Este acontecimiento comunicó un elevado mensaje de santidad, pacificación y esperanza, admirablemente concentrado en el testimonio del padre Tansi. Todo su apostolado encontraba fuerza en la Eucaristía: celebraba la santa misa con visible fervor de fe y de amor, y pasaba largas horas en adoración al Santísimo Sacramento, en el recogimiento de la contemplación.

En esas prolongadas pausas de oración, el Señor lo atrajo cada vez más hacia sí, haciéndole percibir con creciente claridad la llamada a la vida contemplativa. A la edad de 47 años, se dirigió a Inglaterra, donde entró en la abadía cisterciense de Monte San Bernardo. No pudo volver a su patria, como era su deseo y su proyecto, para fundar en ella una comunidad monástica. La muerte se le anticipó, pero su testimonio, fecundado por la oración y el sacrificio, ha quedado como una semilla valiosa y eficaz, que ha dado abundantes frutos.

6. El padre Tansi es el primer testigo de la fe cristiana en Nigeria elevado al honor de los altares: por esto, resulta espontáneo considerarlo el «protomártir» de esa nación. No porque haya sido martirizado, sino en el sentido de que dio un inquebrantable testimonio de amor, entregándose completamente al servicio de Dios y de sus hermanos durante toda su vida.

En la historia de la Iglesia los protomártires revisten notable importancia para el desarrollo de la comunidad de los creyentes y para la evangelización. Pensemos, por ejemplo, en los protomártires romanos y en los de otros muchos países, donde la fe ha brotado de su testimonio heroico. La beatificación del padre Tansi no es sólo el reconocimiento de su santidad y del clima espiritual en el que creció hasta llegar a la perfección de la unión con Dios y con sus hermanos. También es un augurio y un signo de esperanza para el futuro desarrollo de la Iglesia en Nigeria y en África.

7. Que el nuevo beato interceda para que se incremente en la sociedad nigeriana y en todos los países africanos un deseable y sincero espíritu de reconciliación y se difunda cada vez más el mensaje evangélico; para que crezca la comprensión recíproca, fuente de paz, de alegría y unidad en las familias; para que se afirme la solidaridad en la justicia, pues ese es el camino para lograr el desarrollo armonioso de toda nación.

Encomendemos estos deseos a la Virgen santísima, que hoy la liturgia nos invita a contemplar en el misterio de la Anunciación. El Espíritu Santo la impulsó a pronunciar su «fiat» a Dios y formó en su seno al Verbo encarnado. El mismo Espíritu fecundó, en el decurso de los siglos, la labor misionera de los Apóstoles y de los testigos de Cristo en todos los lugares de la tierra.

Contemplando a María, icono de la fidelidad y de la obediencia, hoy se nos invita a acoger con generosidad la llamada divina y a pronunciar nuestro «sí» fiel y definitivo a la voluntad del Señor, para que se cumpla en todas partes su plan de salvación.

La Virgen de la Anunciación, que hoy celebramos, nos haga dóciles y valientes servidores de la Palabra, que en ella se hizo carne para la salvación de todo ser humano.