Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 25 de Febrero 1998

   

1. Comienza hoy, con la liturgia del miércoles de Ceniza, el itinerario cuaresmal, que culminará en el acontecimiento central de año litúrgico, el Triduo pascual, en el que celebramos la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Jesús pasó cuarenta días en el desierto antes de emprender su misión; hoy, del mismo modo, la Iglesia nos invita a entrar en un tiempo fuerte de reflexión y oración, para encaminarnos hacia el Calvario y experimentar, después, la alegría de la resurrección. Este singular período penitencial comienza con un gesto simbólico y significativo: la imposición de la ceniza. Este gesto, al recordarnos la caducidad de la vida terrena, nos hace presente la necesidad de un generoso esfuerzo ascético, del que ha de nacer la decisión valiente de cumplir no nuestra voluntad, sino la del Padre celestial, según el ejemplo de Jesús.

La imposición de la ceniza pone, asimismo, de relieve nuestra condición de creaturas, en total y agradecida dependencia del Creador. En efecto, Dios, con un sorprendente acto de predilección y misericordia, formó al hombre del polvo, dándole un alma inmortal y llamándolo a compartir su misma vida divina. También será Dios quien, el último día, lo hará resucitar del polvo y transfigurará su cuerpo mortal.

2. El acto humilde de recibir la sagrada ceniza sobre la cabeza, confirmado por la invitación que resuena hoy en la liturgia: «Convertíos y creed el Evangelio», se contrapone al gesto soberbio de Adán y Eva que, con su desobediencia, destruyeron la relación de amistad que existía con Dios creador. A causa de ese drama inicial, todos estamos expuestos, a pesar del bautismo, al peligro de caer en la tentación recurrente que impulsa al ser humano a vivir en una actitud de arrogante autonomía con respecto a Dios y en perenne antagonismo con el prójimo.

Así se nos revela el significado y la necesidad del tiempo cuaresmal que, con la llamada a la conversión, nos lleva, mediante la oración, la penitencia y los gestos de solidaridad fraterna, a reavivar o fortalecer en la fe nuestra amistad con Jesús, a liberarnos de las promesas ilusorias de felicidad terrena, y a gustar nuevamente la armonía de la vida interior en la auténtica caridad de Cristo.

3. Hago mías las palabras de san León Magno que, en uno de sus discursos sobre la Cuaresma, afirmaba: «No hay obras virtuosas sin la prueba de las tentaciones; no hay fe sin contrastes; no hay lucha sin enemigo; no hay victoria sin combate. Nuestra vida transcurre entre asechanzas y luchas. Si no queremos ser engañados, debemos estar vigilantes; si queremos vencer, debemos combatir» (Sermón XXXIX, 3).

Acojamos, amadísimos hermanos y hermanas, esta invitación. Exige una disciplina ardua, especialmente en el contexto social de hoy, a menudo caracterizado por el cómodo desinterés y el ateísmo práctico. El Espíritu Santo nos conforta y nos sostiene en esta lucha, «viene en ayuda de nuestra flaqueza —como afirma san Pablo—, pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8, 26).

Y precisamente al Espíritu Santo está dedicado este segundo año de preparación inmediata para el gran jubileo del 2000. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente escribí: «Será, por tanto, importante descubrir al Espíritu como aquel que construye el reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo, animando a los hombres en su corazón y haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la salvación definitiva que se dará al final de los tiempos» (n. 45).

4. Así pues, dejémonos guiar por el Espíritu Santo durante este tiempo privilegiado: para preparar a Jesús a su misión, lo impulsó al desierto de la tentación y lo confortó luego en la hora de la prueba, acompañándolo desde el monte de los olivos hasta el Gólgota. El Espíritu Santo está a nuestro lado mediante la gracia de los sacramentos. En particular, en el sacramento de la reconciliación nos lleva, por el camino del arrepentimiento y de la confesión de nuestras culpas, a los brazos misericordiosos del Padre.

Deseo de corazón que la Cuaresma sea para cada cristiano una ocasión propicia para este camino de conversión, que tiene su referencia fundamental e irrenunciable en el sacramento de la penitencia. Esta es la condición para llegar a una experiencia más íntima y profunda del amor del Padre.

Que nos acompañe, a lo largo de este itinerario cuaresmal, María, ejemplo de dócil acogida del Espíritu de Dios. A ella nos dirigimos hoy, en el momento en que, junto con los creyentes de todo el mundo, entramos en el clima austero y penitencial de la Cuaresma.