Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 28 de Enero 1998

    

1. He regresado anteayer de Cuba, donde, respondiendo a la invitación de los obispos y del mismo presidente de la República, he realizado una inolvidable visita pastoral. El Señor ha querido que el Papa visitara aquella tierra y llevase consuelo a la Iglesia que allí vive y anuncia el Evangelio. A él va, ante todo, mi agradecimiento, que se extiende también a todo el pueblo de Dios, del que, en los días pasados, he recibido un constante apoyo espiritual.

Dirijo unas palabras de agradecimiento en especial al señor presidente de la República de Cuba, doctor Fidel Castro Ruz, y a las demás autoridades, que han hecho posible esta peregrinación apostólica. Doy las gracias con gran afecto a los obispos de la isla, comenzando por el arzobispo de La Habana, cardenal Jaime Ortega, así como a los sacerdotes, los religiosos y las religiosas y a todos los fieles, que me han dispensado una acogida conmovedora.

En efecto, desde mi llegada he estado rodeado por una gran manifestación del pueblo, que ha asombrado incluso a cuantos, como yo, conocen el entusiasmo de la gente latinoamericana. Ha sido la expresión de una larga espera, un encuentro largo tiempo deseado por parte de un pueblo que, en cierto modo, se ha reconciliado en él con su propia historia y su propia vocación. La visita pastoral ha sido un gran evento de reconciliación espiritual, cultural y social, que sin duda producirá frutos positivos también en otros ámbitos.

En la gran plaza de la Revolución José Martí de La Habana, he visto un enorme cuadro que representaba a Cristo, con la leyenda «¡Jesucristo, en ti confío!». He dado gracias a Dios porque precisamente en aquella plaza dedicada a la «Revolución» ha hallado un lugar Aquel que trajo al mundo la auténtica revolución, la del amor de Dios, que libera al hombre del mal y de la injusticia, y le da la paz y la plenitud de la vida.

2. He ido a la tierra cubana, definida por Cristóbal Colón «la más hermosa que ojos humanos hayan visto jamás», ante todo para rendir homenaje a aquella Iglesia y confirmarla en su camino. Es una Iglesia que ha atravesado momentos muy difíciles, pero ha perseverado en la fe, en la esperanza y en la caridad. He querido visitarla para compartir su profundo espíritu religioso, sus alegrías y sus sufrimientos; para dar impulso a su obra evangelizadora.

He ido como peregrino de paz para hacer resonar en medio de aquel noble pueblo el anuncio perenne de la Iglesia: Cristo es el Redentor del hombre y el Evangelio es la garantía del auténtico desarrollo de la sociedad.

La primera santa misa que tuve la alegría de celebrar en tierra cubana, en la ciudad de Santa Clara, fue una acción de gracias a Dios por el don de la familia, en unión ideal con el gran Encuentro mundial de las familias del pasado mes de octubre en Río de Janeiro. Quise hacerme solidario con las familias cubanas frente a los problemas que plantea la sociedad actual.

3. En Camagüey pude hablar a los jóvenes, consciente de que ser jóvenes católicos en Cuba ha sido y sigue siendo un reto. Su presencia dentro de la comunidad cristiana cubana es muy significativa por lo que concierne tanto a los grandes eventos como a la vida de cada día. Pienso con agradecimiento en los jóvenes catequistas, misioneros y agentes de la Cáritas y de otros proyectos sociales.

El encuentro con los jóvenes cubanos fue una inolvidable fiesta de la esperanza, durante la cual los exhorté a abrir el corazón y toda su existencia a Cristo, venciendo el relativismo moral y sus consecuencias. A ellos les renuevo la expresión de mi aliento y de todo mi afecto.

4. En la universidad de La Habana, en presencia también del presidente Fidel Castro, me reuní con los representantes del mundo de la cultura cubana. En el arco de cinco siglos, ésta ha experimentado diversas influencias: la hispánica, la africana, la de los diferentes grupos de inmigrantes y la propiamente americana. En los últimos decenios, ha influido en ella la ideología marxista materialista y atea. Sin embargo, en el fondo, su fisonomía, la llamada «cubanía», ha permanecido íntimamente marcada por la inspiración cristiana, como lo atestiguan los numerosos hombres de cultura católicos, presentes en toda su historia. Entre ellos destaca el siervo de Dios Félix Varela, sacerdote, cuya tumba se halla precisamente en el aula magna de la Universidad. El mensaje de estos «padres de la patria» es muy actual e indica el camino de la síntesis entre la fe y la cultura, el camino de la formación de conciencias libres y responsables, capaces de diálogo y, al mismo tiempo, de fidelidad a los valores fundamentales de la persona y de la sociedad.

5. En Santiago de Cuba, sede primada, mi visita fue, en su pleno sentido, una peregrinación: efectivamente, allí veneré a la patrona del pueblo cubano, la Virgen de la Caridad del Cobre. Constaté con alegría íntima y profunda cuánto aman los cubanos a la Madre de Dios, y que la Virgen de la Caridad representa verdaderamente, por encima de cualquier diferencia, el principal símbolo y apoyo de la fe del pueblo cubano y de sus luchas por la libertad. En este contexto de devoción popular, exhorté a encarnar el Evangelio, mensaje de auténtica liberación, en la vida de cada día, viviendo como cristianos plenamente insertados en la sociedad. Hace cien años, ante la Virgen de la Caridad se declaró la independencia del país. Con esta peregrinación le encomendé a todos los cubanos, tanto a los que se hallan en la patria como a los que están en el extranjero, para que formen una comunidad cada vez más vivificada por la auténtica libertad y realmente próspera y fraterna.

En el santuario de San Lázaro me reuní con el mundo del dolor, al que llevé la palabra consoladora de Cristo. En La Habana, finalmente, pude saludar también a una representación de los sacerdotes, de los religiosos, de las religiosas y de los laicos comprometidos, a quienes alenté a entregar su vida generosamente al servicio del pueblo de Dios.

6. La divina Providencia quiso que, precisamente en el domingo en el que la liturgia proponía las palabras del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí (...). Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres» (Lc 4, 18), el Sucesor del apóstol Pedro pudiese realizar en la capital de Cuba, La Habana, una etapa histórica de la nueva evangelización. En efecto, tuve la alegría de anunciar a los cubanos el evangelio de la esperanza, mensaje de amor y de libertad en la verdad, que Cristo no cesa de ofrecer a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos.

¿Cómo no reconocer que esta visita adquiere un valor simbólico notable, a causa de la posición singular que Cuba ha ocupado en la historia mundial de este siglo? En esta perspectiva, mi peregrinación a Cuba —tan esperada y tan esmeradamente preparada— ha constituido un momento muy provechoso para dar a conocer la doctrina social de la Iglesia. En varias ocasiones quise subrayar que los elementos esenciales del magisterio eclesial sobre la persona y sobre la sociedad pertenecen también al patrimonio del pueblo cubano, que los ha recibido en herencia de los padres de la patria, los cuales los han extraído de las raíces evangélicas y han dado testimonio de ellos hasta el sacrificio. En cierto sentido, la visita del Papa ha venido a dar voz al alma cristiana del pueblo cubano. Estoy convencido de que esta alma cristiana constituye para los cubanos el tesoro más valioso y la garantía más segura de desarrollo integral bajo el signo de la auténtica libertad y de la paz.

Deseo de corazón que la Iglesia en Cuba pueda disponer cada vez más libremente de espacios adecuados para su misión.

7. Considero significativo que la gran celebración eucarística conclusiva en la plaza de la Revolución haya tenido lugar en el día de la Conversión de San Pablo, como para indicar que la conversión del gran Apóstol «es una profunda, continua y santa revolución, que vale para todos los tiempos». Toda auténtica renovación comienza por la conversión del corazón.

Encomiendo a la Virgen todas las aspiraciones del pueblo cubano y el esfuerzo de la Iglesia, que con valentía y perseverancia prosigue su misión al servicio del Evangelio.