El proceso de beatificación y canonización

El proceso de documentación de la vida y las virtudes de un santo o una santa no debe comenzar nunca antes de los cinco años desde su muerte. Este período de tiempo asegura que la fama de santidad de la persona se mantenga en el tiempo, y sólo puede ser acortado por el Sumo Pontífice. Esto se ha visto en dos ocasiones: fue de tres años para el proceso de la Madre Teresa de Calcuta, según lo dispuso el Papa Juan Pablo II; y fue inmediato en el caso del Papa Juan Pablo II, según lo dispuso su sucesor, el Papa Benedicto XVI.

Luego de concluidos los cinco años, o menos en caso de que lo haya dispuesto así el Sumo Pontífice, el Obispo de la diócesis en la cual murió el individuo con fama de santidad puede pedir a la Santa Sede que permita la iniciación de la Causa de Beatificación y Canonización. Si ningún Dicasterio Romano presenta objeciones, particularmente la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Obispo solicitante recibe el permiso o "nihil obstat" (no existe impedimento).

SIERVO DE DIOS

Una vez iniciada la Causa, el candidato es llamado "siervo de Dios"; por ejemplo, el siervo de Dios Karol Wojtyła o siervo de Dios Juan Pablo II.

Tribunal Diocesano: Proceso informativo


Durante esta primera fase, el Postulador establecido por la diócesis o el instituto religioso para impulsar la Causa debe recopilar testimonios sobre la vida y virtudes del siervo de Dios. Deben también recogerse y estudiarse los escritos públicos y privados del candidato. Esta fase documental del proceso puede demorar muchos años y concluye con la sentencia de un tribunal diocesano y la decisión final del obispo de que las virtudes heroicas del siervo de Dios han sido probadas, o por el contrario, de que no hay pruebas suficientes para demostrarlo. Los resultados son comunicados a la Congregación para las Causas de los Santos, a la que se presenta toda la documentación recogida, o Actas.

Congregación para las Causas de los Santos: Positio

Las Actas que surgen de la fase probatoria del proceso son encomendadas por la Congregación a un Relator nombrado de entre los miembros del Colegio de Relatores, que es parte de la misma Congregación, y cuya tarea consiste en supervisar la Causa durante todo el tiempo que dure el proceso. Junto con una comisión de teólogos designada por la Congregación, el Relator prepara la Positio que resume la vida y las virtudes del siervo de Dios, que, una vez lista, recibe la aprobación o desaprobación de dicha comisión de teólogos. Si el voto es favorable, la recomendación se entrega al cardenal, arzobispo y obispo miembros de la Congregación para que, a su vez, den su voto, que es el que define si la Causa prospera o si se desestima. De ser afirmativo el voto, la recomendación de un Decreto de Heroicidad de Virtudes se envía al Santo Padre, cuya decisión es definitiva.

VENERABLE

Supremo Pontífice: Decreto de Heroicidad de Virtudes del Siervo de Dios

Una vez que el Papa ha reconocido las virtudes heroicas del siervo de Dios, se llama al fiel con la denominación "Venerable"; por ejemplo Venerable siervo de Dios Juan Pablo II, o directamente Venerable Juan Pablo II.

Diócesis: primer milagro propuesto en apoyo a la Causa

El paso que sigue antes de la beatificación es la aprobación de un milagro, que es prueba del poder de intercesión del Venerable siervo de Dios, y por ende, de su unión con Dios tras su muerte. Quienes proponen el milagro, lo presentan en la diócesis donde se supone ha ocurrido; no en la diócesis donde se presentó la Causa, salvo que sean la misma. La diócesis sede del supuesto milagro inicia su propio proceso probatorio, en los aspectos científico y teológico.

La comisión científica debe determinar, según criterios científicos aceptados, que no haya ninguna explicación natural para la realización del milagro en cuestión. Aunque la naturaleza del milagro puede ser cualquiera, los milagros más comúnmente presentados para las Causas tienen que ver con la salud. Los milagros deben estar sólidamente documentados, tanto en la explicación de la enfermedad como del tratamiento, así como en cuanto a la curación y la persistencia de la recuperación.

La comisión científica debe determinar que no exista explicación natural para la curación; la comisión teológica, por su parte, debe establecer que la curación haya sido realmente un milagro, en el sentido de que por su naturaleza sólo puede atribuírsele a Dios. Para evitar cualquier duda respecto de si la remisión pudiera haberse producido por causas naturales o incluso por consecuencias no reconocidas de tratamientos terapéuticos, los teólogos tienden a preferir curaciones de enfermedades que se consideran incurables y se dan de manera más o menos instantánea. La desaparición de malignidad de un momento al otro o la regeneración de tejidos muertos o incluso destruidos completamente son procesos que no se dan naturalmente o que llevan mucho tiempo. Ese tipo de casos no son de naturaleza angélica. El enemigo podría provocar una enfermedad ejerciendo su opresión y simular una cura simplemente retirando su influencia; pero esa cura no sería instantánea ni de un día para el otro. Menos posible le sería provocar la regeneración de tejidos de la nada. Ésta es la clase de curaciones que suelen preferirse dado que evidencian inequívocamente una intervención divina.

También es tarea de la comisión teológica establecer si el milagro se ha dado a través de la intervención del siervo de Dios en cuestión únicamente. Si los familiares y amigos han rezado exclusivamente a ese siervo de Dios, el caso estaría probado. Pero si han rezado al siervo de Dios, a la Santísima Virgen, a San José y otros santos, el caso se complica y probablemente sea difícil demostrarlo. Así, se ve que la tarea de la comisión teológica tiene dos aspectos: el determinar la naturaleza milagrosa de la curación y juzgar si el milagro se ha dado mediante la intercesión del siervo de Dios en cuestión. La decisión que surge de estas consideraciones se presenta ante la Congregación en Roma.


Congregación: primer milagro propuesto en apoyo a la Causa

Como en la fase diocesana, la Congregación para las Causas de los Santos nombra una comisión científica y una comisión teológica. El voto afirmativo de la comisión teológica se presenta ante la Asamblea General del cardenal y los miembros episcopales de la Congregación, cuya sentencia afirmativa se remite al Sumo Pontífice.

En el caso de que hubiera existido martirio, puede no requerirse un milagro para la beatificación: el martirio se considera en sí un milagro de gracia. En ese caso, el voto de la Congregación establecería si la muerte del siervo de Dios puede considerarse un verdadero martirio, en cuyo caso el Santo Padre emite el Decreto de Martirio.

Supremo Pontífice: Decreto de aprobación del milagro

Si el Santo Padre lo estima conveniente, emite un Decreto por el que se aprueba el Milagro y se ordena la beatificación.

BEATO

Supremo Pontífice: Beatificación

Mediante el rito de beatificación, que se lleva a cabo en nombre del Supremo Pontífice, el Venerable siervo de Dios es declarado beato; por ejemplo, Beato Juan Pablo II.

Los beatos pueden recibir veneración pública dentro de la comunidad o la región a la que pertenecieron o con la que tuvieron contacto en vida, generalmente la diócesis o el instituto religioso con el cual estuvieron relacionados. Por el término "veneración pública" no se entiende que se haga en público sino que es un acto que realiza el clero, o un laico delegado, en nombre de la Iglesia (por ejemplo en Misas, el Oficio Divino, imágenes en iglesias, etc.), incluso si se realizan en privado. Por otro lado, "veneración privada" implica que el acto de veneración se realiza en grupos o por individuos que actúan en nombre propio, incluso si el acto tiene carácter público. Si bien la Iglesia restringe la veneración pública de los beatos, todo católico puede venerarlos en forma privada sin inconvenientes.

El motivo de esta distinción establecida por norma disciplinaria es que la beatificación no se considera un acto papal infalible, por lo que no es conveniente que la Iglesia entera dé veneración litúrgica al beato. Tal vez sea para reforzar esta distinción que el Papa Benedicto XVI haya decidido volver a la práctica en uso antes del Papa Pablo VI de que sea el Prefecto de la Congregación quien presida la beatificación, en lugar del mismo Santo Padre. Aunque él mismo ha hecho excepciones, como la de su predecesor, el Papa Juan Pablo II.

En el caso del Beato Juan Pablo II, la Santa Sede, en un Decreto sobre el culto litúrgico al Beato Juan Pablo II, ha dispuesto que la veneración pública sea legal en la diócesis de Roma y el territorio de Polonia. Otras naciones, diócesis e institutos pueden solicitar a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos el Indulto correspondiente para venerar (render cultus) al beato. Sin un Indulto, la veneración pública no es lícita y podría dañar la posibilidad de canonización del beato.

Diócesis: Segundo milagro propuesto en apoyo a la Causa

Luego de la beatificación, la Iglesia espera un segundo milagro antes de proceder a la canonización. El proceso es igual al que se sigue para la beatificación. El supuesto milagro es estudiado por una comisión científica y una teológica en la diócesis donde se produjo.

Congregación: Segundo milagro propuesto en apoyo a la Causa

Una vez finalizado el proceso diocesano, el milagro es analizado por una comisión científica primero y luego una teológica, designadas por la Congregación para las Causas de los Santos. El veredicto de esta comisión se eleva a los obispos miembros de la Congregación, cuyo voto afirmativo es comunicado al Santo Padre.

Supremo Pontífice: Decreto de aprobación del milagro

El consentimiento del Santo Padre a la decisión de la Congregación se plasma en el Decreto de aprobación del milagro, que posibilita la Canonización.

SANTO

Supremo Pontífice: Canonización

Mediante el Rito de Canonización, el Supremo Pontífice, en un acto libre de error por la acción del Espíritu Santo, eleva a una persona a los altares para veneración universal de la Iglesia. La canonización no significa que el Santo Padre haga de la persona una santa, sino que declara que esa persona está con Dios y es un ejemplo del seguimiento de Cristo que vale la pena imitar. A partir de entonces, se pueden oficiar Misas, el Oficio Divino y otros actos de veneración a la persona declarada santa en toda la Iglesia universal.

Si el santo es conocido más o menos universalmente, su nombre se agrega al calendario general de la Iglesia como Memorial o Memoria opcional. Si se lo conoce en una región más reducida del mundo o en una nación o instituto religioso en particular, será agregado a los calendarios particulares de esas naciones o institutos, o incluido en celebraciones realizadas por el clero y los devotos del santo en Misas votivas o el Oficio.