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25 de enero, 1999

 

 

 

 

 

 

MÉXICO- CIUDAD DE MEXICO
Estadio Azteca
Encuentro con Representantes de
todas las Generaciones del Siglo

 Texto original

(1ª parte)

Fin de siglo y de milenio a la luz
del Concilio Vaticano II

Amados hermanos y hermanas:

1. Dentro de poco se concluirán un siglo y un milenio trascendentales para la historia de la Iglesia y de la humanidad. En esta hora significativa, Ustedes están llamados a tomar renovada conciencia de ser los depositarios de una rica tradición humana y religiosa. Es tarea suya transmitir a las nuevas generaciones ese patrimonio de valores para alimentar su vitalidad y su esperanza, haciéndoles partícipes de la fe cristiana, que ha forjado su pasado y ha de caracterizar su futuro.

Hace ahora mil años, en el 999 de nuestra era, el furor de quienes adoraban a un dios violento, diciéndose sus representantes, hizo desaparecer a Quetzalcóalt, el rey-profeta de los toltecas, pues se oponía al uso de la fuerza para resolver los conflictos humanos. Al aproximarse a la muerte, llevaba en sus manos una cruz que para él y sus discípulos simbolizaba la coincidencia entre todas las ideas en búsqueda de la armonía. Había transmitido a su pueblo altas enseñanzas: "El bien se impondrá siempre sobre el mal". "El hombre es el centro de todo lo creado". "Las armas nunca serán compañeras de la palabra; es ésta la que despeja las nubes de la tormenta para que nos llene la claridad divina" (cf. Raúl Horta, El Humanismo en el Nuevo Mundo, cap. II). En estas y otras enseñanzas de Quetzalcóalt podemos ver "como una preparación al Evangelio" (cf. Lumen gentium, 16), que los antepasados de muchos de Ustedes tendrían el gozo de acoger quinientos años más tarde.

2. Este milenio ha conocido el encuentro entre dos mundos, marcando un rumbo inédito en la historia de la humanidad. Para Ustedes es el milenio del encuentro con Cristo, de las apariciones de Santa María de Guadalupe en el Tepeyac, de la primera evangelización y consiguiente implantación de la Iglesia en América.

Los últimos cinco siglos han dejado una huella decisiva en la identidad y el destino del Continente. Son quinientos años de historia común, tejida entre los pueblos autóctonos y las gentes venidas de Europa, a las que se añadieron sucesivamente las provenientes de Africa y Asia. Con el fenómeno característico del mestizaje se ha puesto de relieve que todas las razas son iguales en dignidad y con derecho a su cultura. En toda esta amplia y compleja andadura, Cristo ha estado incesantemente presente en el caminar de los pueblos americanos, dándoles también como Madre a la suya, la Virgen María, a la que Ustedes tanto aman.

3. Como sugiere el lema con que México ha querido recibir por cuarta vez al Papa, -"Nace un milenio. Reafirmamos la fe"-, la nueva época que se aproxima debe llevar a consolidar la fe de América en Jesucristo. Esta fe, vivida cotidianamente por numerosos creyentes, será la que anime e inspire las pautas necesarias para superar las deficiencias en el progreso social de las comunidades, especialmente de las campesinas e indígenas; para sobreponerse a la corrupción que empaña tantas instituciones y ciudadanos; para desterrar el narcotráfico, basado en la carencia de valores, en el ansia de dinero fácil y en la inexperiencia juvenil; para poner fin a la violencia que enfrenta de manera sangrienta a hermanos y clases sociales. Sólo la fe en Cristo da origen a una cultura opuesta al egoísmo y a la muerte.

Padres y abuelos aquí presentes: a Ustedes les corresponde transmitir a las nuevas generaciones arraigadas convicciones de fe, prácticas cristianas y sanas costumbres morales. En ello, les serán de ayuda las enseñanzas del último Concilio.

4. El Concilio Vaticano II, como respuesta evangélica a la reciente evolución del mundo y comienzo de una nueva primavera cristiana (cf. Tertio millennio adveniente, 18), ha sido providencial para el siglo XX. Este siglo ha visto dos guerras mundiales, el horror de los campos de concentración, persecuciones y matanzas, pero ha sido testigo también de progresos esperanzadores para el futuro, como el nacimiento de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Por eso, me complazco en constatar los beneficios aportados por la acogida de las orientaciones conciliares, como son el hondo sentido de comunión y fraternidad entre los Obispos de América que, en estrecha unión con el Papa, se ha puesto de manifiesto en la celebración del Sínodo que ayer clausuré solemnemente; el creciente compromiso de los laicos en la edificación de la Iglesia; el desarrollo de movimientos que impulsan la santidad de vida y el apostolado de sus miembros; el aumento de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada que se detecta en diversos lugares, entre ellos México.

Aquí están presentes cuatro generaciones, y les pregunto: ¿Es verdad que el mundo en el que vivimos es al mismo tiempo grande y frágil, excelso pero a veces desorientado? ¿Se trata de un mundo avanzado en unos aspectos pero retrógrado en tantos otros? Y sin embargo, este mundo -nuestro mundo- tiene necesidad de Cristo, Señor de la historia, que ilumina el misterio del hombre y con su Evangelio lo guía en la búsqueda de soluciones a los principales problemas de nuestro tiempo (cf. Gaudium et spes, 10).

Porque algunos poderosos volvieron sus espaldas a Cristo, este siglo que concluye asiste impotente a la muerte por hambre de millones de seres humanos, aunque paradójicamente aumenta la producción agrícola e industrial; renuncia a promover los valores morales, corroídos progresivamente por fenómenos como la droga, la corrupción, el consumismo desenfrenado o el difundido hedonismo; contempla inerme el creciente abismo entre países pobres y endeudados y otros fuertes y opulentos; sigue ignorando la perversión intrínseca y las terribles consecuencias de la "cultura de la muerte"; promueve la ecología, pero ignora que las raíces profundas de todo atentado a la naturaleza son el desorden moral y el desprecio del hombre por el hombre.

5. ¡América, tierra de Cristo y de María! tú tienes un papel importante en la construcción del mundo nuevo que el Concilio Vaticano II quiso promover. Debes comprometerte para que la verdad prevalezca sobre tantas formas de mentira; para que el bien se sobreponga al mal, la justicia a la injusticia, la honestidad a la corrupción. Acoge sin reservas la visión conciliar del hombre, creado por Dios y redimido por Jesucristo. Así alcanzarás la plena verdad de los valores morales, frente al espejismo de certezas momentáneas, sólo precarias y subjetivas.

Quienes formamos la Iglesia -Obispos, sacerdotes, consagrados y laicos- nos sentimos comprometidos con el anuncio salvador de Cristo. Siguiendo su ejemplo, no queremos imponer su mensaje, sino proponerlo en plena libertad, recordando que sólo Él tiene palabras de vida eterna y confiando plenamente en la fuerza y la acción del Espíritu Santo en lo más íntimo del corazón humano.

¡Que Ustedes, católicos de todas las generaciones del siglo XX, sean portadores y testigos de la gran esperanza de la Iglesia en todos los ambientes donde Dios los ha enviado como semillas de fe, de esperanza y de un amor sin fronteras para todos sus hermanos!

 

(2ª parte)

El Siglo XXI, siglo de la nueva evangelización
y del gran reto de los jóvenes cristianos.

 6. El año próximo celebraremos dos milenios desde que "la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros" (Jn 1, 14). El Hijo de Dios hecho hombre enseñó a todos a ser hombres y mujeres auténticos, compadeciéndose de las muchedumbres que encontraba como ovejas sin pastor y dando su vida por nuestra salvación. Su presencia y acción continúan en la tierra a través de su Iglesia, su Cuerpo Místico. Por eso, cada cristiano está llamado a anunciar, testimoniar y hacer presente a Cristo en todos los ambientes, en las diferentes culturas y épocas de la historia.

7. La evangelización, tarea primordial, misión y vocación propia de la Iglesia (cf. Evangelii nuntiandi, 14), nace precisamente de la fe en la Palabra, que es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1,9). A cuantos hoy se encuentran unidos al Papa, aquí o a través de los medios de comunicación, les digo: ¡Siéntanse responsables de difundir esta luz que han recibido!

Pronto terminarán un siglo y un milenio, en los cuales a pesar de tantos conflictos, se ha promovido el valor de la persona por encima de las estructuras sociales, políticas y económicas. A este respecto, la nueva evangelización lleva también consigo la respuesta de la Iglesia a este importante cambio de perspectiva histórica. Cada uno de Ustedes, con su modo de vivir y su compromiso cristiano, ha de testimoniar, a lo largo y ancho de América y del mundo, que Cristo es el verdadero promotor de la dignidad humana y de su libertad.

8. Los discípulos de Cristo deseamos que en el próximo siglo prevalezca la unidad y no las divisiones; la fraternidad y no los antagonismos; la paz y no las guerras. Esto es también un objetivo esencial de la nueva evangelización. Ustedes, como hijos de la Iglesia, deben trabajar para que la sociedad global que se acerca no sea espiritualmente indigente ni herede los errores del siglo que concluye.

Para ello es necesario decir sí a Dios y comprometerse con Él en la construcción de una nueva sociedad donde la familia sea un ámbito de generosidad y amor; la razón dialogue serenamente con la fe; la libertad favorezca una convivencia caracterizada por la solidaridad y la participación. En efecto, quien tiene al Evangelio como guía y norma de vida no puede permanecer en una actitud pasiva, sino que ha de compartir y difundir la luz de Cristo, incluso con el propio sacrificio.

9. La nueva evangelización será semilla de esperanza para el nuevo milenio si Ustedes, católicos de hoy, se esfuerzan en transmitir a las generaciones venideras la preciosa herencia de valores humanos y cristianos que han dado sentido a su vida. Ustedes, hombres y mujeres que con el paso de los años han acumulado preciosas enseñanzas de la vida; Ustedes tienen la misión de procurar que las nuevas generaciones reciban una sólida formación cristiana durante su preparación intelectual y cultural, para evitar que el pujante progreso les cierre a lo trascendente. En fin, preséntense siempre como infatigables promotores de diálogo y concordia frente al predominio de la fuerza sobre el derecho y a la indiferencia ante los dramas del hambre y la enfermedad que acucian a grandes masas de la población.

10. Por su parte, Ustedes, jóvenes y muchachos que miran hacia el mañana con el corazón lleno de esperanza, están llamados a ser los artífices de la historia y de la evangelización ya en el presente y luego en el futuro. Una prueba de que no han recibido en vano tan rico legado cristiano y humano será su decidida aspiración a la santidad, tanto en la vida de familia que muchos formarán dentro de unos años, como entregándose a Dios en el sacerdocio o la vida consagrada si son llamados a ello.

El Concilio Vaticano II nos ha recordado que todos los bautizados, y no sólo algunos privilegiados, están llamados a encarnar en su existencia la vida de Cristo, a tener sus mismos sentimientos y a confiar plenamente en la voluntad del Padre, entregándose sin reservas a su plan salvífico, iluminados por el Espíritu Santo, llenos de generosidad y de amor incansable por los hermanos, especialmente los más desfavorecidos. El ideal que Jesucristo les propone y enseña con su vida es ciertamente muy alto, pero es el único que puede dar sentido pleno a la vida. Por eso, desconfíen de los falsos profetas que proponen otras metas, más confortables tal vez, pero siempre engañosas. ¡No se conformen con menos!

11. Los cristianos del siglo XXI tienen también una fuente inagotable de inspiración en las comunidades eclesiales de los primeros siglos. Quienes habían convivido con Jesús, o escuchado directamente el testimonio de los Apóstoles, sintieron sus vidas como transformadas e inundadas de una nueva luz. Pero debieron vivir su fe en un mundo indiferente e incluso hostil. Hacer penetrar la verdad del Evangelio, trastocar muchas convicciones y costumbres que denigraban la dignidad humana, supuso grandes sacrificios, firme constancia y una gran creatividad. Sólo con la fe inquebrantable en Cristo, alimentada constantemente por la oración, la escucha de la Palabra y la participación asidua en la Eucaristía, las primeras generaciones cristianas pudieron superar aquellas dificultades y consiguieron fecundar la historia humana con la novedad del Evangelio, derramando, tantas veces, la propia sangre.

En la nueva era que despunta, era de la informática y de los poderosos medios de comunicación, abocada a una globalización cada vez más fluida de las relaciones económicas y sociales, Ustedes, queridísimos jóvenes, y sus coetáneos tienen ante sí el reto de abrir la mente y el corazón de la humanidad a la novedad de Cristo y a la gratuidad de Dios. Sólo de este modo se alejará el riesgo de un mundo y una historia sin alma, engreída de sus conquistas técnicas pero carente de esperanza y de sentido profundo.

11. Ustedes, jóvenes de México y de América, han de procurar que el mundo que un día se les confiará esté orientado hacia Dios, y que las instituciones políticas o científicas, financieras o culturales se pongan al servicio auténtico del hombre, sin distinción de razas ni clases sociales. La sociedad del mañana ha de saber gracias a Ustedes, por la alegría que dimana de su fe cristiana vivida en plenitud, que el corazón humano encuentra la paz y la plena felicidad sólo en Dios. Como buenos cristianos, han de ser también ciudadanos ejemplares, capaces de trabajar junto con los hombres de buena voluntad para transformar pueblos y regiones, con la fuerza de la verdad de Jesús y de una esperanza que no decae ante las dificultades. Traten de poner en práctica el consejo de San Pablo: "No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien" (Rm 12, 21).

12. Les dejo como recuerdo y como prenda las palabras de despedida de Jesús, que iluminan el futuro y alientan nuestra esperanza: "Yo estoy con Ustedes todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).

En nombre del Señor, vayan Ustedes decididamente a evangelizar el propio ambiente para que sea más humano, fraterno y solidario; más respetuoso de la naturaleza que se nos ha encomendado. Contagien la fe y los ideales de vida a todas las gentes del Continente, no con confrontaciones inútiles, sino con el testimonio de la propia vida. Revelen que Cristo tiene palabras de vida eterna, capaces de salvar a los hombres de ayer, de hoy y de mañana. Revelen a sus hermanos el rostro divino y humano de Jesucristo, Alfa y Omega, Principio y Fin, el Primero y el Ultimo de toda la creación y de toda la historia, también de la que Ustedes están escribiendo con sus vidas.