 

|
SEÑALE
PARA VER :
MÉXICO-22
DE ENERO MÉXICO-23 DE ENERO
MÉXICO-24
DE ENERO MÉXICO-25
DE ENERO
MÉXICO-26 DE ENERO
ESTADOS UNIDOS-26 DE ENERO
SEÑALE
PARA VER :
Exhortación Apostólica Postsinodal
Ecclesia in América (versión
completa)
Ecclesia
in America (sumario)
25
de enero, 1999

MÉXICO- CIUDAD DE MEXICO
Estadio Azteca
Encuentro con Representantes de
todas las Generaciones del Siglo
Texto original
(1ª parte)
Fin de siglo y de milenio a la luz
del Concilio Vaticano II
Amados hermanos y hermanas:
1. Dentro de poco se concluirán un siglo y un milenio trascendentales
para la historia de la Iglesia y de la humanidad. En esta hora significativa, Ustedes
están llamados a tomar renovada conciencia de ser los depositarios de una rica tradición
humana y religiosa. Es tarea suya transmitir a las nuevas generaciones ese patrimonio de
valores para alimentar su vitalidad y su esperanza, haciéndoles partícipes de la fe
cristiana, que ha forjado su pasado y ha de caracterizar su futuro.
Hace ahora mil años, en el 999 de nuestra era, el furor de quienes adoraban a un dios
violento, diciéndose sus representantes, hizo desaparecer a Quetzalcóalt, el rey-profeta
de los toltecas, pues se oponía al uso de la fuerza para resolver los conflictos humanos.
Al aproximarse a la muerte, llevaba en sus manos una cruz que para él y sus discípulos
simbolizaba la coincidencia entre todas las ideas en búsqueda de la armonía. Había
transmitido a su pueblo altas enseñanzas: "El bien se impondrá siempre sobre el
mal". "El hombre es el centro de todo lo creado". "Las armas nunca
serán compañeras de la palabra; es ésta la que despeja las nubes de la tormenta para
que nos llene la claridad divina" (cf. Raúl Horta, El Humanismo en el Nuevo Mundo,
cap. II). En estas y otras enseñanzas de Quetzalcóalt podemos ver "como una
preparación al Evangelio" (cf. Lumen gentium, 16), que los antepasados de muchos de
Ustedes tendrían el gozo de acoger quinientos años más tarde.
2. Este milenio ha conocido el encuentro entre dos mundos, marcando un
rumbo inédito en la historia de la humanidad. Para Ustedes es el milenio del encuentro
con Cristo, de las apariciones de Santa María de Guadalupe en el Tepeyac, de la primera
evangelización y consiguiente implantación de la Iglesia en América.
Los últimos cinco siglos han dejado una huella decisiva en la identidad y el destino
del Continente. Son quinientos años de historia común, tejida entre los pueblos
autóctonos y las gentes venidas de Europa, a las que se añadieron sucesivamente las
provenientes de Africa y Asia. Con el fenómeno característico del mestizaje se ha puesto
de relieve que todas las razas son iguales en dignidad y con derecho a su cultura. En toda
esta amplia y compleja andadura, Cristo ha estado incesantemente presente en el caminar de
los pueblos americanos, dándoles también como Madre a la suya, la Virgen María, a la
que Ustedes tanto aman.
3. Como sugiere el lema con que México ha querido recibir por cuarta
vez al Papa, -"Nace un milenio. Reafirmamos la fe"-, la nueva época que se
aproxima debe llevar a consolidar la fe de América en Jesucristo. Esta fe, vivida
cotidianamente por numerosos creyentes, será la que anime e inspire las pautas necesarias
para superar las deficiencias en el progreso social de las comunidades, especialmente de
las campesinas e indígenas; para sobreponerse a la corrupción que empaña tantas
instituciones y ciudadanos; para desterrar el narcotráfico, basado en la carencia de
valores, en el ansia de dinero fácil y en la inexperiencia juvenil; para poner fin a la
violencia que enfrenta de manera sangrienta a hermanos y clases sociales. Sólo la fe en
Cristo da origen a una cultura opuesta al egoísmo y a la muerte.
Padres y abuelos aquí presentes: a Ustedes les corresponde transmitir a las nuevas
generaciones arraigadas convicciones de fe, prácticas cristianas y sanas costumbres
morales. En ello, les serán de ayuda las enseñanzas del último Concilio.
4. El Concilio Vaticano II, como respuesta evangélica a la reciente
evolución del mundo y comienzo de una nueva primavera cristiana (cf. Tertio millennio
adveniente, 18), ha sido providencial para el siglo XX. Este siglo ha visto dos guerras
mundiales, el horror de los campos de concentración, persecuciones y matanzas, pero ha
sido testigo también de progresos esperanzadores para el futuro, como el nacimiento de
las Naciones Unidas y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Por eso, me complazco en constatar los beneficios aportados por la acogida de las
orientaciones conciliares, como son el hondo sentido de comunión y fraternidad entre los
Obispos de América que, en estrecha unión con el Papa, se ha puesto de manifiesto en la
celebración del Sínodo que ayer clausuré solemnemente; el creciente compromiso de los
laicos en la edificación de la Iglesia; el desarrollo de movimientos que impulsan la
santidad de vida y el apostolado de sus miembros; el aumento de vocaciones al sacerdocio y
a la vida consagrada que se detecta en diversos lugares, entre ellos México.
Aquí están presentes cuatro generaciones, y les pregunto: ¿Es verdad que el mundo en
el que vivimos es al mismo tiempo grande y frágil, excelso pero a veces desorientado?
¿Se trata de un mundo avanzado en unos aspectos pero retrógrado en tantos otros? Y sin
embargo, este mundo -nuestro mundo- tiene necesidad de Cristo, Señor de la historia, que
ilumina el misterio del hombre y con su Evangelio lo guía en la búsqueda de soluciones a
los principales problemas de nuestro tiempo (cf. Gaudium et spes, 10).
Porque algunos poderosos volvieron sus espaldas a Cristo, este siglo que concluye
asiste impotente a la muerte por hambre de millones de seres humanos, aunque
paradójicamente aumenta la producción agrícola e industrial; renuncia a promover los
valores morales, corroídos progresivamente por fenómenos como la droga, la corrupción,
el consumismo desenfrenado o el difundido hedonismo; contempla inerme el creciente abismo
entre países pobres y endeudados y otros fuertes y opulentos; sigue ignorando la
perversión intrínseca y las terribles consecuencias de la "cultura de la
muerte"; promueve la ecología, pero ignora que las raíces profundas de todo
atentado a la naturaleza son el desorden moral y el desprecio del hombre por el hombre.
5. ¡América, tierra de Cristo y de María! tú tienes un papel
importante en la construcción del mundo nuevo que el Concilio Vaticano II quiso promover.
Debes comprometerte para que la verdad prevalezca sobre tantas formas de mentira; para que
el bien se sobreponga al mal, la justicia a la injusticia, la honestidad a la corrupción.
Acoge sin reservas la visión conciliar del hombre, creado por Dios y redimido por
Jesucristo. Así alcanzarás la plena verdad de los valores morales, frente al espejismo
de certezas momentáneas, sólo precarias y subjetivas.
Quienes formamos la Iglesia -Obispos, sacerdotes, consagrados y laicos- nos sentimos
comprometidos con el anuncio salvador de Cristo. Siguiendo su ejemplo, no queremos imponer
su mensaje, sino proponerlo en plena libertad, recordando que sólo Él tiene palabras de
vida eterna y confiando plenamente en la fuerza y la acción del Espíritu Santo en lo
más íntimo del corazón humano.
¡Que Ustedes, católicos de todas las generaciones del siglo XX, sean portadores y
testigos de la gran esperanza de la Iglesia en todos los ambientes donde Dios los ha
enviado como semillas de fe, de esperanza y de un amor sin fronteras para todos sus
hermanos!
(2ª parte)
El Siglo XXI, siglo de la nueva
evangelización
y del gran reto de los jóvenes cristianos.
6. El año próximo celebraremos dos milenios desde que "la
Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros" (Jn 1, 14). El Hijo de Dios
hecho hombre enseñó a todos a ser hombres y mujeres auténticos, compadeciéndose de las
muchedumbres que encontraba como ovejas sin pastor y dando su vida por nuestra salvación.
Su presencia y acción continúan en la tierra a través de su Iglesia, su Cuerpo
Místico. Por eso, cada cristiano está llamado a anunciar, testimoniar y hacer presente a
Cristo en todos los ambientes, en las diferentes culturas y épocas de la historia.
7. La evangelización, tarea primordial, misión y vocación propia de
la Iglesia (cf. Evangelii nuntiandi, 14), nace precisamente de la fe en la Palabra, que es
la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1,9). A cuantos
hoy se encuentran unidos al Papa, aquí o a través de los medios de comunicación, les
digo: ¡Siéntanse responsables de difundir esta luz que han recibido!
Pronto terminarán un siglo y un milenio, en los cuales a pesar de tantos conflictos,
se ha promovido el valor de la persona por encima de las estructuras sociales, políticas
y económicas. A este respecto, la nueva evangelización lleva también consigo la
respuesta de la Iglesia a este importante cambio de perspectiva histórica. Cada uno de
Ustedes, con su modo de vivir y su compromiso cristiano, ha de testimoniar, a lo largo y
ancho de América y del mundo, que Cristo es el verdadero promotor de la dignidad humana y
de su libertad.
8. Los discípulos de Cristo deseamos que en el próximo siglo
prevalezca la unidad y no las divisiones; la fraternidad y no los antagonismos; la paz y
no las guerras. Esto es también un objetivo esencial de la nueva evangelización.
Ustedes, como hijos de la Iglesia, deben trabajar para que la sociedad global que se
acerca no sea espiritualmente indigente ni herede los errores del siglo que concluye.
Para ello es necesario decir sí a Dios y comprometerse con Él en la construcción de
una nueva sociedad donde la familia sea un ámbito de generosidad y amor; la razón
dialogue serenamente con la fe; la libertad favorezca una convivencia caracterizada por la
solidaridad y la participación. En efecto, quien tiene al Evangelio como guía y norma de
vida no puede permanecer en una actitud pasiva, sino que ha de compartir y difundir la luz
de Cristo, incluso con el propio sacrificio.
9. La nueva evangelización será semilla de esperanza para el nuevo
milenio si Ustedes, católicos de hoy, se esfuerzan en transmitir a las generaciones
venideras la preciosa herencia de valores humanos y cristianos que han dado sentido a su
vida. Ustedes, hombres y mujeres que con el paso de los años han acumulado preciosas
enseñanzas de la vida; Ustedes tienen la misión de procurar que las nuevas generaciones
reciban una sólida formación cristiana durante su preparación intelectual y cultural,
para evitar que el pujante progreso les cierre a lo trascendente. En fin, preséntense
siempre como infatigables promotores de diálogo y concordia frente al predominio de la
fuerza sobre el derecho y a la indiferencia ante los dramas del hambre y la enfermedad que
acucian a grandes masas de la población.
10. Por su parte, Ustedes, jóvenes y muchachos que miran hacia el
mañana con el corazón lleno de esperanza, están llamados a ser los artífices de la
historia y de la evangelización ya en el presente y luego en el futuro. Una prueba de que
no han recibido en vano tan rico legado cristiano y humano será su decidida aspiración a
la santidad, tanto en la vida de familia que muchos formarán dentro de unos años, como
entregándose a Dios en el sacerdocio o la vida consagrada si son llamados a ello.
El Concilio Vaticano II nos ha recordado que todos los bautizados, y no sólo algunos
privilegiados, están llamados a encarnar en su existencia la vida de Cristo, a tener sus
mismos sentimientos y a confiar plenamente en la voluntad del Padre, entregándose sin
reservas a su plan salvífico, iluminados por el Espíritu Santo, llenos de generosidad y
de amor incansable por los hermanos, especialmente los más desfavorecidos. El ideal que
Jesucristo les propone y enseña con su vida es ciertamente muy alto, pero es el único
que puede dar sentido pleno a la vida. Por eso, desconfíen de los falsos profetas que
proponen otras metas, más confortables tal vez, pero siempre engañosas. ¡No se
conformen con menos!
11. Los cristianos del siglo XXI tienen también una fuente inagotable
de inspiración en las comunidades eclesiales de los primeros siglos. Quienes habían
convivido con Jesús, o escuchado directamente el testimonio de los Apóstoles, sintieron
sus vidas como transformadas e inundadas de una nueva luz. Pero debieron vivir su fe en un
mundo indiferente e incluso hostil. Hacer penetrar la verdad del Evangelio, trastocar
muchas convicciones y costumbres que denigraban la dignidad humana, supuso grandes
sacrificios, firme constancia y una gran creatividad. Sólo con la fe inquebrantable en
Cristo, alimentada constantemente por la oración, la escucha de la Palabra y la
participación asidua en la Eucaristía, las primeras generaciones cristianas pudieron
superar aquellas dificultades y consiguieron fecundar la historia humana con la novedad
del Evangelio, derramando, tantas veces, la propia sangre.
En la nueva era que despunta, era de la informática y de los poderosos medios de
comunicación, abocada a una globalización cada vez más fluida de las relaciones
económicas y sociales, Ustedes, queridísimos jóvenes, y sus coetáneos tienen ante sí
el reto de abrir la mente y el corazón de la humanidad a la novedad de Cristo y a la
gratuidad de Dios. Sólo de este modo se alejará el riesgo de un mundo y una historia sin
alma, engreída de sus conquistas técnicas pero carente de esperanza y de sentido
profundo.
11. Ustedes, jóvenes de México y de América, han de procurar que el
mundo que un día se les confiará esté orientado hacia Dios, y que las instituciones
políticas o científicas, financieras o culturales se pongan al servicio auténtico del
hombre, sin distinción de razas ni clases sociales. La sociedad del mañana ha de saber
gracias a Ustedes, por la alegría que dimana de su fe cristiana vivida en plenitud, que
el corazón humano encuentra la paz y la plena felicidad sólo en Dios. Como buenos
cristianos, han de ser también ciudadanos ejemplares, capaces de trabajar junto con los
hombres de buena voluntad para transformar pueblos y regiones, con la fuerza de la verdad
de Jesús y de una esperanza que no decae ante las dificultades. Traten de poner en
práctica el consejo de San Pablo: "No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence
al mal con el bien" (Rm 12, 21).
12. Les dejo como recuerdo y como prenda las palabras de despedida de
Jesús, que iluminan el futuro y alientan nuestra esperanza: "Yo estoy con Ustedes
todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).
En nombre del Señor, vayan Ustedes decididamente a evangelizar el propio ambiente para
que sea más humano, fraterno y solidario; más respetuoso de la naturaleza que se nos ha
encomendado. Contagien la fe y los ideales de vida a todas las gentes del Continente, no
con confrontaciones inútiles, sino con el testimonio de la propia vida. Revelen que
Cristo tiene palabras de vida eterna, capaces de salvar a los hombres de ayer, de hoy y de
mañana. Revelen a sus hermanos el rostro divino y humano de Jesucristo, Alfa y Omega,
Principio y Fin, el Primero y el Ultimo de toda la creación y de toda la historia,
también de la que Ustedes están escribiendo con sus vidas.
|