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Exhortación
Apostólica Postsinodal
Ecclesia in
América (texto íntegro)
Ecclesia in America (sumario)
23
de enero, 1999

MÉXICO- CIUDAD DE MÉXICO
Basílica de Nuestra Señora de la Guadalupe
Santa Misa para la Conclusión de la Asamblea Especial para América del Sínodo de los
Obispos
Texto original
Amados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio
Queridos hermanos y hermanas en el Señor:
1. "Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios mandó a su hijo,
nacido de mujer..." (Ga 4,4). ¿Qué es la plenitud de los tiempos? Desde la
perspectiva de la historia humana, la plenitud de los tiempos es una fecha concreta. Es la
noche en que el Hijo de Dios vino al mundo en Belén, según lo anunciado por los
profetas, como hemos escuchado en la primera lectura: "el Señor mismo va a daros una
señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por
nombre Emmanuel" (Is 7, 14). Estas palabras pronunciadas muchos siglos antes, se
cumplieron en la noche en que vino al mundo el Hijo concebido por obra del Espíritu Santo
en el seno de la Virgen María.
El nacimiento de Cristo fue precedido por el anuncio del ángel Gabriel. Después, María
fue a la casa de su prima Isabel para ponerse a su servicio. Nos lo ha recordado el
Evangelio de Lucas, poniendo ante nuestros ojos el insólito y profético saludo de Isabel
y la espléndida respuesta de María: "Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu
se llena de júbilo en Dios mi Salvador" (1, 46-47). Estos son los acontecimientos a
los que se refiere la liturgia de hoy.
2. La lectura de la Carta a los Gálatas, por su parte, nos revela la
dimensión divina de esta plenitud de los tiempos. Las palabras del apóstol Pablo resumen
toda la teología del nacimiento de Jesús, con la que se esclarece al mismo tiempo el
sentido de dicha plenitud. Se trata de algo extraordinario: Dios ha entrado en la historia
del hombre. Dios, que es en sí mismo el misterio insondable de la vida; Dios, que es
Padre y se refleja a sí mismo desde la eternidad en el Hijo, consustancial a Él y por el
que fueron hechas todas las cosas (cf. Jn 1, 1.3); Dios, que es unidad del Padre y del
Hijo en el flujo de amor eterno que es el Espíritu Santo.
A pesar de la pobreza de nuestras palabras para expresar el misterio inenarrable de la
Trinidad, la verdad es que el hombre, desde su condición temporal, ha sido llamado a
participar de esta vida divina. El Hijo de Dios nació de la Virgen María para otorgarnos
la filiación divina. El Padre ha infundido en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo,
gracias al cual podemos decir "Abbá, Padre" (cf. Ga 4, 4). He aquí, pues, la
plenitud de los tiempos, que colma toda aspiración de la historia y de la humanidad: la
revelación del misterio de Dios, entregado al ser humano mediante el don de la adopción
divina.
3. La plenitud de los tiempos a la que se refiere el Apóstol está
relacionada con la historia humana. En cierto modo, al hacerse hombre, Dios ha entrado en
nuestro tiempo y ha transformado nuestra historia en historia de salvación. Una historia
que abarca todas las vicisitudes del mundo y de la humanidad, desde la creación hasta su
final, pero que se desarrolla a través de momentos y fechas importantes. Una de ellas es
el ya cercano año 2000 desde el nacimiento de Jesús, el año del Gran Jubileo, al que la
Iglesia se ha preparado también con la celebración de los Sínodos extraordinarios
dedicados a cada Continente, como es el caso del celebrado a finales de 1997 en el
Vaticano.
4. Hoy en esta Basílica de Guadalupe, corazón mariano de América,
damos gracias a Dios por la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos
-auténtico cenáculo de comunión eclesial y de afecto colegial entre los Pastores del
Norte, del Centro y del Sur del Continente- vivida con el Obispo de Roma como experiencia
fraterna de encuentro con el Señor resucitado, camino para la conversión, la comunión y
la solidaridad en América.
Ahora, un año después de la celebración de aquella Asamblea sinodal, y en coincidencia
también con el centenario del Concilio Plenario de la América Latina que tuvo lugar en
Roma, he venido aquí para poner a los pies de la Virgen mestiza del Tepeyac, Estrella del
Nuevo Mundo, la Exhortación apostólica Ecclesia in America, que recoge las aportaciones
y sugerencias pastorales de dicho Sínodo, confiando a la Madre y Reina de este Continente
el futuro de su evangelización.
5. Deseo expresar mi gratitud a quienes, con su trabajo y oración, han
hecho posible que aquella Asamblea sinodal reflejara la vitalidad de la fe católica en
América. Así mismo, agradezco a esta Arquidiócesis Primada de México y a su Arzobispo,
el Cardenal Norberto Rivera Carrera, su cordial acogida y generosa disponibilidad. Saludo
con afecto al nutrido grupo de Cardenales y Obispos que han venido de todas las partes del
Continente y a los numerosísimos sacerdotes y seminaristas aquí presentes, que llenan de
gozo y esperanza el corazón del Papa. Mi saludo va más allá de los muros de esta
Basílica para abrazar a cuantos, desde el exterior, siguen la celebración, así como a
todos los hombres y mujeres de las diversas culturas, etnias y naciones que integran la
rica y pluriforme realidad americana.
(lengua portuguesa)
6. «Bem-aventurada és tu que creste, pois se hão de cumprir as coisas
que da parte do Senhor te foram ditas» (Lc 1,45). Estas palavras que Isabel dirige a
Maria, portadora de Cristo em seu seio, podem-se aplicar também à Igreja neste
Continente. Bem-aventurada és tu, Igreja na América, que, acolhendo a Boa Nova do
Evangelho, geraste à fé numerosos povos! Bem-aventurada por crer, bem-aventurada por
esperar, bem-aventurada por amar, porque a promessa do Senhor se cumprirá! Os heróicos
esforços missionários e a admirável gesta evangelizadora destes cinco séculos não
foram em vão. Hoje podemos dizer que, graças a isso, a Igreja na América é a Igreja da
Esperança. Basta ver o vigor de sua numerosa juventude, o valor excepcional que se dá à
família, o florecimento das vocações sacerdotais e de consagrados e, sobretudo, a
profunda religiosidade dos seus povos. Não esqueçamos que no próximo milênio, já
iminente, a América será o continente com o maior número de católicos.
(en lengua francesa)
7. Toutefois, comme les Pères synodaux lont souligné, si
lÉglise en Amérique connaît bien des motifs de se réjouir, elle est aussi
confrontée à de graves difficultés et à dimportants défis. Devons-nous pour
autant nous décourager? En aucune manière: "Jésus Christ est le Seigneur!"
(Ph 2,11). Il a vaincu le monde et il a envoyé son Esprit Saint pour faire toutes choses
nouvelles. Serait-il trop ambitieux despérer que, après cette Assemblée synodale
- le premier Synode américain de lhistoire - se développe sur ce continent
majoritairement chrétien une manière plus évangélique de vivre et de partager? Il
existe bien des domaines dans lesquels les communautés chrétiennes du Nord, du Centre et
du Sud de lAmérique peuvent manifester leurs liens fraternels, exercer une
solidarité réelle et collaborer à des projets pastoraux communs, chacune apportant les
richesses spirituelles et matérielles dont elle dispose.
(en lengua inglesa)
8. The Apostle Paul teaches us that in the fullness of time God sent his
Son, born of a woman, to redeem us from sin and to make us his sons and daughters.
Accordingly, we are no longer servants but children and heirs of God (cf. Gal 4:4-7).
Therefore, the Church must proclaim the Gospel of life and speak out with prophetic force
against the culture of death. May the Continent of Hope also be the Continent of Life!
This is our cry: life with dignity for all! For all who have been conceived in their
mothers womb, for street children, for indigenous peoples and Afro-Americans, for
immigrants and refugees, for the young deprived of opportunity, for the old, for those who
suffer any kind of poverty or marginalization.
Dear brothers and sisters, the time has come to banish once and for all from the Continent
every attack against life. No more violence, terrorism and drug-trafficking! No more
torture or other forms of abuse! There must be an end to the unnecessary recourse to the
death penalty! No more exploitation of the weak, racial discrimination or ghettoes of
poverty! Never again! These are intolerable evils which cry out to heaven and call
Christians to a different way of living, to a social commitment more in keeping with their
faith. We must rouse the consciences of men and women with the Gospel, in order to
highlight their sublime vocation as children of God. This will inspire them to build a
better America. As a matter of urgency, we must stir up a new springtime of holiness on
the Continent so that action and contemplation will go hand in hand.
(en lengua española)
9. Quiero confiar y ofrecer el futuro del Continente a María Santísima,
Madre de Cristo y de la Iglesia. Por eso, tengo la alegría de anunciar ahora que he
declarado que el día 12 de diciembre en toda América se celebre a la Virgen María de
Guadalupe con el rango litúrgico de fiesta.
¡Oh Madre! tu conoces los caminos que siguieron los primeros evangelizadores del Nuevo
Mundo, desde la isla Guanahani y La Española hasta las selvas del Amazonas y las cumbres
andinas, llegando hasta la tierra del Fuego en el Sur y los grandes lagos y montañas del
Norte. Acompaña a la Iglesia que desarrolla su labor en las naciones americanas, para que
sea siempre evangelizadora y renueve su espíritu misionero. Alienta a todos aquellos que
dedican su vida a la causa de Jesús y a la extensión de su Reino.
¡Oh dulce Señora del Tepeyac, Madre de Guadalupe! Te presentamos esta multitud
incontable de fieles que rezan a Dios en América. Tú que has entrado dentro de su
corazón, visita y conforta los hogares, las parroquias y las diócesis de todo el
Continente. Haz que las familias cristianas eduquen ejemplarmente a sus hijos en la fe de
la Iglesia y en el amor del Evangelio, para que sean semillero de vocaciones apostólicas.
Vuelve hoy tu mirada sobre los jóvenes y anímalos a caminar con Jesucristo.
¡Oh Señora y Madre de América! Confirma la fe de nuestros hermanos y hermanas laicos,
para que en todos los campos de la vida social, profesional, cultural y política actúen
de acuerdo con la verdad y la ley nueva que Jesús ha traído a la humanidad. Mira
propicia la angustia de cuantos padecen hambre, soledad, marginación o ignorancia. Haznos
reconocer en ellos a tus hijos predilectos y danos el ímpetu de la caridad para ayudarlos
en sus necesidades.
¡Virgen Santa de Guadalupe, Reina de la Paz! Salva a las naciones y a los pueblos del
Continente. Haz que todos, gobernantes y ciudadanos, aprendan a vivir en la auténtica
libertad, actuando según las exigencias de la justicia y el respeto de los derechos
humanos, para que así se consolide definitivamente la paz.
¡Para ti, Señora de Guadalupe, Madre de Jesús y Madre nuestra, todo el cariño, honor,
gloria y alabanza continua de tus hijos e hijas americanos!
MENSAJE
Residencia Presidencial de Los Pinos
Encuentro con el Cuerpo Diplomático
Texto original
Señor Presidente de la República,
Excelentísimos Embajadores y Jefes de Misión,
Distinguidas Señoras y Señores:
1. Estoy muy agradecido al Señor Presidente, Licenciado Ernesto Zedillo
Ponce de León, por sus amables palabras al introducirme ante los Jefes de Misión
diplomática acreditados en México. El presentarlos al Papa en ésta su residencia
oficial de Los Pinos es un deferente gesto que aprecio muy cordialmente.
En el marco de esta visita pastoral, me es muy grato encontrarme con Ustedes, que tienen
la responsabilidad de las relaciones de sus respectivos Estados con México,
fortaleciéndolas desde el diálogo y la cooperación, a la vez que atestiguan la
importancia de esta Nación en el mundo. Representan, además, a la comunidad
internacional con la que la Santa Sede mantiene antiguas y sólidas relaciones, que
confirman una tradición secular que cada día adquiere nuevo vigor.
2. Vivimos en un mundo que se presenta complejo y a la vez unitario; se
hacen más cercanas entre sí las diversas comunidades que lo conforman y son más
extensos y rápidos los sistemas financieros y económicos de los que dependen el
desarrollo integral de la humanidad. Esta creciente interdependencia conduce a nuevas
etapas de progreso, pero también tiene el peligro de limitar gravemente la libertad
personal y comunitaria, propia de toda vida democrática. Por ello es necesario favorecer
un sistema social que permita a todos los pueblos participar activamente en la promoción
de un progreso integral, o de lo contrario no pocos de esos pueblos podrían verse
impedidos de alcanzarlo.
El progreso actual, sin parangón en el pasado, debe permitir a todos los seres humanos
asegurar su dignidad y ofrecerles mayor conciencia de la grandeza de su propio destino.
Pero, al mismo tiempo, expone al hombre -tanto al más poderoso como al más frágil
social y políticamente- al peligro de convertirse en un número o en un puro factor
económico (cf. Centesimus annus, 49). En esta hipótesis, el ser humano podría perder
progresivamente la conciencia de su valor transcendente. Esta conciencia -unas veces clara
y otras implícita- es la que hace al hombre distinto de todos los demás seres de la
naturaleza.
3. La Iglesia, fiel a la misión recibida de su Fundador, proclama
incansablemente que la persona humana ha de ser el centro de todo orden civil y social, y
de todo sistema de desarrollo técnico y económico. La historia humana no puede ir contra
el hombre. Ello equivaldría a ir contra Dios, cuya imagen viviente es el hombre, incluso
cuando es deformada por el error o la prevaricación.
Esta es la convicción que la Iglesia quiere poner sobre la mesa de las Naciones Unidas o
en el diálogo amistoso que mantiene con Ustedes, miembros del Cuerpo Diplomático, y con
las autoridades que representan en los diversos lugares del mundo. De estos principios se
deducen importantes valores morales y cívicos que pusieron de relieve los Obispos de
América reunidos Roma en el Sínodo de 1997.
4. Entre estos valores sobresalen la conversión de las mentes y la
solidaridad efectiva entre los diversos grupos humanos como elementos esenciales para la
actual vida social a nivel nacional e internacional. La vida internacional exige unos
valores morales comunes como base y unas reglas comunes de colaboración. Es cierto que la
Declaración Universal de Derechos Humanos, cuyo 50º aniversario hemos celebrado el año
pasado, así como otros documentos de valor universal, ofrecen elementos importantes en la
búsqueda de esa base moral, común a todos los países o, por lo menos, a un gran número
de ellos.
Si miramos el panorama mundial vemos que existen ciertas situaciones fácilmente
constatables. El poder de los Países desarrollados se hace cada día más gravoso
respecto a los menos desarrollados. En las relaciones internacionales se da, a veces,
prioridad a la economía frente a los valores humanos y, con su debilitamiento, se
resienten la libertad y la democracia. Por otra parte, la carrera armamentista nos hace
ver que, en muchos casos las armas están destinadas a la defensa, pero en otros son
instrumentos realmente ofensivos, usados en nombre de ideologías no siempre respetuosas
de la dignidad humana. El fenómeno de la corrupción invade lamentablemente grandes
espacios del tejido social de algunos pueblos, sin que quienes sufren sus consecuencias
tengan siempre la posibilidad de exigir justicia y responsabilidades. El individualismo
empaña también la vida internacional, de modo que los pueblos poderosos pueden serlo
cada día más y los pueblos débiles son cada día más dependientes.
5. Ante este panorama se imponen con urgencia una adecuada conversión de
las mentalidades y una solidaridad efectiva, no sólo teórica, entre personas y grupos
humanos. Esto es cuanto, en unión con el Papa, viene proponiendo, desde hace decenios, el
Episcopado latinoamericano. Esto es lo que han pedido los Obispos del Continente americano
en el Sínodo. A este respecto, son dignas de señalar las numerosas iniciativas de
socorro a las poblaciones de la cercana Centroamérica afectadas por el huracán Micht, en
las que México ha participado generosamente junto con otras naciones, dando así muestra
de un común sentimiento de fraternidad y solidaridad.
América es un continente que agrupa a pueblos grandes y técnicamente avanzados y a otros
relativamente pequeños, con muy variados índices de desarrollo. También dentro de un
mismo país, como es el caso de México, coexisten situaciones sociales y humanas muy
diversas, que es necesario afrontar siempre con gran respeto y justicia, utilizando
incansablemente los recursos del diálogo y la concertación.
América constituye una unidad humana y geográfica que va del Polo norte al Polo sur.
Aunque su pasado ahonda sus raíces en culturas ancestrales -como la maya, la olmeca, la
azteca o la inca-, al entrar en contacto con el viejo continente y también con el
cristianismo, desde hace más de cinco siglos se ha convertido en una unidad de destino,
singular en el mundo. América es por eso mismo un espacio particularmente apropiado para
promover valores comunes capaces de asegurar una conversión eficaz de las mentes, en
especial de quienes tienen responsabilidades nacionales e internacionales.
6. Este Continente podrá ser el "Continente de la esperanza"
si las comunidades humanas que lo integran, así como sus clases dirigentes, asumen una
base ética común. La Iglesia católica y las demás grandes confesiones religiosas
presentes en América pueden aportar a esta ética común elementos específicos que
liberen las conciencias de verse limitadas por ideas nacidas de meros consensos
circunstanciales. América y la humanidad entera tienen necesidad de puntos de referencia
esenciales para todos los ciudadanos y responsables políticos. "No matar",
"No mentir", "No robar ni codiciar los bienes ajenos", "respetar
la dignidad fundamental de la persona humana" en sus dimensiones físicas y morales
son principios intangibles, sancionados en el Decálogo común a hebreos, cristianos y
musulmanes, y cercanos a las normas de otras grandes religiones. Se trata de principios
que obligan tanto a cada persona humana como a las diversas sociedades.
Estos principios y otros afines han de ser un dique contra todo atentado a la vida, desde
su principio hasta su fin natural; contra las guerras de expansión y el uso de las armas
como instrumentos de destrucción; contra la corrupción que corroe amplios estratos de la
sociedad, a veces con dimensiones transnacionales; contra la invasión abusiva de la
esfera privada por parte de poderes que aprueban esterilizaciones forzadas o leyes que
cercenan el derecho a la vida; contra campañas publicitarias falaces que condicionan la
verdad y determinan el estilo de vida de pueblos enteros; contra monopolios que tratan de
anular sanas iniciativas y limitar el crecimiento de sociedades enteras; contra la
expansión del uso de drogas que minan la fuerza de la juventud e incluso la matan.
7. Mucho se ha hecho ya en este sentido. Abundan las convenciones
internacionales que tienen por finalidad poner un límite a algunos de estos abusos.
Grupos de naciones se asocian para crear espacios económicos donde la vida política,
económica y social esté debidamente orientada y mejor protegida por principios más
justos y conformes con los derechos de cada ciudadano, de cada pueblo y de cada cultura.
Pero aún queda mucho por hacer. Estamos al final de un siglo y de un milenio que, a pesar
de las grandes conquistas conseguidas por la ciencia y la técnica, dejan tras de sí
evidentes cicatrices que recuerdan, de modo a veces trágico, la poca atención prestada a
los mencionados principios morales. En lugar de verlos ulteriormente violados, es
necesario que en el nuevo siglo y en el nuevo milenio se consolide su fuerza ética,
moralmente vinculante.
8. Al hacerles partícipes de estas consideraciones no me mueve otro
interés que el de defender la dignidad del hombre, ni otra autoridad que la de la Palabra
divina. Esta Palabra no es mía, sino de Dios que se hizo hombre para que el hombre llegue
a ser hijo suyo. Ajeno a intereses de parte, les ofrezco hoy estas reflexiones con la
esperanza de que puedan ayudarles en su labor diplomática y también en su vida personal,
deseosos de contribuir a la construcción de un mundo más humano y más justo que el que
nos ofrecen el siglo y el milenio que pronto concluirán.
Ojalá que en el próximo futuro predominen el respeto de la vida, de la verdad, de la
dignidad de cada ser humano. Este es el cometido apremiante que nos espera. Que Dios
bendiga la obra que Ustedes llevan a cabo. Que bendiga a México y a los Países que
Ustedes representan en esta Ciudad privilegiada donde América y el mundo se encuentran y
dialogan. Muchas gracias por su atención.
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